Ocho segundos de un video de mi cumpleaños número diez bastaron para recordarme una versión de mí que, aunque durante años intenté callar, nunca desapareció.
— Dreydi, ¿qué es lo que más quieres en este mundo?
— Cuando sea grande, irme a Italia.
He visto ese video muchas veces. La mirada fija, la sonrisa al terminar la oración y la forma en la que asiento con la cabeza cuando mi madrina vuelve a preguntarme si conocer Italia es lo que más quiero, me llenan de orgullo porque no titubeé ni un segundo. Esa firmeza para asegurar que algún día lo iba a cumplir, hoy me conmueve y me inspira.
La misma firmeza de una adolescente que, en plena clase de Historia, se paró, caminó hasta la carpeta donde estaba sentado el compañero que la hacía sonreír cada vez que le soplaba las respuestas en los exámenes de fin de trimestre, y le dijo “me gustas” frente a todos para luego irse riendo al darse cuenta de que lo había dejado en shock.
La misma que, cada vez que sentía que iba a desaprobar un curso en la universidad, dedicaba horas a buscar a alguien que pudiera explicarle el tema de una forma más sencilla. La que se iba a otras universidades a buscar libros, estudiaba hasta agotarse y se enfocaba en lograr aunque fuera un 10.50 —porque siempre hay medio punto a favor del alumno—. Nunca olvidaré al profesor que me dijo: “Yo quería desaprobarte, pero no te dejaste.”
La misma que en sus veintes se pasaba las tardes llamando al área de Recursos Humanos de varias empresas para decirles que había visto una convocatoria de prácticas en la bolsa de la Universidad de Lima, pero que no había postulado por ahí porque su CV en Word era “más bonito”. Sí, con esas palabras. Y claro, yo ni siquiera estudiaba en esa universidad. Pero cuando se trata de encontrar un camino, siempre encuentro la manera.
La misma que hoy, cuando alguien por desconocimiento le pregunta si es mamá, a pesar de saber que el viento todavía parece ir en contra, responde que Franco está viniendo tan pronto como puede.
Y sí, muchos podrían pensar y hasta decir: esta señora está loca. A lo que yo les respondería: sí, y qué bueno.
Porque me encanta haber vuelto a ser esa versión un tanto —o un mucho— loca. De esas que creen en el “pide y se te concederá”. De las que van por todo porque es su forma de vivir. De las que sueñan con los ojos abiertos, pero no esperan sentadas porque saben por experiencia propia que la única forma de que las cosas sucedan es remangándose y yendo por ellas.
Entonces, un día de setiembre, mientras caminaba por Juan de Aliaga, perdida por momentos en mis pensamientos y, por otros, cantando y bailando en la calle como si nadie existiera, ese video apareció de pronto en mi mente.
Me detuve.
Y después de unos segundos me dije en voz alta:
“Le daré a la pequeña Dre el viaje más bonito que se pueda imaginar.”
Y la verdad es que mi versión mini jamás se imaginó correr una media maratón por la Vía Cristoforo Colombo, comer pizza en Pisa, tomarse un Aperol Spritz en Venecia ni mojar sus pies en la playa de Monterosso. Mucho menos hacer todo eso de la mano de su mamá.
Sí que fue un viaje que tuvo de todo: risas, conversaciones profundas, lágrimas, autoconocimiento, sorpresas, picos de felicidad inmensa, y mucha pizza y gelato.
También malas decisiones.
Porque, claro, mi optimismo me hizo pensar que podía teletransportarme de Ostia a Pisa después de correr veintiún kilómetros. Y sí, además arrastré a mi madre en cada una de mis locuras. Y con “teletransportarme” me refiero a tomar dos trenes zonales, recoger las maletas, subir a otro tren zonal y luego a un interciudad, todo con tiempos de conexión tan ajustados que cualquier persona con una cuota extra de cordura habría pensado: “esto es una pésima idea”.
Lo acepto, no fue mi idea más brillante. Pero ni eso impidió que turisteáramos durante doce días seguidos y camináramos veinte mil pasos diarios como si nada. Bueno… para serles honesta, tuve que tomarme un par de pastillas para el dolor de espalda porque en un punto el desgaste comenzó a pasar factura, pero igual seguí caminando como si mi vida dependiera de aprovechar cada segundo del viaje.
Despertábamos a las 5:30 a.m. todos los días, tomábamos un tren hacia la siguiente ciudad y la recorríamos hasta el anochecer para terminar el día durmiendo con una sonrisa en los labios. No les miento si les digo que sólo pasábamos entre cinco y seis horas en la habitación. Definitivamente, se habían juntando dos intensas.
Verona me cautivó, y le confié mi secreto más profundo a Julieta al oído. Venecia fue un sueño, y en mi cajita de recuerdos más preciados estará siempre el haber cantado a todo pulmón “Io sono il Capone della mafia” en la estación de tren. La Basílica de San Pedro me conmovió hasta las lágrimas; la paz y gratitud que sentí en ese lugar son una sensación que todavía estremece mi cuerpo con solo recordarla.
Génova fue una curita para mi corazón: ver a mi mamá cumplir su propio sueño de conocer el lugar que vio nacer a los Daneri, hablar de mi abuelo y pensar que, si estuviera aún aquí, seguramente ese día habría subido una reseña en Facebook muy a su estilo. De esas que siempre harán falta.
Ver el Coliseo romano de noche y todos los chistes alrededor de por qué no vi Gladiador antes del viaje. Cinque Terre, sus colores y sentirme dentro de una película de Disney mientras comía otro gelato. Varenna y la inmensidad del Lago Como, desde donde podían verse las montañas cubiertas de hielo. Milán y los profiteroles.
Y, por último, pero no menos importante: correr una media maratón en Roma —sin música, sin el típico ambiente de carrera, sin las barras y la euforia de la gente, y sin entrenar porque me encontraba en una pausa abrupta, pero necesaria, por recomendación médica— me hizo descubrir algo: que mi cabeza sí es un lugar seguro.
Porque, más allá de Italia, de los paisajes o de cumplir un sueño pendiente, creo que lo verdaderamente importante de este viaje fue encontrarme. Recordar que dentro de mí sigue viviendo esa niña que no dudaba cuando le preguntaban qué quería.
Y entender que quizá crecer no era volverse más correcta, más silenciosa o más prudente.
Quizá crecer era volver a tener el valor de desear las cosas en voz alta.