domingo, 5 de abril de 2026

Todo bien (o eso decía)

"... la pregunta no es: ¿por qué somos tan pocas veces la persona que queremos ser?,
sino ¿por qué queremos ser tan pocas veces la persona que realmente somos?".

Oriah Mountain Dreamer

***

Hace unos meses hice un cambio que, aunque parece pequeño, ha sido revelador. Antes, cuando me preguntaban: “¿cómo estás?”, mi respuesta en automático —y la que aún uso la mayoría de veces— era “todo bien”

Pero, últimamente, si alguien en quien confío me hace esa pregunta, respondo como me siento de verdad. Y desde ahí, han empezado a pasar cosas medio random. Desde conversaciones más honestas, hasta terminar usando uno de los beneficios de bienestar del trabajo de una amiga.

La verdad, no sentía que necesitara otra herramienta más en mi vida. A veces pienso que podría escribir un post de “cómo sentirte bien for dummies” con todo lo que he probado este último año y los nuevos hábitos que he incorporado en mi día a día. Como desayunar espinaca en busca de nivelar el cortisol y sentir menos ansiedad desde la mañana. Mi bienestar se ha vuelto algo totalmente metódico. Ya saben… soy la reina de la disciplina.

Me distraje. Volviendo a lo que les quería contar. Decidí confiar en que mi amiga estaba viendo algo en mí que yo no, y acepté su ayuda sin juzgar demasiado. Spoiler alert (lo siento, mi intensidad hace que spoilee mis historias): me sorprendí con lo que encontré en el programa que me inscribí gracias a ella.

En febrero, como parte de ese programa, empecé a leer el libro “Manual para aprender a soltar”, y desde las primeras páginas algo hizo clic dentro de mi. Fue como si me compartieran una nueva perspectiva de vida y mi cabeza —y las paredes de mi casa— se comenzaron a llenar de reflexiones que no quiero olvidar. Tengo post-its por todos lados, preguntas revoloteando mi mente incluso cuando ya es momento de dormir.

Mi rutina nocturna cambió sin darme cuenta: Pongo el celular en modo avión, y desconectada de todo me sumerjo en páginas y comienzo a resaltar de morado todo lo que llama mi atención. Luego me quedo pensando por horas, y a veces hago descubrimientos de mí que me vuelan la cabeza.

A veces siento que me estoy mirando con lupa. Conocerte así es realmente poderoso. Sobre todo, para comenzar a abrazar tu humanidad y, desde un lado más genuino, ser más amable contigo. Pero también cansa.

¿Se acuerdan que les conté que mi don es hacer parecer que todo está bien cuando todo está mal? Bueno… es un don agotador. Y mientras escribo esto, no puedo evitar acordarme de mi mamá esperándome en la meta de mi última media maratón, y después de la carrera me dijo: “se te veía como si recién hubieras empezado a correr”. Cuando para mí fue la carrera más compleja y con más ganas de darme por vencida— que he tenido hasta ahora, ya les contaré de eso.

Es que sí existe una parte de mi que es fuerte, valiente, resiliente, que te tira unas frases de amor propio que cuando las releo o las vuelvo a verbalizar sólo pienso: “que orgullosa estoy de quien me estoy convirtiendo”. Pero también hay otra que se levanta con lágrimas en los ojos, que está cansada de analizarse. Que a veces quisiera incendiar todo y ver desde afuera como arde.

Y durante mucho tiempo pensé que tenía que elegir entre una y otra. Pero no. Esa dualidad soy yo, y quizás eso es lo más humano que tenemos. Porque así como existe la felicidad porque existe la tristeza, también existe la resiliencia porque existe la fragilidad. 

Hay demasiadas cosas que quisiera contar por aquí, pero si lo digo todo hoy… me quedo sin blog y ¿qué nueva reflexión les voy a compartir? Así que me voy a quedar con una idea que no he podido soltar.

El cerebro busca alivio, no verdad. Busca cerrar el circuito, aunque sea con una historia incompleta. Y entender eso  —aunque suene simple— cambia mucho. Porque entonces empiezas a notar cuántas decisiones tomas sólo para sentirte mejor hoy, aunque compliquen el mañana. 

Yo empecé por ahí. 

Y también empecé a cuestionar algo más profundo: la forma en la que me hablo.

Durante años me dividí en dos versiones: la fuerte y la desbordada. Pero he entendido algo incómodo, no es que tenga que elegir entre una u otra… es que dejar de pelear entre ellas es la forma de encontrar paz.

Crecí creyendo que tenía que “arreglarme” para merecer amor. Que debía aprender a controlar mi intensidad, mi impulsividad, mi lado emocional, y cada vez que aparecía se sentía como fallar. Y desde ahí, sin darme cuenta, empecé a sabotear todo lo que se sentía bonito. Porque en el fondo pensaba: “mejor me voy antes de que vea quién soy de verdad y… se vaya”.

Y eso pesa más de lo que parece, y entenderlo ha sido complejo. Porque si bien siempre un lado de mi sabía que se saboteaba, no lograba entender el verdadero porqué.  

Hoy no siento que todo eso haya desaparecido. Pero sí cambió la forma en que lo miro.

Sé que esas partes no va a desaparecer, son parte de mi. Pero también sé que no tengo que pelear con ninguna de ellas. Y este es mi recordatorio para los días en los que vuelva a sentir que son contradictorias.

Este proceso —y este libro— han sido como una bomba silenciosa, de esas que te cambian la manera de verte para siempre. Y ahora no puedo dejar de preguntarme: Cuántos años pasamos intentando “arreglarnos” para merecer amor, cuando el amor nunca fue un premio. Es un derecho de origen.

Y entender eso  —de verdad, en el cuerpo y no solo con la cabeza— cambia todo. Sentir que siempre fuiste la versión que necesitabas ser con las herramientas que tenías no es consuelo.

Y tampoco es una excusa. Es justicia conmigo misma.
Para esos días en los que no lo crea del todo…
y necesite volver a mí.

miércoles, 1 de abril de 2026

Viviendo una comedia romántica: Parte II

"Hay personas que en vez de amarte, te enseñan a quererte a ti mismo.
Y creo que es lo mejor que te puede pasar."
Mario Benedetti

Estábamos abrazados, pero sentía nostalgia en el ambiente, como si supiera que, eventualmente, esta historia tendría un final. No todas las personas llegan para quedarse. Algunas llegan, te remueven el piso y se van.

Era mi momento favorito del día. Ese que se da entre las 6:00 pm y 6:30 pm, cuando el sunset ya terminó pero la ciudad aún no está del todo oscura.

Desde su cama podía ver lo infinito del mar y un cielo pintado de tonos entre rojizo y morado. Era un sueño despertar ahí. Encontrarme con sus ojos marrones, pararme a preparar una taza de café caliente y saborear el final de la tarde desde el piso dieciocho.

Me maravillaba la inmensidad del horizonte a media luz. Sí… era exactamente eso que alguna vez imaginé. Y como todos los sueños, en algún momento toca despertar. En ese preciso momento era cuando todo se volvía un poco difuso.

¿Realmente tengo que despertar? ¿Siempre se han ido o... yo he escogido a los que se van?

***

—Si algo he aprendido es que al amor se entra dispuesto a perder —dijo Daniela, con un tono firme que apenas disimulaba su timidez.
—Ya veo… te despertaste profunda —respondió Gonzalo, rodeando su cintura con un aire juguetón—. Y yo perdí desde que me metiste en la lista de los que te caen mal.
—Si yo no estuviera en tu futuro… ¿me extrañarías?

Daniela no estaba para juegos, y con su pregunta el silencio se instaló entre los dos.

—Claro que te extrañaría…

Hizo una pausa, mirándola fijamente.

—No sé… siento que contigo es distinto. 
—¿Distinto cómo?
—No sé explicarlo bien — Gonzalo sonrió apenas y con cierta inocencia continuó —. Siento que te he estado buscando sin saberlo...

Daniela bajó la mirada por un segundo. Ese cosquilleo incómodo volvió al pecho. Esa sensación de final antes de tiempo.

—¿Qué extrañarías de mí?
—Extrañaría despertarme contigo y escuchar alguna de tus preguntas raras un domingo en la tarde.
—Gonzalo… te estoy preguntando de verdad.
—Lo sé.

Hizo otra pausa.

—Extrañaría la forma en la que ves el mundo. La forma en la que haces que todo se sienta fácil… incluso lo difícil.

Daniela sonrió. Hoy sí, pensó. Hoy no voy a arruinarlo... los miedos pueden esperar un poco más.

Se acercó lentamente.

—Gonzalo…

Y lo besó.

Sus manos recorrieron su cuerpo con familiaridad, como quien conoce a la perfección el camino. Afuera, la ciudad terminaba de oscurecer. Entre ellos, el fuego volvía a encenderse, lento, constante… como si nunca se hubiera ido del todo. Y por un momento, Daniela dejó de pensar en el final.