lunes, 3 de agosto de 2026

Viviendo una comedia romántica: Parte III

— Toca madera.
—Toco piel, que da más suerte.

Estoy a nueve mil kilómetros de Lima, con un vaso de cerveza en la mano, entre risas y conversaciones en Spanglish. Los amigos de Luciana dicen que mi inglés no está nada mal, y yo sólo atino a sonreír sabiendo que las palabras que no conozco me las invento.

Casi siempre mis inventos terminan por hacerse realidad. Algunos dicen que tengo una fina intuición. Yo no suelo decir esto en voz alta, pero estoy convencida de que es mi aquelarre sembrándome pensamientos para cuidarme. La mayoría de veces no les hago caso. Ya saben... si escuchara siempre a mis brujas, ¿cómo tendría historias que contar?

De pronto, la música baja de volumen, el brillo de la noche pierde intensidad y todo empieza a moverse en cámara lenta mientras mi mente se desconecta del presente. Aparece una constelación de lunares sin pedir permiso y mi memoria empieza a unir puntos que conoce demasiado bien.

Las ganas que tengo de que estés aquí.

***

Luciana le siguió contando a Daniela sobre su último viaje a Bali, pero Daniela ya no la escuchaba. Se encontraba viajando nueve mil kilómetros de regreso a Lima.

Volteaba cada tanto a mirar la puerta de ingreso como si todavía creyera posible que, en cualquier momento, él apareciera rodeado de humo de un vape sabor sandía.

Venir desde Lima son sólo doce horas de vuelo. ¿Es muy loco pensar que subirá en el primer avión disponible? 

El alcohol empezó a darle permiso a las ideas que revoloteaban dentro de Daniela, y mientras sonaba Dog Days Are Over se seguía preguntando si era aún más loco pensar que Gonzalo aparecería, la tomaría de la cintura y le diría al oído lo guapa que estaba con ese vestido a rayas. Si esas ganas de desaparecer en mitad de la noche y volver a incendiar la ciudad desde una habitación serían suficientes para cruzar doce horas de vuelo.

Sonreía sola, y recordaba como llegó ahí.

Daniela tomó el primer vuelo que encontró porque era mucho más fácil escapar de Gonzalo que volver a encontrarse con esa versión de sí misma que creía haber dejado atrás. No le asustaba Gonzalo. Le asustaba reconocer que seguía existiendo esa Daniela capaz de incendiar el mundo por una corazonada.

Durante años hizo todo lo posible por convencerse de que debía ser menos intensa. Aprendió a bajar la voz antes de entusiasmarse demasiado, a medir las palabras, a esconder las ganas. Hasta que apareció alguien que en lugar de pedir calma, preguntó:

—¿Tienes ganas de jugar?

Por primera vez alguien no le pidió bajar el volumen.

¿Daniela? —preguntó Luciana.
¿Ah? —Daniela salió de sus pensamientos.
¿En qué planeta estabas?
En Lima. — respondió Daniela sonriendo mientras tomaba el último sorbo de cerveza que le quedaba.

Hasta ese momento, Daniela todavía no sabía que, doce horas después, la casualidad volvería a hacer de las suyas.

Su aquelarre sí. Y esas brujas nunca se equivocan.