jueves, 17 de septiembre de 2026

Setiembre

El 14 de agosto del 2009 nació este blog: Limeña Pizpireta. Creo que nunca les conté por qué escogí este nombre, así que aprovecharé para contarles ese dato curioso sobre mí.

Siempre que he pensado en qué personaje me gustaría ser, escogía una tapada limeña. Me encanta el misterio detrás de una mujer a la que sólo le puedes ver un ojo, y que, para reconocerla, tienes que mirarla detenidamente: distinguir su forma de caminar, el tono de su voz o el brillo del único ojo que permite ver.

Ese misterio se mezcla con “pizpireta”, una palabra que describe a alguien vivaz, alegre y con una vibra coqueta. Y justamente esa mezcla es algo que he amado siempre de la vida: los contrastes, la dualidad, la ambivalencia de las cosas y la forma en que los opuestos pueden coexistir y relacionarse. Porque, en realidad, ¿cómo podría existir uno sin el otro?

Como siempre, estoy yéndome por las ramas, así que regreso a lo que les quería contar.

Hace diecisiete años escribí mi primera publicación, titulada "Agosto". Un escrito que nació cuando me rompieron el corazón por primera vez. Yo, como buena librana, siempre he evolucionado a través de los vínculos. Cré­anme si les digo que vincularme es parte de mi esencia y que, aunque intente evitarlo, tengo un vínculo cercano hasta con la soledad.

Pero hace poco, hace sólo unas semanas, entendí lo que la vida me venía gritando desde hace años: aprender a reconocer cuándo llegó el final de un ciclo. Sí, eso de lo que tanto he hablado: Soltar y dejar ir. Entonces, luego de tantos años compartiendo mis aprendizajes, reflexiones e historias que me invento cuando me dejo llevar por mis pensamientos, he decidido dejar de hacerlo.

Siempre me he caracterizado por ser un libro abierto. Si quieres conocer mi historia es tan simple como invitarme un café y hacer las preguntas adecuadas, o leer este blog, en muchos de estos escritos encontrarás partes de mí. Pero hoy, ya no quiero ser un libro abierto. Mi mundo interior necesita tener una puerta y dejar de estar disponible para que todos puedan verlo.

Los últimos diecinueve meses los he dedicado a mirar hacia adentro, y probablemente continúe en este viaje introspectivo hasta que sienta que fue suficiente. Por ahora he descubierto dos cosas. La primera: quién realmente soy, bajándole el volumen a esa voz que llevaba años susurrándome al oído que, si yo cambiaba, si “arreglaba” mis “defectos”, mi recompensa sería encontrar a mi príncipe azul y que, desde ese día, comenzaría a vivir la vida que soñé y una mágica historia de amor. La segunda: que mi mundo interior es precioso y sobre todo sensible y, por eso, tengo que aprender a cuidarlo.

Entonces paso por aquí, por última vez, sólo para agradecer a este espacio que fue mi refugio durante los últimos diecisiete años. Lo escribo y pienso: "Wow, es exactamente la mitad de mi vida". Este lugar me ha visto crecer, armarme y desarmarme. Cuestionarme la vida. Intentar desenredar los plot twists que se inventa mi guionista para sacarles algún aprendizaje, y entender que la vida te pone la misma lección una y otra vez hasta que aprendes.

Sí, repites el curso hasta que lo pasas.

Y, como no podía ser de otra manera, quiero despedirme dejándoles quizá la última lección que quiero compartir por aquí:

"No hagas cosas buenas que parezcan malas, ni malas que parezcan buenas."

Todo lo que haces habla de ti. Está de más decir que tus acciones pesan muchísimo más que tus palabras, y hay una trampa en la que es fácil caer para disfrazar nuestras decisiones y quitarnos la responsabilidad con un simple “es que pasó de la nada”. Y disculpa si soy yo la que les pincha el globo, pero nada pasa “de la nada”. Ha habido una serie de decisiones previas que te han llevado al punto en el que estás. Te dejo la pelota ahí, rebotando.

Para terminar, si hoy pudiera tomarme un café con la chica que comenzó este blog a los diecisiete años, le diría que me siento sumamente orgullosa de ella. De la valentía que tuvo para ser quien es sin importarle las opiniones ajenas. Ella empezó este blog para compartir su camino, con la esperanza de que sus palabras resonaran con alguien y que esa persona se sintiera acompañada, y creo que eso sí se cumplió.

También le diría que cada tanto regreso a sus escritos para recordar sus reflexiones. Me sorprende descubrir cuánta sabiduría había en ella; lamentablemente, le tomó varios años dejar de ser tan exigente consigo misma. Si pudiera verse como yo la veo hoy, creo que se sorprendería. Y le diría algo más que creo que no me creería, que después de tanto tiempo dejamos de buscar al príncipe azul y por fin entendimos que la mágica historia de amor la estamos viviendo desde hace rato.

Porque el amor nos rodea,
porque somos amor en esencia.

Dicho esto, me despido deseándoles toda la valentía para vivir la vida que les venga en gana.

lunes, 3 de agosto de 2026

Viviendo una comedia romántica: Parte III

— Toca madera.
—Toco piel, que da más suerte.

Estoy a nueve mil kilómetros de Lima, con un vaso de cerveza en la mano, entre risas y conversaciones en Spanglish. Los amigos de Luciana dicen que mi inglés no está nada mal, y yo sólo atino a sonreír sabiendo que las palabras que no conozco me las invento.

Casi siempre mis inventos terminan por hacerse realidad. Algunos dicen que tengo una fina intuición. Yo no suelo decir esto en voz alta, pero estoy convencida de que es mi aquelarre sembrándome pensamientos para cuidarme. La mayoría de veces no les hago caso. Ya saben... si escuchara siempre a mis brujas, ¿cómo tendría historias que contar?

De pronto, la música baja de volumen, el brillo de la noche pierde intensidad y todo empieza a moverse en cámara lenta mientras mi mente se desconecta del presente. Aparece una constelación de lunares sin pedir permiso y mi memoria empieza a unir puntos que conoce demasiado bien.

Las ganas que tengo de que estés aquí.

***

Luciana le siguió contando a Daniela sobre su último viaje a Bali, pero Daniela ya no la escuchaba. Se encontraba viajando nueve mil kilómetros de regreso a Lima.

Volteaba cada tanto a mirar la puerta de ingreso como si todavía creyera posible que, en cualquier momento, él apareciera rodeado de humo de un vape sabor sandía.

—Venir desde Lima son sólo doce horas de vuelo. ¿Es muy loco pensar que subirá en el primer avión disponible? 

El alcohol empezó a darle permiso a las ideas que revoloteaban dentro de Daniela, y mientras sonaba Dog Days Are Over se seguía preguntando si era aún más loco pensar que Gonzalo aparecería, la tomaría de la cintura y le diría al oído lo guapa que estaba con ese vestido a rayas. Si esas ganas de desaparecer en mitad de la noche y volver a incendiar la ciudad desde una habitación serían suficientes para cruzar doce horas de vuelo.

Sonreía sola, y recordaba como llegó ahí.

Daniela tomó el primer vuelo que encontró porque era mucho más fácil escapar de Gonzalo que volver a encontrarse con esa versión de sí misma que creía haber dejado atrás. No le asustaba Gonzalo. Le asustaba reconocer que seguía existiendo esa Daniela capaz de incendiar el mundo por una corazonada.

Durante años hizo todo lo posible por convencerse de que debía ser menos intensa. Aprendió a bajar la voz antes de entusiasmarse demasiado, a medir las palabras, a esconder las ganas. Hasta que apareció alguien que en lugar de pedir calma, preguntó:

—¿Tienes ganas de jugar?

Por primera vez alguien no le pidió bajar el volumen.

—¿Daniela? —preguntó Luciana.
—¿Ah? —Daniela salió de sus pensamientos.
—¿En qué planeta estabas?
—En Lima. — respondió Daniela sonriendo mientras tomaba el último sorbo de cerveza que le quedaba.

Hasta ese momento, Daniela todavía no sabía que, doce horas después, la casualidad volvería a hacer de las suyas.

Su aquelarre sí. Y esas brujas nunca se equivocan.

lunes, 27 de julio de 2026

Lo que todavía no había aprendido a nombrar

— How old are you? —me preguntó con una expresión de curiosidad.

— I'm thirty-four years old —respondí con nerviosismo. Hacía tanto que no hablaba en inglés que hasta las frases más simples me hacían sentir insegura.

— Thirty-four? Are you kidding me? —reaccionó mientras abría los ojos de par en par y yo sólo solté una carcajada.

— How old did you think I was?

— I don't know... twenty-five, maybe twenty-six. —Hizo una pequeña pausa antes de añadir—. You definitely have a pleasant life.

La seguridad con la que dijo esas palabras me dejó pensando.

¿Una vida plena? ¿Será que realmente tengo una vida plena?

— Oh, thank you so much. I really appreciate your words. —Sonreí, tomé un sorbo de agua y la conversación continuó. Pero mi cabeza se quedó atrapada en aquella frase.

***

Pasaron los días y esa conversación siguió dando vueltas en mi cabeza. Al principio pensé que sólo había sido un cumplido para romper el hielo o hacer tema de conversación. Pero mientras más recordaba sus palabras, más curiosidad me despertaba esa frase porque quizá no se refería a mi edad. Quizá estaba viendo algo que yo todavía no había aprendido a nombrar.

"You definitely have a pleasant life."

Sí. Tengo una vida plena. Y no es porque todo sea perfecto, ni porque mi vida sea exactamente como la planeé. La siento plena porque aprendí a transitarla en paz, sin permitir que aquello que está fuera de mi control me robe la calma.

Cada vez que llego a casa, la soledad ya no se siente pesada. Mi hogar, por fin, se siente mi hogar. Y no es por las paredes verdes que te abrazan apenas entras, ni porque mis plantas llenen el espacio de vida. Es porque me convertí en mi espacio seguro. Donde estoy, florece mi hogar y después de tanto, estar conmigo se siente liviano, y eso es una bendición.

Disfrutar una taza de café caliente mientras dejo que mis pensamientos paseen sin prisa ni juicios se ha convertido en uno de mis momentos favoritos del día. Salir a caminar conmigo y maravillarme al encontrar magia en cada rincón de mi ciudad. Descubrir amor en lo cotidiano como ver un par de pajaritos volar. Vivir con la certeza de que nada tiene que cambiar para que hoy sea un buen día, porque soy yo quien hace de mi día uno bonito.

Tener cerca personas que me aman por quien soy, y tener la capacidad de devolverles ese amor. Tengo tanto amor acompañándome, y esa es la carta más poderosa que la vida me regaló. Apareció justo después de la carta del Divorcio.

Qué paradójico resulta que, cuando sentí que me arrebataban el amor, fue precisamente entonces cuando comenzó a aparecer por todas partes. Eso me hace pensar que la vida se parece mucho a una partida de Ocho Locos.

Todos los días salen cartas nuevas.

Hay cartas que nos encantan porque nos permiten jugar otra vez, o cambiar el palo del juego para ponerlo a nuestro favor. Otras nos obligan a robar tres cuando jurábamos que estábamos a punto de ganar y en ese momento sentimos que la vida es injusta. Pero... ¿y si en lugar de frustrarnos por cada +3 nos alegráramos porque todavía nos regalan la oportunidad de seguir jugando?

Con el tiempo entendí que, en este juego, lo importante no es ganar ni perder. El verdadero objetivo es disfrutar. Y cuando uno juega para disfrutar, hasta lo cotidiano se llena de belleza. Entonces deja de dar miedo amar, aunque antes te hayan roto el corazón. Porque entiendes que vivir también consiste en eso: en abrir el corazón una y otra vez, sabiendo que nada es para siempre. Que nada nos pertenece. Que sólo tenemos este momento y depende de nosotros llenarlo de vida.

Tal vez por eso creyó que tengo una vida plena. Porque aprendí que la paz llega cuando uno deja de pelear con la vida. Y desde entonces... tengo la plena seguridad de que estoy donde debo estar, haciendo lo que debo hacer, con quienes debo estar.

La plenitud nunca fue una meta.
Fue la consecuencia de vivir con un corazón valiente, amoroso y en calma.

domingo, 7 de junio de 2026

Para leer en los días de lluvia

Si sientes que ha llovido mucho en tu vida últimamente, quiero pedirte que, por un instante, intentes imaginar todas las flores que crecerán gracias a ello.

Lo sé. Pedirte que creas en flores cuando el cielo lleva tanto tiempo gris no es fácil. Incluso podría sentirse injusto y no quiero ser esa voz que te repita una vez más que "todo estará bien" cuando todo a tu alrededor duele debido a una lluvia que llegó sin previo aviso, arrasando con planes, sueños, certezas y hasta una versión de ti.

Tampoco voy a prometerte que el frío desaparecerá de repente, ni que mañana despertarás sintiéndote mejor solo por adoptar una postura optimista. Pero sí quiero que recuerdes que la esperanza podría regalarte una sonrisa, incluso cuando te sientes mojada hasta los pies.

Y, sobre todo, recuerda que hay algo que la lluvia siempre hace, aunque no lo veamos de inmediato: prepara la tierra.

Sí, debajo de la superficie están ocurriendo cosas invisibles. Las raíces se fortalecen. La tierra se vuelve fértil. Las semillas que parecían dormidas comienzan a transformarse. Es que el crecimiento rara vez es tan visible como el dolor.

El dolor es ruidoso. Se siente. Interrumpe. Nos despierta en mitad de la noche y se mete entre los sueños. Nos acompaña durante el día y nos hace preguntarnos cuánto tiempo más se quedará.

El crecimiento, en cambio, trabaja en silencio. No te pide atención. Avanza despacio. Por eso, muchas veces creemos estar estancados cuando, en realidad, nos estamos transformando.

Entonces, lo que sí te prometo es que, cuando la lluvia deje de caer y los días grises terminen, tu corazón sentirá nuevamente calma. Y, si te permitiste atravesar la tormenta en lugar de huir de ella, será una calma que te habrá fortalecido.

Y sabrás que, si algún día vuelven las tormentas, los truenos o los huracanes, contarás con las herramientas necesarias para utilizar cada gota, cada rayo y cada ráfaga de viento para hacer más fértil tu tierra, donde florecerán flores aún más bellas.

Por eso hoy solo te pido que confíes y recuerdes que, antes de que exista una flor, tuvo que existir una semilla rompiéndose bajo la tierra.

Y entonces comprenderás algo que quizá hoy todavía no puedes ver.

Las flores no crecen después de la tormenta.
Crecen dentro de ti.

jueves, 7 de mayo de 2026

En voz alta

Ocho segundos de un video de mi cumpleaños número diez bastaron para recordarme una versión de mí que, aunque durante años intenté callar, nunca desapareció.

— Dreydi, ¿qué es lo que más quieres en este mundo?
— Cuando sea grande, irme a Italia.

He visto ese video muchas veces. La mirada fija, la sonrisa al terminar la oración y la forma en la que asiento con la cabeza cuando mi madrina vuelve a preguntarme si conocer Italia es lo que más quiero, me llenan de orgullo porque no titubeé ni un segundo. Esa firmeza para asegurar que algún día lo iba a cumplir, hoy me conmueve y me inspira.

La misma firmeza de una adolescente que, en plena clase de Historia, se paró, caminó hasta la carpeta donde estaba sentado el compañero que la hacía sonreír cada vez que le soplaba las respuestas en los exámenes de fin de trimestre, y le dijo “me gustas” frente a todos para luego irse riendo al darse cuenta de que lo había dejado en shock.

La misma que, cada vez que sentía que iba a desaprobar un curso en la universidad, dedicaba horas a buscar a alguien que pudiera explicarle el tema de una forma más sencilla. La que se iba a otras universidades a buscar libros, estudiaba hasta agotarse y se enfocaba en lograr aunque fuera un 10.50 —porque la vida siempre regala medio punto a favor del alumno—. Nunca olvidaré al profesor que me dijo: “Yo quería desaprobarte, pero no te dejaste.”

La misma que en sus veintes se pasaba las tardes llamando al área de Recursos Humanos de varias empresas para decirles que había visto una convocatoria de prácticas en la bolsa de la Universidad de Lima, pero que no había postulado por ahí porque su CV en Word era “más bonito”. Sí, con esas palabras. Y claro, yo ni siquiera estudiaba en esa universidad. Pero cuando se trata de encontrar un camino, siempre encuentro la manera.

La misma que hoy, cuando alguien por desconocimiento le pregunta si es mamá, a pesar de saber que el viento todavía parece ir en contra, responde que Franco está viniendo tan pronto como puede.

Y sí, muchos podrían pensar: esta señora está loca.

A lo que yo les respondería: sí, y qué bueno.

Porque me encanta haber vuelto a ser esa versión un tanto —o un mucho— loca. De esas que creen en el “pide y se te concederá”. De las que van por todo porque es su forma de vivir. De las que sueñan con los ojos abiertos, pero no esperan sentadas porque saben por experiencia propia que la única forma de que las cosas sucedan es remangándose y yendo por ellas.

Entonces, un día de setiembre, mientras caminaba por Juan de Aliaga, perdida por momentos en mis pensamientos y, por otros, cantando y bailando en la calle como si nadie existiera, ese video apareció de pronto en mi mente.

Me detuve.

Y después de unos segundos me dije en voz alta:

“Le daré a la pequeña Dre el viaje más bonito que se pueda imaginar.”

Y la verdad es que mi versión mini jamás se imaginó correr una media maratón por la Vía Cristoforo Colombo, comer pizza en Pisa, tomarse un Aperol Spritz en Venecia ni mojar sus pies en la playa de Monterosso. Mucho menos hacer todo eso de la mano de su mamá.

Sí que fue un viaje que tuvo de todo: risas, conversaciones profundas, lágrimas, autoconocimiento, sorpresas, picos de felicidad inmensa, y mucha pizza y gelato.

También malas decisiones.

Porque, claro, mi optimismo me hizo pensar que podía teletransportarme de Ostia a Pisa después de correr veintiún kilómetros. Y sí, además arrastré a mi madre en cada una de mis locuras. Y con “teletransportarme” me refiero a tomar dos trenes zonales, recoger las maletas, subir a otro tren zonal y luego a un interciudad, todo con tiempos de conexión tan ajustados que cualquier persona con una cuota extra de cordura habría pensado: “esto es una pésima idea”.

Lo acepto, no fue mi idea más brillante. Pero ni eso impidió que turisteáramos durante doce días seguidos y camináramos veinte mil pasos diarios como si nada. Bueno… para serles honesta, tuve que tomarme un par de pastillas para el dolor de espalda porque en un punto el desgaste comenzó a pasar factura, pero igual seguí caminando como si mi vida dependiera de aprovechar cada segundo del viaje.

Despertábamos a las 5:30 a.m. todos los días, tomábamos un tren hacia la siguiente ciudad y la recorríamos hasta el anochecer para terminar el día durmiendo con una sonrisa en los labios. No les miento si les digo que sólo pasábamos entre cinco y seis horas en la habitación. Definitivamente, se habían juntando dos intensas.

Verona me cautivó, y le confié mi secreto más profundo a Julieta al oído. Venecia fue un sueño, y en mi cajita de recuerdos más preciados estará siempre el haber cantado a todo pulmón “Io sono il Capone della mafia” en la estación de tren. La Basílica de San Pedro me conmovió hasta las lágrimas; la paz y gratitud que sentí en ese lugar son una sensación que todavía estremece mi cuerpo con solo recordarla.

Génova fue una curita para mi corazón: ver a mi mamá cumplir su propio sueño de conocer el lugar que vio nacer a los Daneri, hablar de mi abuelo y pensar que, si estuviera aún aquí, seguramente ese día habría subido una reseña en Facebook muy a su estilo. De esas que siempre harán falta.

Ver el Coliseo romano de noche y todos los chistes alrededor de por qué no vi Gladiador antes del viaje. Cinque Terre, sus colores y sentirme dentro de una película de Disney mientras comía otro gelato. Varenna y la inmensidad del Lago Como, desde donde podían verse las montañas cubiertas de hielo. Milán y los profiteroles.

Y, por último, pero no menos importante: correr una media maratón en Roma —sin música, sin el típico ambiente de carrera, sin las barras y la euforia de la gente, y sin entrenar porque me encontraba en una pausa abrupta, pero necesaria, por recomendación médica— me hizo descubrir algo:

Mi cabeza sí es un lugar seguro.

Porque, más allá de Italia, de los paisajes o de cumplir un sueño pendiente, creo que lo verdaderamente importante de este viaje fue encontrarme. Recordar que dentro de mí sigue viviendo esa niña que no dudaba cuando le preguntaban qué quería.

Y entender que quizá crecer no era volverse más correcta, más silenciosa o más prudente.
Quizá crecer era volver a tener el valor de desear las cosas en voz alta.

domingo, 5 de abril de 2026

Todo bien (o eso decía)

"... la pregunta no es: ¿por qué somos tan pocas veces la persona que queremos ser?,
sino ¿por qué queremos ser tan pocas veces la persona que realmente somos?".

Oriah Mountain Dreamer

***

Hace unos meses hice un cambio que, aunque parece pequeño, ha sido revelador. Antes, cuando me preguntaban: “¿cómo estás?”, mi respuesta en automático —y la que aún uso la mayoría de veces— era “todo bien”. 

Pero, últimamente, si alguien en quien confío me hace esa pregunta, respondo como me siento de verdad. Y desde ahí, han empezado a pasar cosas medio random. Desde conversaciones más honestas, hasta terminar usando uno de los beneficios de bienestar del trabajo de una amiga.

La verdad, no sentía que necesitara otra herramienta más en mi vida. A veces pienso que podría escribir un post de “cómo sentirte bien for dummies” con todo lo que he probado este último año y los nuevos hábitos que he incorporado en mi día a día. Como desayunar espinaca en busca de nivelar el cortisol y sentir menos ansiedad desde la mañana. Mi bienestar se ha vuelto algo totalmente metódico. Ya saben… soy la reina de la disciplina.

Me distraje. Volviendo a lo que les quería contar. Decidí confiar en que mi amiga estaba viendo algo en mí que yo no, y acepté su ayuda sin juzgar demasiado. Spoiler alert (lo siento, mi intensidad hace que spoilee mis historias): me sorprendí con lo que encontré en el programa que me inscribí gracias a ella.

En febrero, como parte de ese programa, empecé a leer el libro “Manual para aprender a soltar”, y desde las primeras páginas algo hizo clic dentro de mi. Fue como si me compartieran una nueva perspectiva de vida y mi cabeza —y las paredes de mi casa— se comenzaron a llenar de reflexiones que no quiero olvidar. Tengo post-its por todos lados, preguntas revoloteando mi mente incluso cuando ya es momento de dormir.

Mi rutina nocturna cambió sin darme cuenta: Pongo el celular en modo avión, y desconectada de todo me sumerjo en páginas y comienzo a resaltar de morado todo lo que llama mi atención. Luego me quedo pensando por horas, y a veces hago descubrimientos de mí que me vuelan la cabeza.

A veces siento que me estoy mirando con lupa. Conocerte así es realmente poderoso. Sobre todo, para comenzar a abrazar tu humanidad y, desde un lado más genuino, ser más amable contigo. Pero también cansa.

¿Se acuerdan que les conté que mi don es hacer parecer que todo está bien cuando todo está mal? Bueno… es un don agotador. Y mientras escribo esto, no puedo evitar acordarme de mi mamá esperándome en la meta de mi última media maratón, y después de la carrera me dijo: “se te veía como si recién hubieras empezado a correr”. Cuando para mí fue la carrera más compleja —y con más ganas de darme por vencida— que he tenido hasta ahora, ya les contaré de eso.

Es que sí existe una parte de mi que es fuerte, valiente, resiliente, que te tira unas frases de amor propio que cuando las releo o las vuelvo a verbalizar sólo pienso: “que orgullosa estoy de quien me estoy convirtiendo”. Pero también hay otra que se levanta con lágrimas en los ojos, que está cansada de analizarse. Que a veces quisiera incendiar todo y ver desde afuera como arde.

Y durante mucho tiempo pensé que tenía que elegir entre una y otra. Pero no. Esa dualidad soy yo, y quizás eso es lo más humano que tenemos. Porque así como existe la felicidad porque existe la tristeza, también existe la resiliencia porque existe la fragilidad. 

Hay demasiadas cosas que quisiera contar por aquí, pero si lo digo todo hoy… me quedo sin blog y ¿qué nueva reflexión les voy a compartir? Así que me voy a quedar con una idea que no he podido soltar.

El cerebro busca alivio, no verdad. Busca cerrar el circuito, aunque sea con una historia incompleta. Y entender eso  —aunque suene simple— cambia mucho. Porque entonces empiezas a notar cuántas decisiones tomas sólo para sentirte mejor hoy, aunque compliquen el mañana. 

Yo empecé por ahí. 

Y también empecé a cuestionar algo más profundo: la forma en la que me hablo.

Durante años me dividí en dos versiones: la fuerte y la desbordada. Pero he entendido algo incómodo, no es que tenga que elegir entre una u otra… es que dejar de pelear entre ellas es la forma de encontrar paz.

Crecí creyendo que tenía que “arreglarme” para merecer amor. Que debía aprender a controlar mi intensidad, mi impulsividad, mi lado emocional, y cada vez que aparecía se sentía como fallar. Y desde ahí, sin darme cuenta, empecé a sabotear todo lo que se sentía bonito. Porque en el fondo pensaba: “mejor me voy antes de que vea quién soy de verdad y… se vaya”.

Y eso pesa más de lo que parece, y entenderlo ha sido complejo. Porque si bien siempre un lado de mi sabía que se saboteaba, no lograba entender el verdadero porqué.  

Hoy no siento que todo eso haya desaparecido. Pero sí cambió la forma en que lo miro.

Sé que esas partes no va a desaparecer, son parte de mi. Pero también sé que no tengo que pelear con ninguna de ellas. Y este es mi recordatorio para los días en los que vuelva a sentir que son contradictorias.

Este proceso —y este libro— han sido como una bomba silenciosa, de esas que te cambian la manera de verte para siempre. Y ahora no puedo dejar de preguntarme: Cuántos años pasamos intentando “arreglarnos” para merecer amor, cuando el amor nunca fue un premio. Es un derecho de origen.

Y entender eso  —de verdad, en el cuerpo y no solo con la cabeza— cambia todo. Sentir que siempre fuiste la versión que necesitabas ser con las herramientas que tenías no es consuelo.

Y tampoco es una excusa. Es justicia conmigo misma.
Para esos días en los que no lo crea del todo…
y necesite volver a mí.

miércoles, 1 de abril de 2026

Viviendo una comedia romántica: Parte II

"Hay personas que en vez de amarte, te enseñan a quererte a ti mismo.
Y creo que es lo mejor que te puede pasar."
Mario Benedetti

Estábamos abrazados, pero sentía nostalgia en el ambiente, como si supiera que, eventualmente, esta historia tendría un final. No todas las personas llegan para quedarse. Algunas llegan, te remueven el piso y se van.

Era mi momento favorito del día. Ese que se da entre las 6:00 pm y 6:30 pm, cuando el sunset ya terminó pero la ciudad aún no está del todo oscura.

Desde su cama podía ver lo infinito del mar y un cielo pintado de tonos entre rojizo y morado. Era un sueño despertar ahí. Encontrarme con sus ojos marrones, pararme a preparar una taza de café caliente y saborear el final de la tarde desde el piso dieciocho.

Me maravillaba la inmensidad del horizonte a media luz. Sí… era exactamente eso que alguna vez imaginé. Y como todos los sueños, en algún momento toca despertar. En ese preciso momento era cuando todo se volvía un poco difuso.

¿Realmente tengo que despertar? ¿Siempre se han ido o... yo he escogido a los que se van?

***

—Si algo he aprendido es que al amor se entra dispuesto a perder —dijo Daniela, con un tono firme que apenas disimulaba su timidez.
—Ya veo… te despertaste profunda —respondió Gonzalo, rodeando su cintura con un aire juguetón—. Y yo perdí desde que me metiste en la lista de los que te caen mal.
—Si yo no estuviera en tu futuro… ¿me extrañarías?

Daniela no estaba para juegos, y con su pregunta el silencio se instaló entre los dos.

—Claro que te extrañaría…

Hizo una pausa, mirándola fijamente.

—No sé… siento que contigo es distinto. 
—¿Distinto cómo?
—No sé explicarlo bien — Gonzalo sonrió apenas y con cierta inocencia continuó —. Siento que te he estado buscando sin saberlo...

Daniela bajó la mirada por un segundo. Ese cosquilleo incómodo volvió al pecho. Esa sensación de final antes de tiempo.

—¿Qué extrañarías de mí?
—Extrañaría despertarme contigo y escuchar alguna de tus preguntas raras un domingo en la tarde.
—Gonzalo… te estoy preguntando de verdad.
—Lo sé.

Hizo otra pausa.

—Extrañaría la forma en la que ves el mundo. La forma en la que haces que todo se sienta fácil… incluso lo difícil.

Daniela sonrió. Hoy sí, pensó. Hoy no voy a arruinarlo... los miedos pueden esperar un poco más.

Se acercó lentamente.

—Gonzalo…

Y lo besó.

Sus manos recorrieron su cuerpo con familiaridad, como quien conoce a la perfección el camino. Afuera, la ciudad terminaba de oscurecer. Entre ellos, el fuego volvía a encenderse, lento, constante… como si nunca se hubiera ido del todo. Y por un momento, Daniela dejó de pensar en el final.

martes, 24 de marzo de 2026

Tú o el ruido

¿Alguna vez has sentido que, hagas lo que hagas, no es suficiente? ¿Que das tu mejor versión, pruebas el plan A, B, J, X, y ninguno parece ser el adecuado para lograr los resultados que esperan de ti?

Pues… yo me sentí así por muchos años. No importaba el esfuerzo, la cabeza y el corazón que le ponía. Siempre parecía que podía hacer algo más. Entonces, mi lado que busca la excelencia se activaba, estiraba mis niveles de creatividad al máximo e intentaba una y otra vez… hasta que me rendí y dejé de creer en mi capacidad.

- Tal vez no soy tan buena como creía.

Hay entornos que te hacen dudar de tu potencial. Exigencias poco claras, estándares que cambian, y una incapacidad de ver realmente lo que aportas. Y en medio de todo eso, sin darte cuenta, empiezas a hacer algo peligroso: dejar de creerte a ti para empezar a creerle más al exterior.

Aunque hoy soy yo quien pone esto en palabras, a lo largo de mi vida he escuchado esta misma frase en otras voces:

- Dre, tal vez no soy tan bueno como creía.

Ayer fue un día feliz. Porque, por fin, me siento suficiente. Después de mucho tiempo, creo que basta con ser quien soy.

No significa que no haya situaciones que me empujen a salir de mi zona de confort —creo que esa es una parte de la vida—, pero hoy sé que tengo las herramientas para surfear la ola, las velas para usar el viento a mi favor, y el equipo necesario para bucear cuando toca ir profundo. Y eso también tiene que ver con algo importante: estoy en un lugar donde la cancha está clara. Donde el feedback construye, no confunde. Donde crecer no se siente como una deuda eterna, sino como un camino.

Ayer, mientras manejaba, iba reflexionando y dándole vueltas a lo sucedido, como ya es costumbre. Pensé que estaba viviendo algo que vi hace años en un reel: que el valor depende del lugar donde estás. Como el precio de una Coca-Cola, que no cuesta lo mismo en la tienda de la esquina, en un restaurante, en un aeropuerto o en otro país.

Y sí… hay algo de verdad en eso. Pero hoy, que la ola de felicidad ya pasó —y reflexionar es uno de mis pasatiempos favoritos—, lo cuestiono. Porque no me deja del todo cómoda sostener que tu valor es el que cambia. Lo que creo que cambia es tu capacidad de expresarlo y la capacidad del entorno para verlo.

Si dejo mi valor en manos de un validador externo, siempre voy a necesitar a alguien que funcione como una especie de termómetro para medir si mi valor sube o baja. Y entonces la pregunta es incómoda:

¿Hasta dónde estaría dispuesta a adaptarme para que me acepten? ¿Cuál es el límite de amoldarte para sentir que vales más?

Entonces, a la conclusión que he llegado es que sí es necesario y vale la pena escuchar al validador externo, porque puede ayudarte para una cosa: para saber cuándo es momento de irte. Para no quedarte intentando convencer a alguien de tu valor porque el lugar correcto no te pedirá pruebas, te dará espacio para florecer.

Arráncame.
Que donde me pongas, florezco.

jueves, 19 de marzo de 2026

¿Qué le pido a la vida?

Otro vuelo, otra pregunta rebotando en mi mente, otra reflexión, y otro asiento de avión que es testigo de que tengo un corazón agradecido y una facilidad para que mis lágrimas se asomen.

¿Qué le pido a la vida? Es una pregunta que, a simple vista, aparenta ser fácil de responder. Sin embargo, en este punto de mi vida —en donde pienso las cosas varias veces antes de emitir una opinión o tomar una decisión—, después de treinta y cuatro años caminando de la mano de mi querida ansiedad, que tantas veces me llevó a decidir de forma impulsiva, he decidido detenerme el tiempo que sea necesario y realmente pensar hacia dónde quiero que vaya mi camino.

La vida me ha regalado la oportunidad de —como diría Wendy Ramos— tirar nuevamente los dados y, en lugar de lanzarlos rápidamente como solía hacer, esta vez quiero mirar el tablero con calma, para darle un vistazo al infinito abanico de opciones que hoy tengo enfrente. Claro, no voy a engañarme —y menos a mis fieles cuatro lectores—: sé claramente a qué casilla quiero llegar. Pero todos los que hemos jugado Ludo alguna vez sabemos que, aunque contemos las casillas que nos faltan para ganar, ¿cuántas veces sacamos el número que necesitamos a la primera?

Regresando a la pregunta inicial, hoy le pido a la vida aprender a ver las cosas desde otra perspectiva, entender que mi forma de ver el mundo es sólo una de millones. Le pido sentir tranquilidad de forma más constante, y no sólo sentir olas de tranquilidad que van y vienen.

No les miento si les digo que hay días en los que siento enojo, y lo único que quiero es incendiar todo. Es como si, por un momento, dejara de entender por qué me tocó vivir este proceso, como si el agradecimiento que siento por todo el aprendizaje del último año perdiera valor. Luego, se despejan un poco las emociones y recuerdo que, si queremos, todo lo que nos pasa puede ayudarnos a evolucionar. Medio compleja esta vida, ¿no? Quiero creer que te quita para luego darte.

Le pido a la vida aprender a transitar conversaciones incómodas, dejar de ser tan políticamente correcta, dejar de sonreír cuando en realidad quiero gritar. Después de todo lo que he leído, dejé de satanizar el conflicto; entendí que es más violento guardar silencio y, después de tanto callar, terminar desbordándote porque simplemente ya no puedes más.

Le pido honestidad para aceptar que hay días en los que los recuerdos pesan un poco más. Le pido valentía para poder decir en voz alta lo que aún me cuesta tanto nombrar. Tengo tantas palabras atoradas en la garganta, y estoy cansada de tener que detenerme cada par de días y elegir callar, con la esperanza de que al día siguiente piense un poco menos en ello.

Todavía siento que una parte de mí se ha ido. El asiento vacío a mi derecha me recuerda que hay alguien que sigue haciendo tanta falta.

En mis ratos más felices,
en las puestas de sol más hermosas.

domingo, 15 de febrero de 2026

La vida comienza muchas veces

Nunca me caractericé por ser la chica de los vision boards, ni por plantearme grandes metas cuando inicia un nuevo año, hasta que un día lo necesité.

Este es el primer año que hago uno. Lo armé con calma, y ahora lo tengo muy cerca de mi día a día para no olvidarme cuál es el propósito para este 2026, qué es lo que quiero lograr y hacia dónde voy.

Porque creo que eso es lo que te otorga un vision board: dirección y propósito. Te obliga a repensar cada cierto tiempo si todo lo que estás haciendo realmente está alineado a eso que quieres construir.

Y luego, a fin de año, mirar esa imagen y preguntarte:

¿Qué sueños se hicieron realidad?
¿Cuáles se quedan para el siguiente año?
¿Cuáles se transformaron en el camino?

Cuando inició el 2025, sólo me puse una meta. Sólo tenía una intención, y la dije en mi mente cuando fueron las 12:

Coleccionar nuevos recuerdos que en unos años pueda ver en "Un día como hoy".

Siempre me ha gustado publicar historias, reflexiones, aprendizajes y parte de mi vida. Me gusta poner en concreto lo que ha sido mi historia como una persona que ha dedicado gran parte de su tiempo a construir la mejor versión que puede ser.

Y, obviamente… si no me gustara compartir, ¿qué haría yo con un blog como este?

Me encanta dejar mis memorias en algún lado. Conservar esos momentos que, cuando los estás viviendo, quisieras que el tiempo vaya más despacio. Que si fuera posible, se detuviera un ratito la escena para poder contemplarla en calma.

Para mí eso es una foto o un video: la captura de un instante que no quiero olvidar. Un lugar al que puedo volver después para sentir ese cóctel de emociones que me recuerda que estoy viva, y que mi vida está llena de colores.

Entonces, ese fue mi propósito del 2025… pero con una diferencia.

Antes subía contenido en tiempo real. Y, sin darme cuenta, eso me desconectaba del presente real para vivir en el virtual. Así que esta vez me prometí que grabaría todo lo que pudiera, pero publicaría sólo un tercio de lo que capturara, y lo haría después, cuando estuviera en casa, en ese tiempo muerto mientras Netflix te mira porque tú estás en otra.

Había algo que tenía clarísimo, aunque no esperaba que la vida me obligara a aprenderlo de forma tan abrupta: estar en el presente. Valorarlo tal cual sea, sin la rigidez de mis estándares de perfección. Aceptar lo que venga y, si es posible, hacerlo con gratitud… incluso cuando no entienda por qué pasan algunas cosas.

La vida realmente te sorprende.

Era febrero del 2025, y yo me encontraba en un punto en donde tenía que comenzar de nuevo. Y lo único que pensaba —para apagar un poco mi mente y la ansiedad— era:

¿Y ahora… qué publico en redes?
¿Cómo cumplo mi único propósito del año?

Después de darle muchas vueltas al asunto, un día decidí empezar a grabar. Me compré un trípode tan adaptable que me permitiera grabarme sola y me propuse que, a fin de año, tendría un lindo video resumen.

Spoiler alert: lo logré, y no sólo uno. Edité cuatro (mi número favorito) hermosos videos.

El primero es de mi primera vez corriendo una media maratón, donde quedé perdidamente enamorada de correr fuera de mi ciudad. He escrito tres posts sobre ello, así que anda y léelos si estás con tiempo. El segundo fue mi celebración patronal cumpleañera. El tercero fue sobre el viaje más random que he hecho dentro de Perú. Porque... si en otros países decido estar en un bus toda la noche para ir de un lugar al otro, ¿por qué en mi país no? Y el cuarto, mi video resumen del año.

Me grababa corriendo.
Me grababa con mi tribu.
Me grababa mirando el mar.
Me grababa sola, y también le pedía a otros que me grabaran.
Me grababa cuando era fácil reír, y también después de llorar, porque mi corazón —aún— tiene preguntas que no encuentran respuesta.

Y así lo conseguí.

Fue fácil escoger una canción para cada video. Pero cuando terminé de editar el resumen de mi año, me quedé pensando: ¿qué canción podría resumir lo que había significado esos 12 meses para mí? Ninguna parecía ser suficiente. Hasta que un día, Spotify en modo shuffle hizo su magia y sonó una canción de OneRepublic: I Lived.

Y les juro que no exagero si les digo que no existe hoy por hoy una canción que me identifique más que esa. Hoy es el himno de mi vida.

Hope when the moment comes you'll say: “I did it all”
I owned every second that this world could give
I saw so many places the things that I did
Yeah, with every broken bone I swear I lived

Basta con leer un poco de mi blog para darte cuenta de que he tenido temporadas en las que me he sentido perdida. Momentos en los que sentí que no sabía hacia dónde iba mi norte.

Pero les juro que, aún sin tenerlo claro… siempre he vivido.

Siempre he dado lo mejor de mí.
Siempre he puesto la mejor actitud que podía sostener.
Siempre he dado una mano… incluso cuando ya no tenía espacio en ellas para aguantar algo más.

¿Y saben qué?

Cumplí mi único objetivo del 2025, y me di cuenta de algo: la vida se trata de aceptar cada cosa que pase y atravesar el proceso como puedas.

Sé que antes he dicho que aprendamos a “disfrutar” el proceso, pero en las últimas semanas entendí que hay situaciones que son complejas de disfrutar, o simplemente no es posible hacerlo, y exigírtelo te pone una carga innecesaria encima.

Así que simplemente atraviesa el proceso como puedas, de la forma que te funcione. Y luego, dale la vuelta, porque la vida comienza muchas veces.

Y si te dan limones… tú pide sal y tequila. ¿Qué? ¿Así no era?

Este 2026 empieza distinto.
¿Me acompañan a vivirlo?

miércoles, 4 de febrero de 2026

¿Por qué haces lo que haces?

Hay una pregunta que ronda mi cabeza desde diciembre:

¿Corro porque amo correr… o corro porque necesito demostrarme algo?

No creo que sea sorpresa para nadie decir que está de moda practicar algún deporte y llevarlo a diferentes niveles, según el presupuesto y el tiempo que quieras invertir. Ah claro… y según lo roto que esté tu corazón.

Vamos, para la mayoría que se convierte en runner o triatleta, es casi un requisito tener el corazón roto. Porque los demás están viendo Bridgerton mientras comen una doble cuarto de libra junto a su amor bonito, y — si eres de los míos — burlándose de lo que pasa en la serie y riéndose de la vida en una habitación donde el ruido externo no tiene lugar.

Para variar, me fui en floro con la explicación de lo que están haciendo los bienaventurados que tienen con quién compartir corazones por mensajes de WhatsApp... ¿Se notó mucho que extraño la vida de a dos?

Ok, ok... Vuelvo a lo mío.

He visto casos en donde una actividad que era un placer se convierte en termómetro de valor personal. Debo confesar que un lado de mí estuvo a punto de caer en esa trampa y olvidar la razón principal por la que me gusta correr.

Siendo honesta, comencé a hacerlo en el 2021 porque subí unos kilos, fue una de las tantas cosas que hice para regular mi peso. Luego lo dejé porque no encontraba espacio en mi rutina, hasta que una oportunidad me devolvió tiempo para mi vida personal y lo retomé.

Sin darme cuenta, correr se volvió una forma de manejar la ansiedad. No fui consciente de ello hasta que alguien me lo hizo notar. Y sí: cada vez que corría, mi día se sentía más feliz... y más ligero. Dicho en simple, corría para no volverme loca.

Sin embargo, conforme fui siendo constante y comencé a inscribirme a carreras, mis tiempos empezaron a mejorar. Podía correr en un pace que ni en sueños me hubiera imaginado, porque nunca he sido muy deportista y, menos morning person. Y en ese camino, se empezó a difuminar esa línea delgada entre el disfrute y el medir mi valor por los segundos que reduje en las series de 400 metros.

No exagero si digo que es fácil empezar a medirse cuantitativamente, cuando los seres humanos somos demasiado complejos como para utilizar números para dimensionar nuestra autoestima. Y sin embargo, a veces lo hacemos y medimos nuestro valor en la cantidad de likes, en nuestro pace promedio, en el salario que ganamos, o en el porcentaje de grasa de nuestro cuerpo.

Voy a compartirles una frase que dije hace unos días mientras manejaba a casa. Y la verdad, sé que yo no debería decir esto, pero sentí que lancé una pepita de oro:

“Las ventajas de saber tu valor es que ya no lo mides en kilogramos.”

Lo dije sin pensarlo mientras subía por Marbella, y después de enviarlo se me quedó rebotando la idea de lo impresionante que es cómo he cambiado mi forma de pensar en un año. Antes sí medía mi valor en kilogramos, y hoy abrazo a esa versión de mí, porque no se conocía.

Me miraba en el espejo y no veía a la mujer que hoy veo. Y siento orgullo, porque se necesita valentía para deconstruirse. Para aceptar que en este camino cometeré muchos errores, pero también para reconocer que estoy yendo hacia la dirección correcta: aprender a vivir la vida desde el disfrute, en lugar de la autoexigencia.

Y justamente esa reflexión es la que quiero dejar aquí. Así que vuelvo a mi pregunta inicial:

¿Haces lo que haces porque lo amas…
o porque necesitas demostrar(te) cuál es tu valor?

A veces no es que estemos desconectados de la vida. No es que la rutina se robe nuestra alegría. Es que estamos desconectados del disfrute.

Pero ¿sabes algo? Eso se recupera.

Solo tienes que hacerte preguntas…
y atreverte a escuchar la respuesta.

sábado, 31 de enero de 2026

Viviendo una comedia romántica: Parte I

Estaba sentada en la orilla del mar, mirando las olas ir y venir, mientras respondía preguntas en mi mente que surgían a la misma velocidad de las olas.

- No es mala la soledad cuando estás lo suficientemente loca para preguntarte, responderte y sorprenderte de la respuesta - me decía mientras sonreía.

Pensaba y me reía de mí misma mientras cruzaban por mi mente algunas tonterías. Pocas personas entienden lo cómoda que me siento con mi soledad. Lo mucho que disfruto el silencio. Esa libertad de llorar y reír al mismo tiempo es algo que sólo puedo permitirme cuando estoy sola. Curar un corazón roto también. O eso creía.

A la vida le encanta hacerme cambiar los planes.

De pronto lo vi. Habían pasado más de diez años desde aquel verano en el que me vio subirme a una mesa, bailar como si nadie me mirara, y decidió subirse también.

***
Sábado 01 de febrero, 2014

Gonzalo se acercó a la amiga que - literalmente - había obligado a Daniela a salir de casa cuando ella sólo tenía ganas de seguir viendo otra comedia romántica de los noventa, mientras se comía una bolsa de papas onda. Él tenía una chela helada en la mano, una mirada acechadora y toda la seguridad que sientes cuando tienes veinte, y un Volkswagen negro esperando afuera para conocer a la conquista del día.

De fondo sonaba Coldplay. Era una fiesta llena de veinteañeros que se creían cool porque escuchan rock y música en inglés.

“Lights will guide you home
And ignite your bones
And I will try to fix you.”

-¿Quién es ella?
- Ella es Daniela. ¿Quieres que te la presente?
- ¿Tú qué crees? - dijo con esa voz seductora de protagonista de comedia noventera.

Ese día fue cuando Daniela lo conoció. Y si en ese momento alguien le hubiera contado que, diez años después, volvería a encontrárselo en una playa; que meses más tarde se mudarían a vivir juntos y, con el tiempo, se casarían… no lo habría creído.

- Dani, te presento a Gonzalo. Él también va a nuestra U, pero está en otra facu.
- Hola, Gonzalo. Un gusto.
- El gusto es mío.

Silencio incómodo.

- Los dejo para que se conozcan - dijo Gabriela antes de irse a bailar a otro lado.

El silencio se volvió pesado para dos completos desconocidos.

- Y… ¿cómo llegaste a esta fiesta?
- Un amigo me pasó la voz. No tenía planes y, bueno, aquí estoy.
- Ya…
- ¿Y tú? ¿Cómo llegaste?
- Una amiga me pasó la voz, pero no me dio opción de decirle que no. Hoy estoy más pesada que otros días, así que no hay problema si te vas a conversar con alguien más.
- Quiero conversar contigo.
- Ah… eres de los gileritos.
- Solo con las que me gustan.
- Esos son justo los que me caen mal…


Daniela terminó esa frase lo más cerca que pudo de Gonzalo. Se había vuelto una descarada luego de pasar los últimos años en una relación con muchas idas y venidas. Cada vez que conocía a alguien nuevo, pensaba: ¿Qué puedo perder?, y se lanzaba a hacer lo que a su corazón se le antojaba.

- Se nota que te caigo muy mal.

Daniela le lanzó una sonrisa, se alejó un poco y tomó su mano para llevarlo a la zona donde los demás estaban bailando. De pronto sonó Are you gonna be my girl y fue como si el desgano se le hubiera ido del cuerpo. Salió esa versión divertida suya, esa de la que todos, si la ven por más de cinco minutos, terminan enamorándose.

Daniela se movía al ritmo de la música y cada cierto rato, tomaba un sorbo de la chela de Gonzalo. Claramente estaba coqueteándole. En medio de la canción decidió subirse a la mesa, llamando la atención de todos. Gonzalo, después de pensar que ella era de las locas capaces de hacerte perder la cabeza, se subió también. 

Terminó la canción. Bajaron de un salto de la mesa. Sus miradas se cruzaron y desapareció todo lo que había al rededor. Esa noche, Daniela conoció el Volkswagen negro y su cuerpo volvió a vibrar.

El sonido de la lluvia golpeando la ventana. Un cuarto que, a pesar de estar completamente a oscuras, dejaba entrar la luz de la luna sin pedir permiso, permitiendo ver dos cuerpos enlazarse con suavidad.

El fuego que había estado apagado comenzaba, lentamente, a arder otra vez. Daniela todavía no lo sabía, pero esa historia apenas estaba empezando.

sábado, 24 de enero de 2026

Mientras tanto, sigo

“Solo hay dos cosas que detienen la mente:
conseguir lo que quieres o querer lo que tienes”
Manual para aprender a soltar

***

Hay días que no son casuales. Para mí, el sábado diez de enero fue uno de esos días. Los que me conocen saben que creo en el destino y que leo los números como quien lee señales. Ese día - sólo por existir - tiene un peso especial: el número, el mes y el año suman uno: promesa de un nuevo comienzo. Y leído completo, 1001, es capicúa. Ida y vuelta. Cierre y apertura al mismo tiempo.

Así se sintió.

Como si la vida, el universo y Dios - sí, todos a la vez - me susurraran al oído:

“Dre, ¿por fin empiezas a sentir la luz al final del túnel?”

Sí. Por primera vez, en mucho tiempo, creo que lo peor ya pasó.

Antes de seguir, me corrijo: no me gusta la numerología. Creo en ella. Creo en las señales, en los mensajes que llegan disfrazados de números y repetición. Porque la vida tiene formas sutiles de decirte: “Vas bien.” Y otras, más incómodas, de advertirte: “Por ahí no es.” Generalmente estas últimas son las que elegimos llamar “casualidad” y quitarle todo el simbolismo que tienen detrás.

Regresando a lo que estaba contando, después de meses largos, recibí una buena noticia. No era la que estaba esperando pero fue suficiente. Suficiente para volver a respirar con tranquilidad. Para recordarme que algo se está moviendo, aunque todavía no lo vea por completo.

Han sido meses frustrantes. Meses de hacer todo “como se debe”, con disciplina absoluta, como quien compra todos los tickets de la rifa convencida de que esta vez sí va a ganar. Y aunque el número no saliera, algo dentro insistía:

“Confía. Sigue intentando.”

En este punto de mi vida podría robarme una línea del capítulo dos de La fiesta del Chivo y decir: “A la disciplina le debo todo lo que soy”. Y definitivamente casi no sería un robo, porque si hoy soy lo que soy ha sido, en gran parte, gracias a ella. La disciplina es la que me sostiene en las etapas complejas. En esos momentos en que las dudas y el temor quieren ser los protagonistas y tomar el volante, y la incertidumbre pesa más que la esperanza. 

A veces me resulta curioso - y hasta contradictorio - que personas cercanas me digan que hoy me ven brillar. No se imaginan lo que cargo por dentro, ni por lo que estoy atravesando. Pero creo - y esto lo digo con mucha humildad - que Dios me bendijo con un don extraño. El de hacer parecer que todo está bien incluso cuando no lo está.

Me regaló resiliencia y luz interna capaz de alumbrar túneles mientras los atraviesos. Me apalanco en la disciplina para hacer el camino un poco más ligero, en la sonrisa, en el brillo de la mirada, en la bondad del corazón. Y cuando fui consciente de todo esto, entendí cuál es mi superpoder.

Quiero serles honesta: no me gusta compartir las preocupaciones que alimentan mi insomnio. Siento que cada uno ya tiene bastante carga con lo suyo, y mientras yo pueda ser una presencia que sume y aliviane, que te acompañe desde la calma, esa cuota de alegría que puede sacarte una sonrisa, lo voy a elegir.

Vivo mis angustias en silencio. Pero sí, también googleo.

Leo todos los escenarios posibles, incluso los peores, diría que especialmente los peores. No sé si está bien o mal, no quiero etiquetarlo, pero a mí eso me da una falsa - o no tan falsa - sensación de control. Aunque la vida se empeñe en recordarme, una y otra vez, que la única certeza es no saber qué va a pasar, las señales aparecen, y con ellas, la esperanza.

Como me dijo mi mamá: esas son las confirmaciones de que estás haciendo las cosas bien. De que, poco a poco, todo empieza a ordenarse.

Hoy solo quiero dejar esta reflexión, por si alguien la necesita leer:

Disfruta el proceso. Sea cual sea.

Incluso cuando pesa.
Incluso cuando no sabes si avanzas o retrocedes.

Da tu mejor versión y deja el corazón en la cancha.
Te prometo que, cuando menos lo esperes, vas a empezar a sentir la luz al final del túnel.

domingo, 4 de enero de 2026

Ni mucho sol, ni demasiada agua

Una de las tareas domésticas que tenía asignada en casa cuando era niña era regar las plantas. No recuerdo cuántas teníamos, pero definitivamente eran más de quince. Los checklists de mi mamá hacían la vida más fácil porque había una programación diaria de tareas: la limpieza, el menú, la frecuencia de cuidado de cada planta y así con todas las responsabilidades del hogar. Ella no dejaba margen para el error.

Debo confesar que odiaba lo que me habían asignado. Siempre pasaba algo que me hacía sentir que hacía todo mal. Qué gracioso verlo ahora en retrospectiva y darme cuenta de que lo “peor que me podía pasar” era que se cayera el agua fuera del balde y tuviera que trapear el charco que se formaba en el piso.

Aun así, mi sentido de responsabilidad siempre ha sido alto. Por eso, aunque no disfrutaba ni conectaba con esa tarea, la hacía sin reclamar.

Hasta que un día se rompió una maceta. No recuerdo exactamente cómo pasó, solo sé que tuvo un accidente mi planta favorita: una Oreja de Elefante. Esta planta se había ganado mi cariño porque su nombre me parecía gracioso, sus hojas eran súper tiernas y creo que tengo una fijación con las orejas porque también es mi postre favorito de panadería. En fin, la maceta se rompió y tuve que poner la planta en un balde de manera provisional.

Mientras compraban una nueva maceta, la planta empezó a morir. Cada día se le caían más hojas, se veía más débil, y recuerdo que me aferré a ella. Todos los días le hablaba y le pedía que por favor viviera un poco más, que pronto compraríamos una maceta nueva donde sería feliz. Limpiaba sus hojas y la regaba cada vez que veía la tierra seca.

Llegó un punto en que sólo quedaba un tallo y pensé que las probabilidades de que viviera eran cada vez más bajas. Pero algo se activó en mí. Tal vez fue terquedad, tal vez negación. Lo cierto es que empecé a tomar personal que la planta viviera.

Spoiler alert: sí vivió.

Luego de semanas de cuidado y, por fin, de poder replantarla en una maceta nueva - no recuerdo por qué demoró tanto la compra de la nueva maceta, pero en ese tiempo en mi casa vivíamos una especie de guerra fría, así que asumo que la última prioridad de los adultos era comprar una maceta - la Oreja de Elefante volvió a crecer más fuerte y más bella que antes. Yo no podía sentirme más orgullosa.

Creo que ahora, al poner esto en palabras, entiendo que tengo cierto complejo de salvadora. En el colegio siempre estuve cerca de las personas que no “encajaban” hasta que lograban tener amigos y entonces yo me alejaba. Siempre aposté por quien aparentemente es el más débil o el que no es el favorito. Mi Beatle favorito es Ringo Starr porque siento que no tiene el reconocimiento que merece.

Disfruto mucho siendo cuidadora, sobre todo cuando me permiten serlo. Cuando he querido cuidar y he sentido barreras del otro lado, no he insistido. Durante mucho tiempo me dio miedo cruzar límites. Hoy sé dos cosas: que a veces sí hay que cruzarlos y que primero tengo que cuidarme a mí. Es la única forma real de poder cuidar a los demás.

Me desvié del tema - as usual - pero después de salvar a la Oreja de Elefante conecté con las plantas. Empecé a disfrutar cuidarlas, hablarles, decirles lo bellas que son y lo feliz que me hacía verlas crecer. Siempre soñé con que, cuando tuviera mi propia casa, estaría llena de plantas que hermosearan mi hogar.

En el camino, como tantas otras cosas, eso se me olvidó.

Pero cuando el único ser vivo con quien compartía hogar fue una suculenta, volví a conectar con ese lado de mí. Empecé a cuidar a Sucu como si mi vida dependiera de eso. Me aferré a ella de la misma forma que a la Oreja de Elefante y, en unos meses, creció más que en dos años. Creo que poner mi atención en Sucu me ayudó a olvidar lo triste que me sentía. Me ayudaba a callar los pensamientos que aparecían en la soledad y, de alguna manera, me hacía sentir esperanza por el futuro.

¿Qué tan rota podía estar si aún podía dar vida a otro ser vivo?

Un día encontré tres plantitas tiradas y casi muertas al lado de la basura y, sin dudarlo, me las llevé. Al llegar a casa las limpié, las puse en un taper y les dije que me dieran unos días, que apenas llegara el fin de semana les compraría una maceta. Así empecé a crear mi propio jardín, y todo cambió dentro de mí cuando entendí que quien debe plantar y cuidar un jardín con sus colores favoritos es uno mismo. Tal vez en este punto dejé de hablar de plantas.

Luego me regalaron tres suculentas bebés, volví a rescatar otra plantita con las hojas totalmente marchitas que, en solo dos días conmigo, volvió a la vida, y me compré algunas más. Hoy por hoy, mis plantas son de lo más preciado que tengo. Dicen que tengo buena mano porque todas florecen conmigo, pero la verdad es que ellas me han dejado aprendizajes mucho más grandes.

Uno de ellos es que no todos necesitamos el mismo cuidado. Tengo a Boa, que ama el agua y la riego dos veces por semana; a Lulu, que disfruta que le eche agua a sus hojitas; a Jade, a la que no le importa cuánto la riegue mientras lo haga antes de que su tierra se seque por completo; a Rose, que necesita sol al menos una vez a la semana. Cada una tiene sus particularidades y necesidades.

También tengo rituales con ellas. Al despertar, luego de agradecer por estar viva, salgo del cuarto diciendo “¡buen día, buen día!” y voy a ver a cada una de mis plantas para decirles lo hermosas que están y lo feliz que me siento de que habiten este hogar conmigo. Siempre que llego a casa pregunto: “¿Cómo está mi gente linda del C701?”. Siento que saben el amor que les tengo porque se reproducen de una manera que, sinceramente, les pido que me regalen un poco de esa misma fertilidad cuando llegue mi momento.

Para que se hagan una idea: mi mamá y yo compramos el mismo tipo de planta el mismo día y la mía ya dio tres hijos. Mi mamá ahora quiere que vaya a su casa a hablarle a la suya para que también tenga bebés.

Las plantas me han enseñado que dar mucho o dar poco puede ser igual de perjudicial. Puedo impactar negativamente a una planta si, en mi afán de darle demasiado amor, la riego de más o la expongo demasiado al sol. Pero mi indiferencia también podría tener el mismo efecto.

Por eso, cada cierto tiempo, me ven diciéndoles:

“Dime de alguna forma si lo estoy haciendo bien.
Es la única forma de saber cuánto de mí necesitas,
porque, adivina… lamentablemente no soy adivina.
Aunque me gustaría.”

Antes pecaba por no hablar.
Ahora les hablo hasta a mis plantas.

Era cierto cuando me dijeron que el día que empezara a hablar, nada podría callarme.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Otro nivel desbloqueado

El 28 de septiembre del 2021, les conté por primera vez que entendía lo que significaba soltar. Pero ¿saben qué aprendí este año? Que cuando creemos que entendimos todo, que por fin terminamos de leer las reglas de este videojuego llamado vida, el servidor nos pide hacer una actualización que trae consigo un nuevo manual. Sí, otras mil quinientas páginas en Arial 10 y sin interlineado por leer, entonces aún queda mucho pan por rebanar, y en la medida en que vas interiorizando cada página, se clarifican nuevas aristas que hace unos años simplemente no veías.

Hoy, he estado desde la mañana más reflexiva que de costumbre. Entre conversaciones con amigos y demás, decidí escribir en mi diario los aprendizajes que he tenido este año, ¡pero qué gran año el 2025, eh! De todas maneras que está en mi top de años favoritos porque la cantidad de aprendizaje que me ha regalado ha estado acorde al precio que he tenido que pagar. Mientras pensaba en ello, decidí publicar en redes un extracto de lo que estaba escribiendo. Automáticamente, se me vino a la mente la palabra "soltar" y en ese momento pensé que debía prender la laptop para dejar mis ideas aquí, para que le sirva a la Dre del futuro y los 4 lectores que vienen sin necesidad de tener que hacer una publicación en Instagram contando que tengo un nuevo escrito.

Obviamente, el logro más gratificante que he tenido ha sido vencer la etiqueta de “soy claustrofóbica”. Y ese triunfo vino con un aprendizaje clave: tu mente se cree el cuento que le cuentes. Si le dices que el cielo es rojo, es probable que eventualmente lo veas así. Aprender eso, hizo que pueda cambiar muchos hábitos, formas de relacionarme, de hablar, de caminar, hizo hasta me guste hacer intervalos porque cada vez que tenía flojera, me repetía una y otra vez: "Me encanta hacer intervalos, es mi entrenamiento de running favorito", y, ¿qué creen? Hoy lo es.

Decidí dejar esa etiqueta que había estado conmigo más de 25 años porque la claustrofobia me estaba robando cada vez más vida. Como ya he contado antes, comencé a sentir miedo de subirme a un avión, de manejar entre dos vehículos mucho más grandes que el mío, de entrar a baños desconocidos, de estar en ambientes estrechos. Ese miedo cada vez tenía más fuerza sobre mí y llegó el momento en que me asustaba que el miedo sea tan grande que me deje inmóvil. Saben algo loco, es que la vida es tan irónica, cuando decidí vencer este miedo y comenzar a subirme a todos los ascensores que pudiera, me quedé encerrada en un ascensor, justo un día en el que me moría de ganas de ir al baño, y les juro que lo único que atiné a hacer fue reírme.

Se apagaron las luces. El ascensor se detuvo unos tres o cuatro minutos. De pronto sentí que comenzaba a bajar, luego se reinició y volvió a subir al piso al que yo iba. Toqué la campana de emergencia. Nadie me escuchó. Pero al final se abrió y lo único que pensé fue:

“¿Y ya? ¿Este es el monstruo al que le he tenido tanto miedo?”

Por dentro sentí que había superado el nivel 7 del videojuego de mi vida, y me dije con valentía:

“Ok, ¿y ahora cuál es el siguiente villano de esta historia?
Que venga, estoy preparada para todo.”

Mientras esas palabras salían de mi, recibía el nuevo outfit de personaje, los upgrades de habilidades, las monedas por el nivel superado y el desbloqueo de un nuevo ataque especial.

Volviendo a lo que quería contar, hace cuatro años, un veintiocho como hoy, pensé que había entendido lo que significaba soltar. Pasé de no entenderlo por casi treinta años, a creer entenderlo, a sentir que por fin lo entiendo, espero con ansias que diré en unos años con respecto a este concepto.

Este año la vida me dio una maestría sobre soltar. Entendí cosas que antes no eran claras para mí y que eran la raíz de por qué esta palabra siempre me resultó tan confusa. Antes creía que soltar era antónimo de sentir. Que era imposible soltar algo si realmente te importaba. En mi estructura mental cada vez que alguien me decía que "suelte el futuro" mi mente hacía cortocircuito porque no le encontraba ningún sentido.

¿Cómo dejar a la suerte el resultado sin insistir con todas mis fuerzas?
¿Cómo dejar ir a quién amo? ¿Cómo rendirme sin hacer nada?
¿Me estás diciendo que no haga absolutamente nada?

Pero este año aprendí algo fundamental: soltar no es antónimo de sentir. Soltar es antónimo de aferrarse. De hecho, soltar es sólo de valientes porque involucra aceptación radical de lo que pase y sus consecuencias. Soltar es no negociar tu dignidad por cercanía. Es dejar de organizar tu futuro alrededor de un resultado del que no tienes ninguna certeza. Es asumir - no sólo a nivel mental, sino a través de cada uno de tus actos y decisiones - que tu vida continúa pase lo que pase, con la plena seguridad de que tienes lo necesario para sobrevivir a cada una de las pruebas de esta vida loca.

Y ¿saben por qué digo que soltar es de valientes? Porque cuando hablamos de soltar en el aspecto romántico, debo confesar que para mí, no había prueba más clara de amor que aferrarte, pero hoy creo que un amor sano, cuidadoso y respetuoso, te suelta aunque te siga amando. Aunque siga extrañándote con cada uno de sus sentidos. Aún cuando aparece tu rostro en su mente, y lo único que ella hace es desearte luz, amor, buena vibra… y dejarte ir, dejarte pasar como cuando cruza un avión en el cielo. Incluso si soltar significa hacer este ejercicio 2,947 veces al día, porque ese es el número de veces que apareces en su mente.

Duele, pero aprendes a vivir con ese dolor y a integrarlo en tu vida, con la esperanza de que en algún momento deje de doler y el amor que sientes se transforme.

Es que yo no vencí mi miedo a los ascensores evitándolos. Me quedé atrapada, sentí pánico y mi sistema nervioso aprendió que tiene las herramientas para sobrevivir a eso, y lo mismo me pasó con entender lo que es soltar.

Vive con la esperanza de que todo saldrá bien,
y luego, agradece, sin importar el desenlace.

No evité amar, ni tiré mierda, ni me autoengañé sobre como me sentía. Amé. Sigo haciéndolo con una alegría que no me creerían que cada vez que lo recuerdo se me llena el corazón de felicidad porque pasó, disfruté lo que duró, porque tengo una larga lista de recuerdos hermosos que merecían ser vividos, porque cada "siempre" tiene una duración diferente. Algunos siempre duran 1 día, otros 2 años, otros 100, y todos son igual de valiosos. Soltar es un acto profundo de gratitud. Es honrar lo vivido, y seguir adelante, sin resentimientos, y con el corazón en paz.

Como le decía a una amiga que vi hace un par de días, no hay persona que haya amado más en mi corta vida, y mi mayor muestra de amor es no caer en mis antiguos patrones.

Otro nivel desbloqueado.
Gracias 2025, gracias por tanto.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Mi primera media maratón: ¿Para qué correr si puedo volar?

Viernes 10 de octubre, 20:06

El 9 de julio me rompió, pero en la 9 de Julio me descubrí libre.

Si tuviera que resumir en una sola oración lo que significó para mí correr la media maratón en Buenos Aires, sería esa. Recordar el domingo 24 de agosto es pensar en ese pegamento que volvió a unir las piecitas de mí.

¿Alguna vez les ha pasado que sienten que se desconectaron de ustedes mismos? Que cada cierto tiempo se preguntan: ¿Quién es esa persona que tanto se parece a mi?, cuando les llega una notificación de alguna red social recordándoles qué estaban haciendo ese mismo día, algunos años atrás. Pues justamente eso me pasó. Pero me encontré cruzando un arco de largada, y - modestia aparte - qué bonita es la vida conmigo.

Para leer esta última parte, les pediría que pongan Dancing Queen en el reproductor, porque lo que transmite esa canción es exactamente lo que siento cada vez que recuerdo este día.

Oh, see that girl, watch that scene
Digging the dancing queen

Esa noche la emoción fue tanta que casi no dormí, pero muy fiel a mi estilo: stick to the plan, reforcé mentalmente lo disciplinada que soy e intenté descansar. Me obligué a tener los ojos cerrados desde las diez, y me aguanté las ganas de agarrar el celular y perderme en las redes sociales hasta llegar a los brazos de Morfeo. Me quedé dormida imaginando todo lo que podía pasar al día siguiente con una sonrisa en el rostro.

Desperté antes de que sonara la alarma, alrededor de las 4:30 am, y comencé a alistarme. Obviamente, me apliqué iluminador en parte del rostro y una sombra morada brillante en los ojos. El frío junto a una taza de café caliente hicieron su parte del trabajo y los nervios no se sintieron. Como el día anterior, Flor me envió un mensaje contándome que los chicos de su hostel le dijeron que en el evento del año pasado había guardarropa gratuito para todos, decidí tomar una decisión con riesgo controlado y me puse encima un calentador que no me molestaría perder.

Ahí me veías, a las 5:30 am, caminando por la calle Paraguay en short, polo y calentador, queriendo morir de frío cada vez que un ventarrón aparecía sin avisar. Yo solía ser la persona más friolenta que conozco, pero con tanta reinvención hasta mi termostato interno se ha recalibrado. Así que, dentro de todo, esa sensación de “morir” tenía más que ver con quien solía ser que con quien soy ahora. 

Luego de encontrarme con Flor, seguimos caminando hasta donde iniciaba la carrera. Teníamos que caminar unos dos kilómetros, y todo iba bien hasta que las ráfagas de viento helado te recordaban, una y otra vez, que estábamos a seis grados.

Había muchísima gente caminando: algunos vestidos de forma pro, otros no tanto; unos acompañados, otros solos. Pero el ambiente era el de una fiesta, una sin alcohol definitivamente. Todos unidos por la misma emoción de correr en una ciudad que te hace vibrar desde que pisas sus tierras. Al acercarnos al punto de inicio, vimos grupos de runners con sus familias, carpas con música animada, comida y bebidas. Me pareció hermoso poder compartir algo que te mueve con los tuyos. Entonces, mientras los veía, sólo confiaba en que mi barra virtual lograría hacerme sentir esa misma sensación a pesar de la distancia.

Calentamos, saltamos un poquito y nos reíamos mientras nos preguntábamos: ¿por qué nosotras no somos también influencers? Confirmamos que sí había guardarropa, dejamos ahí las cosas extra y fuimos al corral que nos habían asignado.

De pronto salió un sol hermoso. El rock empezó a sonar a todo volumen y algo se liberó dentro de mí: el corazón me explotaba de alegría. No había espacio para dudas ni miedos, ni para nada que pudiera catalogarse como negativo. Solo mil emociones dando vueltas dentro de mí y unas ganas enormes de disfrutar, sonreír todo lo que pudiera y pasarla bien.

Mi lado controlador ya había determinado que llegaría en 2 horas y 4 minutos. ChatGPT, mi entrenador de cabecera, y yo habíamos hecho la estrategia para lograr ese tiempo. Sin embargo, mi parte competitiva quería lograrlo en menos de dos horas. Por eso, el acuerdo con mi mamá sobre lo que debía decirme en el kilómetro 18, ya que yo no quería estar pendiente del reloj ni del pace, sólo quería vivir ese momento en presente. Sí, sí, aplicaría todas las herramientas de conciencia plena en un sólo evento. Sería como mi examen final de terapia.

Comenzó la carrera. Puse en el reproductor la canción "Dancing Queen", quedamos con Flor en encontrarnos en el guardarropa al terminar y salimos a por ello.

No exagero si les digo que tuve la mejor barra virtual que alguien podría tener. No me dejaron escuchar ni una sola canción entera: entre las porras automáticas y los audios, la música bajaba y subía de volumen constantemente. Fue hermoso. Me hicieron sentir como si estuvieran a mi lado todo el tiempo. Sentir el cariño de familia y amigos es invaluable; que pongan la alarma un domingo a las seis de la mañana para acompañarte en tus locuras… eso es todo lo que está bien en esta vida.

Hubo dos momentos en la carrera en los que el corazón se me estrujó y casi se me caen las lágrimas. El primero fue cuando mi abuela me envió un audio. Fue totalmente inesperado. Escuchar su voz, diciéndome que podía lograrlo y que estaba orgullosa de mí, fue otro chorrito más de pegamento para mi corazón. Luego, en el kilómetro 18, llegaron los audios de mi mamá. Ese momento fue de energía pura. La emoción desbordante de mi mamá es lo que ha sembrado en mí esta sed constante de dar más, ser más, ir por más. Pero en el kilómetro 19.50, cuando ya estaba tan cerca, cuando corría más con el corazón que con el cuerpo, sentí que no podía más. Estaba cansada. Había mantenido un pace en el que nunca antes había corrido y, como les conté, no estaba tan preparada.

Y entonces, sonó una canción en mi playlist.

Contigo todo.
Sí, yo tengo fe.
Luz, ya ven a mí.
Tú eres quien me sana.

Por segunda vez, el corazón se me estrujó. Fue como ver pasar todo mi año frente a mis ojos, tal cual una película: todo lo que logré, todo lo que dolió llegar hasta ahí. Las risas, los aprendizajes y también las madrugadas de lágrimas, esas en las que rezas pidiendo que duela un poco menos; en las que pides fuerza, resiliencia y sabiduría para entender por qué pasan las cosas. Confiando en que Dios tiene un propósito más grande, incluso cuando no lo entiendes, me corrijo: sobre todo cuando no lo entiendes. Que a veces se tiene que romper estructuras para llegar a ese propósito. Y claro, cuando algo se rompe, duele. Pero ese dolor es sólo un maestro más que nos recuerda que estamos vivos, que somos humanos.

Imagínense esta escena entonces: A mi corriendo a un pace de 5:30, viendo mi vida pasando frente a mí, sintiendo emociones hasta contradictorias con una intensidad que sólo los intensos podrían entender, queriendo correr más rápido y al mismo tiempo el cuerpo te recuerde "oye, ya vamos casi dos horas en este ritmo, dame chance, no?". Fue tanto en una fracción de segundos que comencé a quedarme sin aire, y sin poder respirar. Sí, al mismo tiempo. Y ahí, todo mi trabajo terapéutico del año salió a la luz. Empecé a hablarme:

“Dre, tranquila. Respira. Sé que hay muchas emociones, pero sólo falta 1.5 km. Después las soltamos todas. Ahorita, respira. Enfócate en lo que estamos viviendo, no en lo que pasó ni en lo que pasará. Estamos aquí. Estamos a salvo. Estamos vivas. Ufff… qué hermoso es estar vivas.”

Me calmé. Miré el reloj: 1 hora y 50 minutos. Corrí con el alma. Saqué el celular y grabé el último kilómetro. Cuando veo ese video, parece como si 20 kilómetros no hubieran pasado por mí, si no que yo había pasado por ellos. Me veía fresca como lechuga. No sé cómo logro que, pase lo que pase, por fuera todo parezca estar bien. Creo que ese es uno de mis dones.

Crucé la meta en 1:57. Y lo primero que pasó fue que entró una videollamada de mi mamá. Ahí sí, rompí en llanto. Y ¿saben algo hermoso? Fue la primera vez en 33 años que lloré de felicidad. De agradecimiento. De orgullo por mí porque por fin podía reconocerme y sentir que soy suficiente. Y, sobre todo, que estoy en paz con quien soy.

Mientras le contaba todo eso a mi mamá  - los momentos en los que casi lloro, lo agradecida que estaba por el audio de mi abuela - se fue la señal. Pero aun así, fue un momento mágico.

Luego fui por mi plátano, mis bebidas rehidratantes, recogí mi medalla, sesión de fotos - obviamente -, descansamos un poco y caminamos de regreso para bañarnos y salir a turistear. Sí, leyeron bien. Ya veníamos turisteando desde el viernes y el domingo volvimos a salir. Ese día caminé 42 kilómetros. Prácticamente me hice una maratón, jaja.

Fuimos a comer carnes a San Telmo, con el corazón explotando de alegría, pensando si sería muy loco tener como hobby correr medias maratones por el mundo.

Y sí, en la 9 de Julio me descubrí libre y ligera. Volví a sentirme como esa niña bonita y curiosa que quiere comerse el mundo, pero que hoy sabe que no tiene que correr para alcanzarlo. El mundo también sabe esperar.

Paso a paso.
Kilómetro a kilómetro.
Con el corazón abierto.