lunes, 27 de julio de 2026

Lo que todavía no había aprendido a nombrar

How old are you? —me preguntó con una expresión de curiosidad.

I'm thirty-four years old —respondí con nerviosismo. Hacía tanto que no hablaba en inglés que hasta las frases más simples me hacían sentir insegura.

Thirty-four? Are you kidding me? —reaccionó mientras abría los ojos de par en par y yo sólo solté una carcajada.

How old did you think I was?

I don't know... twenty-five, maybe twenty-six. —Hizo una pequeña pausa antes de añadir—. You definitely have a pleasant life.

La seguridad con la que dijo esas palabras me dejó pensando.

¿Una vida plena? ¿Será que realmente tengo una vida plena?

Oh, thank you so much. I really appreciate your words. —Sonreí, tomé un sorbo de agua y la conversación continuó. Pero mi cabeza se quedó atrapada en aquella frase.

***

Pasaron los días y esa conversación siguió dando vueltas en mi cabeza. Al principio pensé que sólo había sido un cumplido para romper el hielo o hacer tema de conversación. Pero mientras más recordaba sus palabras, más curiosidad me despertaba esa frase porque quizá no se refería a mi edad. Quizá estaba viendo algo que yo todavía no había aprendido a nombrar.

"You definitely have a pleasant life."

Sí. Tengo una vida plena. Y no es porque todo sea perfecto, ni porque mi vida sea exactamente como la planeé. La siento plena porque aprendí a transitarla en paz, sin permitir que aquello que está fuera de mi control me robe la calma.

Cada vez que llego a casa, la soledad ya no se siente pesada. Mi hogar, por fin, se siente mi hogar. Y no es por las paredes verdes que te abrazan apenas entras, ni porque mis plantas llenen el espacio de vida. Es porque me convertí en mi espacio seguro. Donde estoy, florece mi hogar y después de tanto, estar conmigo se siente liviano, y eso es una bendición.

Disfrutar una taza de café caliente mientras dejo que mis pensamientos paseen sin prisa ni juicios se ha convertido en uno de mis momentos favoritos del día. Salir a caminar conmigo y maravillarme al encontrar magia en cada rincón de mi ciudad. Descubrir amor en lo cotidiano como ver un par de pajaritos volar. Vivir con la certeza de que nada tiene que cambiar para que hoy sea un buen día, porque soy yo quien hace de mi día uno bonito.

Tener cerca personas que me aman por quien soy, y tener la capacidad de devolverles ese amor. Tengo tanto amor acompañándome, y esa es la carta más poderosa que la vida me regaló. Apareció justo después de la carta del Divorcio.

Qué paradójico resulta que, cuando sentí que me arrebataban el amor, fue precisamente entonces cuando comenzó a aparecer por todas partes. Eso me hace pensar que la vida se parece mucho a una partida de Ocho Locos.

Todos los días salen cartas nuevas.

Hay cartas que nos encantan porque nos permiten jugar otra vez, o cambiar el palo del juego para ponerlo a nuestro favor. Otras nos obligan a robar tres cuando jurábamos que estábamos a punto de ganar y en ese momento sentimos que la vida es injusta. Pero... ¿y si en lugar de frustrarnos por cada +3 nos alegráramos porque todavía nos regalan la oportunidad de seguir jugando?

Con el tiempo entendí que, en este juego, lo importante no es ganar ni perder. El verdadero objetivo es disfrutar. Y cuando uno juega para disfrutar, hasta lo cotidiano se llena de belleza. Entonces deja de dar miedo amar, aunque antes te hayan roto el corazón. Porque entiendes que vivir también consiste en eso: en abrir el corazón una y otra vez, sabiendo que nada es para siempre. Que nada nos pertenece. Que sólo tenemos este momento y depende de nosotros llenarlo de vida.

Tal vez por eso creyó que tengo una vida plena. Porque aprendí que la paz llega cuando uno deja de pelear con la vida. Y desde entonces... tengo la plena seguridad de que estoy donde debo estar, haciendo lo que debo hacer, con quienes debo estar.

La plenitud nunca fue una meta.
Fue la consecuencia de vivir con un corazón valiente, amoroso y en calma.

domingo, 7 de junio de 2026

Para leer en los días de lluvia

Si sientes que ha llovido mucho en tu vida últimamente, quiero pedirte que, por un instante, intentes imaginar todas las flores que crecerán gracias a ello.

Lo sé. Pedirte que creas en flores cuando el cielo lleva tanto tiempo gris no es fácil. Incluso podría sentirse injusto y no quiero ser esa voz que te repita una vez más que "todo estará bien" cuando todo a tu alrededor duele debido a una lluvia que llegó sin previo aviso, arrasando con planes, sueños, certezas y hasta una versión de ti.

Tampoco voy a prometerte que el frío desaparecerá de repente, ni que mañana despertarás sintiéndote mejor solo por adoptar una postura optimista. Pero sí quiero que recuerdes que la esperanza podría regalarte una sonrisa, incluso cuando te sientes mojada hasta los pies.

Y, sobre todo, recuerda que hay algo que la lluvia siempre hace, aunque no lo veamos de inmediato: prepara la tierra.

Sí, debajo de la superficie están ocurriendo cosas invisibles. Las raíces se fortalecen. La tierra se vuelve fértil. Las semillas que parecían dormidas comienzan a transformarse. Es que el crecimiento rara vez es tan visible como el dolor.

El dolor es ruidoso. Se siente. Interrumpe. Nos despierta en mitad de la noche y se mete entre los sueños. Nos acompaña durante el día y nos hace preguntarnos cuánto tiempo más se quedará.

El crecimiento, en cambio, trabaja en silencio. No te pide atención. Avanza despacio. Por eso, muchas veces creemos estar estancados cuando, en realidad, nos estamos transformando.

Entonces, lo que sí te prometo es que, cuando la lluvia deje de caer y los días grises terminen, tu corazón sentirá nuevamente calma. Y, si te permitiste atravesar la tormenta en lugar de huir de ella, será una calma que te habrá fortalecido.

Y sabrás que, si algún día vuelven las tormentas, los truenos o los huracanes, contarás con las herramientas necesarias para utilizar cada gota, cada rayo y cada ráfaga de viento para hacer más fértil tu tierra, donde florecerán flores aún más bellas.

Por eso hoy solo te pido que confíes y recuerdes que, antes de que exista una flor, tuvo que existir una semilla rompiéndose bajo la tierra.

Y entonces comprenderás algo que quizá hoy todavía no puedes ver.

Las flores no crecen después de la tormenta.
Crecen dentro de ti.

jueves, 7 de mayo de 2026

En voz alta

Ocho segundos de un video de mi cumpleaños número diez bastaron para recordarme una versión de mí que, aunque durante años intenté callar, nunca desapareció.

Dreydi, ¿qué es lo que más quieres en este mundo?
Cuando sea grande, irme a Italia.

He visto ese video muchas veces. La mirada fija, la sonrisa al terminar la oración y la forma en la que asiento con la cabeza cuando mi madrina vuelve a preguntarme si conocer Italia es lo que más quiero, me llenan de orgullo porque no titubeé ni un segundo. Esa firmeza para asegurar que algún día lo iba a cumplir, hoy me conmueve y me inspira.

La misma firmeza de una adolescente que, en plena clase de Historia, se paró, caminó hasta la carpeta donde estaba sentado el compañero que la hacía sonreír cada vez que le soplaba las respuestas en los exámenes de fin de trimestre, y le dijo “me gustas” frente a todos para luego irse riendo al darse cuenta de que lo había dejado en shock.

La misma que, cada vez que sentía que iba a desaprobar un curso en la universidad, dedicaba horas a buscar a alguien que pudiera explicarle el tema de una forma más sencilla. La que se iba a otras universidades a buscar libros, estudiaba hasta agotarse y se enfocaba en lograr aunque fuera un 10.50 —porque la vida siempre regala medio punto a favor del alumno—. Nunca olvidaré al profesor que me dijo: “Yo quería desaprobarte, pero no te dejaste.”

La misma que en sus veintes se pasaba las tardes llamando al área de Recursos Humanos de varias empresas para decirles que había visto una convocatoria de prácticas en la bolsa de la Universidad de Lima, pero que no había postulado por ahí porque su CV en Word era “más bonito”. Sí, con esas palabras. Y claro, yo ni siquiera estudiaba en esa universidad. Pero cuando se trata de encontrar un camino, siempre encuentro la manera.

La misma que hoy, cuando alguien por desconocimiento le pregunta si es mamá, a pesar de saber que el viento todavía parece ir en contra, responde que Franco está viniendo tan pronto como puede.

Y sí, muchos podrían pensar: esta señora está loca.

A lo que yo les respondería: sí, y qué bueno.

Porque me encanta haber vuelto a ser esa versión un tanto —o un mucho— loca. De esas que creen en el “pide y se te concederá”. De las que van por todo porque es su forma de vivir. De las que sueñan con los ojos abiertos, pero no esperan sentadas porque saben por experiencia propia que la única forma de que las cosas sucedan es remangándose y yendo por ellas.

Entonces, un día de setiembre, mientras caminaba por Juan de Aliaga, perdida por momentos en mis pensamientos y, por otros, cantando y bailando en la calle como si nadie existiera, ese video apareció de pronto en mi mente.

Me detuve.

Y después de unos segundos me dije en voz alta:

“Le daré a la pequeña Dre el viaje más bonito que se pueda imaginar.”

Y la verdad es que mi versión mini jamás se imaginó correr una media maratón por la Vía Cristoforo Colombo, comer pizza en Pisa, tomarse un Aperol Spritz en Venecia ni mojar sus pies en la playa de Monterosso. Mucho menos hacer todo eso de la mano de su mamá.

Sí que fue un viaje que tuvo de todo: risas, conversaciones profundas, lágrimas, autoconocimiento, sorpresas, picos de felicidad inmensa, y mucha pizza y gelato.

También malas decisiones.

Porque, claro, mi optimismo me hizo pensar que podía teletransportarme de Ostia a Pisa después de correr veintiún kilómetros. Y sí, además arrastré a mi madre en cada una de mis locuras. Y con “teletransportarme” me refiero a tomar dos trenes zonales, recoger las maletas, subir a otro tren zonal y luego a un interciudad, todo con tiempos de conexión tan ajustados que cualquier persona con una cuota extra de cordura habría pensado: “esto es una pésima idea”.

Lo acepto, no fue mi idea más brillante. Pero ni eso impidió que turisteáramos durante doce días seguidos y camináramos veinte mil pasos diarios como si nada. Bueno… para serles honesta, tuve que tomarme un par de pastillas para el dolor de espalda porque en un punto el desgaste comenzó a pasar factura, pero igual seguí caminando como si mi vida dependiera de aprovechar cada segundo del viaje.

Despertábamos a las 5:30 a.m. todos los días, tomábamos un tren hacia la siguiente ciudad y la recorríamos hasta el anochecer para terminar el día durmiendo con una sonrisa en los labios. No les miento si les digo que sólo pasábamos entre cinco y seis horas en la habitación. Definitivamente, se habían juntando dos intensas.

Verona me cautivó, y le confié mi secreto más profundo a Julieta al oído. Venecia fue un sueño, y en mi cajita de recuerdos más preciados estará siempre el haber cantado a todo pulmón “Io sono il Capone della mafia” en la estación de tren. La Basílica de San Pedro me conmovió hasta las lágrimas; la paz y gratitud que sentí en ese lugar son una sensación que todavía estremece mi cuerpo con solo recordarla.

Génova fue una curita para mi corazón: ver a mi mamá cumplir su propio sueño de conocer el lugar que vio nacer a los Daneri, hablar de mi abuelo y pensar que, si estuviera aún aquí, seguramente ese día habría subido una reseña en Facebook muy a su estilo. De esas que siempre harán falta.

Ver el Coliseo romano de noche y todos los chistes alrededor de por qué no vi Gladiador antes del viaje. Cinque Terre, sus colores y sentirme dentro de una película de Disney mientras comía otro gelato. Varenna y la inmensidad del Lago Como, desde donde podían verse las montañas cubiertas de hielo. Milán y los profiteroles.

Y, por último, pero no menos importante: correr una media maratón en Roma —sin música, sin el típico ambiente de carrera, sin las barras y la euforia de la gente, y sin entrenar porque me encontraba en una pausa abrupta, pero necesaria, por recomendación médica— me hizo descubrir algo:

Mi cabeza sí es un lugar seguro.

Porque, más allá de Italia, de los paisajes o de cumplir un sueño pendiente, creo que lo verdaderamente importante de este viaje fue encontrarme. Recordar que dentro de mí sigue viviendo esa niña que no dudaba cuando le preguntaban qué quería.

Y entender que quizá crecer no era volverse más correcta, más silenciosa o más prudente.
Quizá crecer era volver a tener el valor de desear las cosas en voz alta.

domingo, 5 de abril de 2026

Todo bien (o eso decía)

"... la pregunta no es: ¿por qué somos tan pocas veces la persona que queremos ser?,
sino ¿por qué queremos ser tan pocas veces la persona que realmente somos?".

Oriah Mountain Dreamer

***

Hace unos meses hice un cambio que, aunque parece pequeño, ha sido revelador. Antes, cuando me preguntaban: “¿cómo estás?”, mi respuesta en automático —y la que aún uso la mayoría de veces— era “todo bien”

Pero, últimamente, si alguien en quien confío me hace esa pregunta, respondo como me siento de verdad. Y desde ahí, han empezado a pasar cosas medio random. Desde conversaciones más honestas, hasta terminar usando uno de los beneficios de bienestar del trabajo de una amiga.

La verdad, no sentía que necesitara otra herramienta más en mi vida. A veces pienso que podría escribir un post de “cómo sentirte bien for dummies” con todo lo que he probado este último año y los nuevos hábitos que he incorporado en mi día a día. Como desayunar espinaca en busca de nivelar el cortisol y sentir menos ansiedad desde la mañana. Mi bienestar se ha vuelto algo totalmente metódico. Ya saben… soy la reina de la disciplina.

Me distraje. Volviendo a lo que les quería contar. Decidí confiar en que mi amiga estaba viendo algo en mí que yo no, y acepté su ayuda sin juzgar demasiado. Spoiler alert (lo siento, mi intensidad hace que spoilee mis historias): me sorprendí con lo que encontré en el programa que me inscribí gracias a ella.

En febrero, como parte de ese programa, empecé a leer el libro “Manual para aprender a soltar”, y desde las primeras páginas algo hizo clic dentro de mi. Fue como si me compartieran una nueva perspectiva de vida y mi cabeza —y las paredes de mi casa— se comenzaron a llenar de reflexiones que no quiero olvidar. Tengo post-its por todos lados, preguntas revoloteando mi mente incluso cuando ya es momento de dormir.

Mi rutina nocturna cambió sin darme cuenta: Pongo el celular en modo avión, y desconectada de todo me sumerjo en páginas y comienzo a resaltar de morado todo lo que llama mi atención. Luego me quedo pensando por horas, y a veces hago descubrimientos de mí que me vuelan la cabeza.

A veces siento que me estoy mirando con lupa. Conocerte así es realmente poderoso. Sobre todo, para comenzar a abrazar tu humanidad y, desde un lado más genuino, ser más amable contigo. Pero también cansa.

¿Se acuerdan que les conté que mi don es hacer parecer que todo está bien cuando todo está mal? Bueno… es un don agotador. Y mientras escribo esto, no puedo evitar acordarme de mi mamá esperándome en la meta de mi última media maratón, y después de la carrera me dijo: “se te veía como si recién hubieras empezado a correr”. Cuando para mí fue la carrera más compleja y con más ganas de darme por vencida— que he tenido hasta ahora, ya les contaré de eso.

Es que sí existe una parte de mi que es fuerte, valiente, resiliente, que te tira unas frases de amor propio que cuando las releo o las vuelvo a verbalizar sólo pienso: “que orgullosa estoy de quien me estoy convirtiendo”. Pero también hay otra que se levanta con lágrimas en los ojos, que está cansada de analizarse. Que a veces quisiera incendiar todo y ver desde afuera como arde.

Y durante mucho tiempo pensé que tenía que elegir entre una y otra. Pero no. Esa dualidad soy yo, y quizás eso es lo más humano que tenemos. Porque así como existe la felicidad porque existe la tristeza, también existe la resiliencia porque existe la fragilidad. 

Hay demasiadas cosas que quisiera contar por aquí, pero si lo digo todo hoy… me quedo sin blog y ¿qué nueva reflexión les voy a compartir? Así que me voy a quedar con una idea que no he podido soltar.

El cerebro busca alivio, no verdad. Busca cerrar el circuito, aunque sea con una historia incompleta. Y entender eso  —aunque suene simple— cambia mucho. Porque entonces empiezas a notar cuántas decisiones tomas sólo para sentirte mejor hoy, aunque compliquen el mañana. 

Yo empecé por ahí. 

Y también empecé a cuestionar algo más profundo: la forma en la que me hablo.

Durante años me dividí en dos versiones: la fuerte y la desbordada. Pero he entendido algo incómodo, no es que tenga que elegir entre una u otra… es que dejar de pelear entre ellas es la forma de encontrar paz.

Crecí creyendo que tenía que “arreglarme” para merecer amor. Que debía aprender a controlar mi intensidad, mi impulsividad, mi lado emocional, y cada vez que aparecía se sentía como fallar. Y desde ahí, sin darme cuenta, empecé a sabotear todo lo que se sentía bonito. Porque en el fondo pensaba: “mejor me voy antes de que vea quién soy de verdad y… se vaya”.

Y eso pesa más de lo que parece, y entenderlo ha sido complejo. Porque si bien siempre un lado de mi sabía que se saboteaba, no lograba entender el verdadero porqué.  

Hoy no siento que todo eso haya desaparecido. Pero sí cambió la forma en que lo miro.

Sé que esas partes no va a desaparecer, son parte de mi. Pero también sé que no tengo que pelear con ninguna de ellas. Y este es mi recordatorio para los días en los que vuelva a sentir que son contradictorias.

Este proceso —y este libro— han sido como una bomba silenciosa, de esas que te cambian la manera de verte para siempre. Y ahora no puedo dejar de preguntarme: Cuántos años pasamos intentando “arreglarnos” para merecer amor, cuando el amor nunca fue un premio. Es un derecho de origen.

Y entender eso  —de verdad, en el cuerpo y no solo con la cabeza— cambia todo. Sentir que siempre fuiste la versión que necesitabas ser con las herramientas que tenías no es consuelo.

Y tampoco es una excusa. Es justicia conmigo misma.
Para esos días en los que no lo crea del todo…
y necesite volver a mí.

miércoles, 1 de abril de 2026

Viviendo una comedia romántica: Parte II

"Hay personas que en vez de amarte, te enseñan a quererte a ti mismo.
Y creo que es lo mejor que te puede pasar."
Mario Benedetti

Estábamos abrazados, pero sentía nostalgia en el ambiente, como si supiera que, eventualmente, esta historia tendría un final. No todas las personas llegan para quedarse. Algunas llegan, te remueven el piso y se van.

Era mi momento favorito del día. Ese que se da entre las 6:00 pm y 6:30 pm, cuando el sunset ya terminó pero la ciudad aún no está del todo oscura.

Desde su cama podía ver lo infinito del mar y un cielo pintado de tonos entre rojizo y morado. Era un sueño despertar ahí. Encontrarme con sus ojos marrones, pararme a preparar una taza de café caliente y saborear el final de la tarde desde el piso dieciocho.

Me maravillaba la inmensidad del horizonte a media luz. Sí… era exactamente eso que alguna vez imaginé. Y como todos los sueños, en algún momento toca despertar. En ese preciso momento era cuando todo se volvía un poco difuso.

¿Realmente tengo que despertar? ¿Siempre se han ido o... yo he escogido a los que se van?

***

—Si algo he aprendido es que al amor se entra dispuesto a perder —dijo Daniela, con un tono firme que apenas disimulaba su timidez.
—Ya veo… te despertaste profunda —respondió Gonzalo, rodeando su cintura con un aire juguetón—. Y yo perdí desde que me metiste en la lista de los que te caen mal.
—Si yo no estuviera en tu futuro… ¿me extrañarías?

Daniela no estaba para juegos, y con su pregunta el silencio se instaló entre los dos.

—Claro que te extrañaría…

Hizo una pausa, mirándola fijamente.

—No sé… siento que contigo es distinto. 
—¿Distinto cómo?
—No sé explicarlo bien — Gonzalo sonrió apenas y con cierta inocencia continuó —. Siento que te he estado buscando sin saberlo...

Daniela bajó la mirada por un segundo. Ese cosquilleo incómodo volvió al pecho. Esa sensación de final antes de tiempo.

—¿Qué extrañarías de mí?
—Extrañaría despertarme contigo y escuchar alguna de tus preguntas raras un domingo en la tarde.
—Gonzalo… te estoy preguntando de verdad.
—Lo sé.

Hizo otra pausa.

—Extrañaría la forma en la que ves el mundo. La forma en la que haces que todo se sienta fácil… incluso lo difícil.

Daniela sonrió. Hoy sí, pensó. Hoy no voy a arruinarlo... los miedos pueden esperar un poco más.

Se acercó lentamente.

—Gonzalo…

Y lo besó.

Sus manos recorrieron su cuerpo con familiaridad, como quien conoce a la perfección el camino. Afuera, la ciudad terminaba de oscurecer. Entre ellos, el fuego volvía a encenderse, lento, constante… como si nunca se hubiera ido del todo. Y por un momento, Daniela dejó de pensar en el final.

martes, 24 de marzo de 2026

Tú o el ruido

¿Alguna vez has sentido que, hagas lo que hagas, no es suficiente? ¿Que das tu mejor versión, pruebas el plan A, B, J, X, y ninguno parece ser el adecuado para lograr los resultados que esperan de ti?

Pues… yo me sentí así por muchos años. No importaba el esfuerzo, la cabeza y el corazón que le ponía. Siempre parecía que podía hacer algo más. Entonces, mi lado que busca la excelencia se activaba, estiraba mis niveles de creatividad al máximo e intentaba una y otra vez… hasta que me rendí y dejé de creer en mi capacidad.

- Tal vez no soy tan buena como creía.

Hay entornos que te hacen dudar de tu potencial. Exigencias poco claras, estándares que cambian, y una incapacidad de ver realmente lo que aportas. Y en medio de todo eso, sin darte cuenta, empiezas a hacer algo peligroso: dejar de creerte a ti para empezar a creerle más al exterior.

Aunque hoy soy yo quien pone esto en palabras, a lo largo de mi vida he escuchado esta misma frase en otras voces:

- Dre, tal vez no soy tan bueno como creía.

Ayer fue un día feliz. Porque, por fin, me siento suficiente. Después de mucho tiempo, creo que basta con ser quien soy.

No significa que no haya situaciones que me empujen a salir de mi zona de confort —creo que esa es una parte de la vida—, pero hoy sé que tengo las herramientas para surfear la ola, las velas para usar el viento a mi favor, y el equipo necesario para bucear cuando toca ir profundo. Y eso también tiene que ver con algo importante: estoy en un lugar donde la cancha está clara. Donde el feedback construye, no confunde. Donde crecer no se siente como una deuda eterna, sino como un camino.

Ayer, mientras manejaba, iba reflexionando y dándole vueltas a lo sucedido, como ya es costumbre. Pensé que estaba viviendo algo que vi hace años en un reel: que el valor depende del lugar donde estás. Como el precio de una Coca-Cola, que no cuesta lo mismo en la tienda de la esquina, en un restaurante, en un aeropuerto o en otro país.

Y sí… hay algo de verdad en eso. Pero hoy, que la ola de felicidad ya pasó —y reflexionar es uno de mis pasatiempos favoritos—, lo cuestiono. Porque no me deja del todo cómoda sostener que tu valor es el que cambia. Lo que creo que cambia es tu capacidad de expresarlo y la capacidad del entorno para verlo.

Si dejo mi valor en manos de un validador externo, siempre voy a necesitar a alguien que funcione como una especie de termómetro para medir si mi valor sube o baja. Y entonces la pregunta es incómoda:

¿Hasta dónde estaría dispuesta a adaptarme para que me acepten? ¿Cuál es el límite de amoldarte para sentir que vales más?

Entonces, a la conclusión que he llegado es que sí es necesario y vale la pena escuchar al validador externo, porque puede ayudarte para una cosa: para saber cuándo es momento de irte. Para no quedarte intentando convencer a alguien de tu valor porque el lugar correcto no te pedirá pruebas, te dará espacio para florecer.

Arráncame.
Que donde me pongas, florezco.

jueves, 19 de marzo de 2026

¿Qué le pido a la vida?

Otro vuelo, otra pregunta rebotando en mi mente, otra reflexión, y otro asiento de avión que es testigo de que tengo un corazón agradecido y una facilidad para que mis lágrimas se asomen.

¿Qué le pido a la vida? Es una pregunta que, a simple vista, aparenta ser fácil de responder. Sin embargo, en este punto de mi vida —en donde pienso las cosas varias veces antes de emitir una opinión o tomar una decisión—, después de treinta y cuatro años caminando de la mano de mi querida ansiedad, que tantas veces me llevó a decidir de forma impulsiva, he decidido detenerme el tiempo que sea necesario y realmente pensar hacia dónde quiero que vaya mi camino.

La vida me ha regalado la oportunidad de —como diría Wendy Ramos— tirar nuevamente los dados y, en lugar de lanzarlos rápidamente como solía hacer, esta vez quiero mirar el tablero con calma, para darle un vistazo al infinito abanico de opciones que hoy tengo enfrente. Claro, no voy a engañarme —y menos a mis fieles cuatro lectores—: sé claramente a qué casilla quiero llegar. Pero todos los que hemos jugado Ludo alguna vez sabemos que, aunque contemos las casillas que nos faltan para ganar, ¿cuántas veces sacamos el número que necesitamos a la primera?

Regresando a la pregunta inicial, hoy le pido a la vida aprender a ver las cosas desde otra perspectiva, entender que mi forma de ver el mundo es sólo una de millones. Le pido sentir tranquilidad de forma más constante, y no sólo sentir olas de tranquilidad que van y vienen.

No les miento si les digo que hay días en los que siento enojo, y lo único que quiero es incendiar todo. Es como si, por un momento, dejara de entender por qué me tocó vivir este proceso, como si el agradecimiento que siento por todo el aprendizaje del último año perdiera valor. Luego, se despejan un poco las emociones y recuerdo que, si queremos, todo lo que nos pasa puede ayudarnos a evolucionar. Medio compleja esta vida, ¿no? Quiero creer que te quita para luego darte.

Le pido a la vida aprender a transitar conversaciones incómodas, dejar de ser tan políticamente correcta, dejar de sonreír cuando en realidad quiero gritar. Después de todo lo que he leído, dejé de satanizar el conflicto; entendí que es más violento guardar silencio y, después de tanto callar, terminar desbordándote porque simplemente ya no puedes más.

Le pido honestidad para aceptar que hay días en los que los recuerdos pesan un poco más. Le pido valentía para poder decir en voz alta lo que aún me cuesta tanto nombrar. Tengo tantas palabras atoradas en la garganta, y estoy cansada de tener que detenerme cada par de días y elegir callar, con la esperanza de que al día siguiente piense un poco menos en ello.

Todavía siento que una parte de mí se ha ido. El asiento vacío a mi derecha me recuerda que hay alguien que sigue haciendo tanta falta.

En mis ratos más felices,
en las puestas de sol más hermosas.