Viernes 10 de octubre, 20:06
El 9 de julio me rompió, pero en la 9 de Julio me descubrí libre.
Si tuviera que resumir en una sola oración lo que significó para mí correr la media maratón en Buenos Aires, sería esa. Recordar el domingo 24 de agosto es pensar en ese pegamento que volvió a unir las piecitas de mí.
¿Alguna vez les ha pasado que sienten que se desconectaron de ustedes mismos? Que cada cierto tiempo se preguntan: ¿Quién es esa persona que tanto se parece a mi?, cuando les llega una notificación de alguna red social recordándoles qué estaban haciendo ese mismo día, algunos años atrás. Pues justamente eso me pasó. Pero me encontré cruzando un arco de largada, y - modestia aparte - qué bonita es la vida conmigo.
Para leer esta última parte, les pediría que pongan Dancing Queen en el reproductor, porque lo que transmite esa canción es exactamente lo que siento cada vez que recuerdo este día.
Oh, see that girl, watch that scene
Digging the dancing queen
Esa noche la emoción fue tanta que casi no dormí, pero muy fiel a mi estilo: stick to the plan, reforcé mentalmente lo disciplinada que soy e intenté descansar. Me obligué a tener los ojos cerrados desde las diez, y me aguanté las ganas de agarrar el celular y perderme en las redes sociales hasta llegar a los brazos de Morfeo. Me quedé dormida imaginando todo lo que podía pasar al día siguiente con una sonrisa en el rostro.
Desperté antes de que sonara la alarma, alrededor de las 4:30 am, y comencé a alistarme. Obviamente, me apliqué iluminador en parte del rostro y una sombra morada brillante en los ojos. El frío junto a una taza de café caliente hicieron su parte del trabajo y los nervios no se sintieron. Como el día anterior, Flor me envió un mensaje contándome que los chicos de su hostel le dijeron que en el evento del año pasado había guardarropa gratuito para todos, decidí tomar una decisión con riesgo controlado y me puse encima un calentador que no me molestaría perder.
Ahí me veías, a las 5:30 am, caminando por la calle Paraguay en short, polo y calentador, queriendo morir de frío cada vez que un ventarrón aparecía sin avisar. Yo solía ser la persona más friolenta que conozco, pero con tanta reinvención hasta mi termostato interno se ha recalibrado. Así que, dentro de todo, esa sensación de “morir” tenía más que ver con quien solía ser que con quien soy ahora.
Luego de encontrarme con Flor, seguimos caminando hasta donde iniciaba la carrera. Teníamos que caminar unos dos kilómetros, y todo iba bien hasta que las ráfagas de viento helado te recordaban, una y otra vez, que estábamos a seis grados.
Había muchísima gente caminando: algunos vestidos de forma pro, otros no tanto; unos acompañados, otros solos. Pero el ambiente era el de una fiesta, una sin alcohol definitivamente. Todos unidos por la misma emoción de correr en una ciudad que te hace vibrar desde que pisas sus tierras. Al acercarnos al punto de inicio, vimos grupos de runners con sus familias, carpas con música animada, comida y bebidas. Me pareció hermoso poder compartir algo que te mueve con los tuyos. Entonces, mientras los veía, sólo confiaba en que mi barra virtual lograría hacerme sentir esa misma sensación a pesar de la distancia.
Calentamos, saltamos un poquito y nos reíamos mientras nos preguntábamos: ¿por qué nosotras no somos también influencers? Confirmamos que sí había guardarropa, dejamos ahí las cosas extra y fuimos al corral que nos habían asignado.
De pronto salió un sol hermoso. El rock empezó a sonar a todo volumen y algo se liberó dentro de mí: el corazón me explotaba de alegría. No había espacio para dudas ni miedos, ni para nada que pudiera catalogarse como negativo. Solo mil emociones dando vueltas dentro de mí y unas ganas enormes de disfrutar, sonreír todo lo que pudiera y pasarla bien.
Mi lado controlador ya había determinado que llegaría en 2 horas y 4 minutos. ChatGPT, mi entrenador de cabecera, y yo habíamos hecho la estrategia para lograr ese tiempo. Sin embargo, mi parte competitiva quería lograrlo en menos de dos horas. Por eso, el acuerdo con mi mamá sobre lo que debía decirme en el kilómetro 18, ya que yo no quería estar pendiente del reloj ni del pace, sólo quería vivir ese momento en presente. Sí, sí, aplicaría todas las herramientas de conciencia plena en un sólo evento. Sería como mi examen final de terapia.
Comenzó la carrera. Puse en el reproductor la canción "Dancing Queen", quedamos con Flor en encontrarnos en el guardarropa al terminar y salimos a por ello.
No exagero si les digo que tuve la mejor barra virtual que alguien podría tener. No me dejaron escuchar ni una sola canción entera: entre las porras automáticas y los audios, la música bajaba y subía de volumen constantemente. Fue hermoso. Me hicieron sentir como si estuvieran a mi lado todo el tiempo. Sentir el cariño de familia y amigos es invaluable; que pongan la alarma un domingo a las seis de la mañana para acompañarte en tus locuras… eso es todo lo que está bien en esta vida.
Hubo dos momentos en la carrera en los que el corazón se me estrujó y casi se me caen las lágrimas. El primero fue cuando mi abuela me envió un audio. Fue totalmente inesperado. Escuchar su voz, diciéndome que podía lograrlo y que estaba orgullosa de mí, fue otro chorrito más de pegamento para mi corazón. Luego, en el kilómetro 18, llegaron los audios de mi mamá. Ese momento fue de energía pura. La emoción desbordante de mi mamá es lo que ha sembrado en mí esta sed constante de dar más, ser más, ir por más. Pero en el kilómetro 19.50, cuando ya estaba tan cerca, cuando corría más con el corazón que con el cuerpo, sentí que no podía más. Estaba cansada. Había mantenido un pace en el que nunca antes había corrido y, como les conté, no estaba tan preparada.
Y entonces, sonó una canción en mi playlist.
Contigo todo.
Sí, yo tengo fe.
Luz, ya ven a mí.
Tú eres quien me sana.
Por segunda vez, el corazón se me estrujó. Fue como ver pasar todo mi año frente a mis ojos, tal cual una película: todo lo que logré, todo lo que dolió llegar hasta ahí. Las risas, los aprendizajes y también las madrugadas de lágrimas, esas en las que rezas pidiendo que duela un poco menos; en las que pides fuerza, resiliencia y sabiduría para entender por qué pasan las cosas. Confiando en que Dios tiene un propósito más grande, incluso cuando no lo entiendes, me corrijo: sobre todo cuando no lo entiendes. Que a veces se tiene que romper estructuras para llegar a ese propósito. Y claro, cuando algo se rompe, duele. Pero ese dolor es sólo un maestro más que nos recuerda que estamos vivos, que somos humanos.
Imagínense esta escena entonces: A mi corriendo a un pace de 5:30, viendo mi vida pasando frente a mí, sintiendo emociones hasta contradictorias con una intensidad que sólo los intensos podrían entender, queriendo correr más rápido y al mismo tiempo el cuerpo te recuerde "oye, ya vamos casi dos horas en este ritmo, dame chance, no?". Fue tanto en una fracción de segundos que comencé a quedarme sin aire, y sin poder respirar. Sí, al mismo tiempo. Y ahí, todo mi trabajo terapéutico del año salió a la luz. Empecé a hablarme:
“Dre, tranquila. Respira. Sé que hay muchas emociones, pero sólo falta 1.5 km. Después las soltamos todas. Ahorita, respira. Enfócate en lo que estamos viviendo, no en lo que pasó ni en lo que pasará. Estamos aquí. Estamos a salvo. Estamos vivas. Ufff… qué hermoso es estar vivas.”
Me calmé. Miré el reloj: 1 hora y 50 minutos. Corrí con el alma. Saqué el celular y grabé el último kilómetro. Cuando veo ese video, parece como si 20 kilómetros no hubieran pasado por mí, si no que yo había pasado por ellos. Me veía fresca como lechuga. No sé cómo logro que, pase lo que pase, por fuera todo parezca estar bien. Creo que ese es uno de mis dones.
Crucé la meta en 1:57. Y lo primero que pasó fue que entró una videollamada de mi mamá. Ahí sí, rompí en llanto. Y ¿saben algo hermoso? Fue la primera vez en 33 años que lloré de felicidad. De agradecimiento. De orgullo por mí porque por fin podía reconocerme y sentir que soy suficiente. Y, sobre todo, que estoy en paz con quien soy.
Mientras le contaba todo eso a mi mamá - los momentos en los que casi lloro, lo agradecida que estaba por el audio de mi abuela - se fue la señal. Pero aun así, fue un momento mágico.
Luego fui por mi plátano, mis bebidas rehidratantes, recogí mi medalla, sesión de fotos - obviamente -, descansamos un poco y caminamos de regreso para bañarnos y salir a turistear. Sí, leyeron bien. Ya veníamos turisteando desde el viernes y el domingo volvimos a salir. Ese día caminé 42 kilómetros. Prácticamente me hice una maratón, jaja.
Fuimos a comer carnes a San Telmo, con el corazón explotando de alegría, pensando si sería muy loco tener como hobby correr medias maratones por el mundo.
Y sí, en la 9 de Julio me descubrí libre y ligera. Volví a sentirme como esa niña bonita y curiosa que quiere comerse el mundo, pero que hoy sabe que no tiene que correr para alcanzarlo. El mundo también sabe esperar.
Paso a paso.
Kilómetro a kilómetro.
Con el corazón abierto.