miércoles, 4 de febrero de 2026

¿Por qué haces lo que haces?

Hay una pregunta que ronda mi cabeza desde diciembre:

¿Corro porque amo correr… o corro porque necesito demostrarme algo?

No creo que sea sorpresa para nadie decir que está de moda practicar algún deporte y llevarlo a diferentes niveles, según el presupuesto y el tiempo que quieras invertir. Ah claro… y según lo roto que esté tu corazón.

Vamos, para la mayoría que se convierte en runner o triatleta, es casi un requisito tener el corazón roto. Porque los demás están viendo Bridgerton mientras comen una doble cuarto de libra junto a su amor bonito, y — si eres de los míos — burlándose de lo que pasa en la serie y riéndose de la vida en una habitación donde el ruido externo no tiene lugar.

Para variar, me fui en floro con la explicación de lo que están haciendo los bienaventurados que tienen con quién compartir corazones por mensajes de WhatsApp... ¿Se notó mucho que extraño la vida de a dos?

Ok, ok... Vuelvo a lo mío.

He visto casos en donde una actividad que era un placer se convierte en termómetro de valor personal. Debo confesar que un lado de mí estuvo a punto de caer en esa trampa y olvidar la razón principal por la que me gusta correr.

Siendo honesta, comencé a hacerlo en el 2021 porque subí unos kilos, fue una de las tantas cosas que hice para regular mi peso. Luego lo dejé porque no encontraba espacio en mi rutina, hasta que una oportunidad me devolvió tiempo para mi vida personal y lo retomé.

Sin darme cuenta, correr se volvió una forma de manejar la ansiedad. No fui consciente de ello hasta que alguien me lo hizo notar. Y sí: cada vez que corría, mi día se sentía más feliz... y más ligero. Dicho en simple, corría para no volverme loca.

Sin embargo, conforme fui siendo constante y comencé a inscribirme a carreras, mis tiempos empezaron a mejorar. Podía correr en un pace que ni en sueños me hubiera imaginado, porque nunca he sido muy deportista y, menos morning person. Y en ese camino, se empezó a difuminar esa línea delgada entre el disfrute y el medir mi valor por los segundos que reduje en las series de 400 metros.

No exagero si digo que es fácil empezar a medirse cuantitativamente, cuando los seres humanos somos demasiado complejos como para utilizar números para dimensionar nuestra autoestima. Y sin embargo, a veces lo hacemos y medimos nuestro valor en la cantidad de likes, en nuestro pace promedio, en el salario que ganamos, o en el porcentaje de grasa de nuestro cuerpo.

Voy a compartirles una frase que dije hace unos días mientras manejaba a casa. Y la verdad, sé que yo no debería decir esto, pero sentí que lancé una pepita de oro:

“Las ventajas de saber tu valor es que ya no lo mides en kilogramos.”

Lo dije sin pensarlo mientras subía por Marbella, y después de enviarlo se me quedó rebotando la idea de lo impresionante que es cómo he cambiado mi forma de pensar en un año. Antes sí medía mi valor en kilogramos, y hoy abrazo a esa versión de mí, porque no se conocía.

Me miraba en el espejo y no veía a la mujer que hoy veo. Y siento orgullo, porque se necesita valentía para deconstruirse. Para aceptar que en este camino cometeré muchos errores, pero también para reconocer que estoy yendo hacia la dirección correcta: aprender a vivir la vida desde el disfrute, en lugar de la autoexigencia.

Y justamente esa reflexión es la que quiero dejar aquí. Así que vuelvo a mi pregunta inicial:

¿Haces lo que haces porque lo amas…
o porque necesitas demostrar(te) cuál es tu valor?

A veces no es que estemos desconectados de la vida. No es que la rutina se robe nuestra alegría. Es que estamos desconectados del disfrute.

Pero ¿sabes algo? Eso se recupera.

Solo tienes que hacerte preguntas…
y atreverte a escuchar la respuesta.

sábado, 31 de enero de 2026

Viviendo una comedia romántica: Parte I

Estaba sentada en la orilla del mar, mirando las olas ir y venir, mientras respondía preguntas en mi mente que surgían a la misma velocidad de las olas.

- No es mala la soledad cuando estás lo suficientemente loca para preguntarte, responderte y sorprenderte de la respuesta - me decía mientras sonreía.

Pensaba y me reía de mí misma mientras cruzaban por mi mente algunas tonterías. Pocas personas entienden lo cómoda que me siento con mi soledad. Lo mucho que disfruto el silencio. Esa libertad de llorar y reír al mismo tiempo es algo que sólo puedo permitirme cuando estoy sola. Curar un corazón roto también. O eso creía.

A la vida le encanta hacerme cambiar los planes.

De pronto lo vi. Habían pasado más de diez años desde aquel verano en el que me vio subirme a una mesa, bailar como si nadie me mirara, y decidió subirse también.

***
Sábado 01 de febrero, 2014

Gonzalo se acercó a la amiga que - literalmente - había obligado a Daniela a salir de casa cuando ella sólo tenía ganas de seguir viendo otra comedia romántica de los noventa, mientras se comía una bolsa de papas onda. Él tenía una chela helada en la mano, una mirada acechadora y toda la seguridad que sientes cuando tienes veinte, y un Volkswagen negro esperando afuera para conocer a la conquista del día.

De fondo sonaba Coldplay. Era una fiesta llena de veinteañeros que se creían cool porque escuchan rock y música en inglés.

“Lights will guide you home
And ignite your bones
And I will try to fix you.”

-¿Quién es ella?
- Ella es Daniela. ¿Quieres que te la presente?
- ¿Tú qué crees? - dijo con esa voz seductora de protagonista de comedia noventera.

Ese día fue cuando Daniela lo conoció. Y si en ese momento alguien le hubiera contado que, diez años después, volvería a encontrárselo en una playa; que meses más tarde se mudarían a vivir juntos y, con el tiempo, se casarían… no lo habría creído.

- Dani, te presento a Gonzalo. Él también va a nuestra U, pero está en otra facu.
- Hola, Gonzalo. Un gusto.
- El gusto es mío.

Silencio incómodo.

- Los dejo para que se conozcan - dijo Gabriela antes de irse a bailar a otro lado.

El silencio se volvió pesado para dos completos desconocidos.

- Y… ¿cómo llegaste a esta fiesta?
- Un amigo me pasó la voz. No tenía planes y, bueno, aquí estoy.
- Ya…
- ¿Y tú? ¿Cómo llegaste?
- Una amiga me pasó la voz, pero no me dio opción de decirle que no. Hoy estoy más pesada que otros días, así que no hay problema si te vas a conversar con alguien más.
- Quiero conversar contigo.
- Ah… eres de los gileritos.
- Solo con las que me gustan.
- Esos son justo los que me caen mal…


Daniela terminó esa frase lo más cerca que pudo de Gonzalo. Se había vuelto una descarada luego de pasar los últimos años en una relación con muchas idas y venidas. Cada vez que conocía a alguien nuevo, pensaba: ¿Qué puedo perder?, y se lanzaba a hacer lo que a su corazón se le antojaba.

- Se nota que te caigo muy mal.

Daniela le lanzó una sonrisa, se alejó un poco y tomó su mano para llevarlo a la zona donde los demás estaban bailando. De pronto sonó Are you gonna be my girl y fue como si el desgano se le hubiera ido del cuerpo. Salió esa versión divertida suya, esa de la que todos, si la ven por más de cinco minutos, terminan enamorándose.

Daniela se movía al ritmo de la música y cada cierto rato, tomaba un sorbo de la chela de Gonzalo. Claramente estaba coqueteándole. En medio de la canción decidió subirse a la mesa, llamando la atención de todos. Gonzalo, después de pensar que ella era de las locas capaces de hacerte perder la cabeza, se subió también. 

Terminó la canción. Bajaron de un salto de la mesa. Sus miradas se cruzaron y desapareció todo lo que había al rededor. Esa noche, Daniela conoció el Volkswagen negro y su cuerpo volvió a vibrar.

El sonido de la lluvia golpeando la ventana. Un cuarto que, a pesar de estar completamente a oscuras, dejaba entrar la luz de la luna sin pedir permiso, permitiendo ver dos cuerpos enlazarse con suavidad.

El fuego que había estado apagado comenzaba, lentamente, a arder otra vez. Daniela todavía no lo sabía, pero esa historia apenas estaba empezando.

sábado, 24 de enero de 2026

Mientras tanto, sigo

“Solo hay dos cosas que detienen la mente:
conseguir lo que quieres o querer lo que tienes”
Manual para aprender a soltar

***

Hay días que no son casuales. Para mí, el sábado diez de enero fue uno de esos días. Los que me conocen saben que creo en el destino y que leo los números como quien lee señales. Ese día - sólo por existir - tiene un peso especial: el número, el mes y el año suman uno: promesa de un nuevo comienzo. Y leído completo, 1001, es capicúa. Ida y vuelta. Cierre y apertura al mismo tiempo.

Así se sintió.

Como si la vida, el universo y Dios - sí, todos a la vez - me susurraran al oído:

“Dre, ¿por fin empiezas a sentir la luz al final del túnel?”

Sí. Por primera vez, en mucho tiempo, creo que lo peor ya pasó.

Antes de seguir, me corrijo: no me gusta la numerología. Creo en ella. Creo en las señales, en los mensajes que llegan disfrazados de números y repetición. Porque la vida tiene formas sutiles de decirte: “Vas bien.” Y otras, más incómodas, de advertirte: “Por ahí no es.” Generalmente estas últimas son las que elegimos llamar “casualidad” y quitarle todo el simbolismo que tienen detrás.

Regresando a lo que estaba contando, después de meses largos, recibí una buena noticia. No era la que estaba esperando pero fue suficiente. Suficiente para volver a respirar con tranquilidad. Para recordarme que algo se está moviendo, aunque todavía no lo vea por completo.

Han sido meses frustrantes. Meses de hacer todo “como se debe”, con disciplina absoluta, como quien compra todos los tickets de la rifa convencida de que esta vez sí va a ganar. Y aunque el número no saliera, algo dentro insistía:

“Confía. Sigue intentando.

En este punto de mi vida podría robarme una línea del capítulo dos de La fiesta del Chivo y decir: “A la disciplina le debo todo lo que soy”. Y definitivamente casi no sería un robo, porque si hoy soy lo que soy ha sido, en gran parte, gracias a ella. La disciplina es la que me sostiene en las etapas complejas. En esos momentos en que las dudas y el temor quieren ser los protagonistas y tomar el volante, y la incertidumbre pesa más que la esperanza. 

A veces me resulta curioso - y hasta contradictorio - que personas cercanas me digan que hoy me ven brillar. No se imaginan lo que cargo por dentro, ni por lo que estoy atravesando. Pero creo - y esto lo digo con mucha humildad - que Dios me bendijo con un don extraño. El de hacer parecer que todo está bien incluso cuando no lo está.

Me regaló resiliencia y luz interna capaz de alumbrar túneles mientras los atraviesos. Me apalanco en la disciplina para hacer el camino un poco más ligero, en la sonrisa, en el brillo de la mirada, en la bondad del corazón. Y cuando fui consciente de todo esto, entendí cuál es mi superpoder.

Quiero serles honesta: no me gusta compartir las preocupaciones que alimentan mi insomnio. Siento que cada uno ya tiene bastante carga con lo suyo, y mientras yo pueda ser una presencia que sume y aliviane, que te acompañe desde la calma, esa cuota de alegría que puede sacarte una sonrisa, lo voy a elegir.

Vivo mis angustias en silencio. Pero sí, también googleo.

Leo todos los escenarios posibles, incluso los peores, diría que especialmente los peores. No sé si está bien o mal, no quiero etiquetarlo, pero a mí eso me da una falsa - o no tan falsa - sensación de control. Aunque la vida se empeñe en recordarme, una y otra vez, que la única certeza es no saber qué va a pasar, las señales aparecen, y con ellas, la esperanza.

Como me dijo mi mamá: esas son las confirmaciones de que estás haciendo las cosas bien. De que, poco a poco, todo empieza a ordenarse.

Hoy solo quiero dejar esta reflexión, por si alguien la necesita leer:

Disfruta el proceso. Sea cual sea.

Incluso cuando pesa.
Incluso cuando no sabes si avanzas o retrocedes.

Da tu mejor versión y deja el corazón en la cancha.
Te prometo que, cuando menos lo esperes, vas a empezar a sentir la luz al final del túnel.

domingo, 4 de enero de 2026

Ni mucho sol, ni demasiada agua

Una de las tareas domésticas que tenía asignada en casa cuando era niña era regar las plantas. No recuerdo cuántas teníamos, pero definitivamente eran más de quince. Los checklists de mi mamá hacían la vida más fácil porque había una programación diaria de tareas: la limpieza, el menú, la frecuencia de cuidado de cada planta y así con todas las responsabilidades del hogar. Ella no dejaba margen para el error.

Debo confesar que odiaba lo que me habían asignado. Siempre pasaba algo que me hacía sentir que hacía todo mal. Qué gracioso verlo ahora en retrospectiva y darme cuenta de que lo “peor que me podía pasar” era que se cayera el agua fuera del balde y tuviera que trapear el charco que se formaba en el piso.

Aun así, mi sentido de responsabilidad siempre ha sido alto. Por eso, aunque no disfrutaba ni conectaba con esa tarea, la hacía sin reclamar.

Hasta que un día se rompió una maceta. No recuerdo exactamente cómo pasó, solo sé que tuvo un accidente mi planta favorita: una Oreja de Elefante. Esta planta se había ganado mi cariño porque su nombre me parecía gracioso, sus hojas eran súper tiernas y creo que tengo una fijación con las orejas porque también es mi postre favorito de panadería. En fin, la maceta se rompió y tuve que poner la planta en un balde de manera provisional.

Mientras compraban una nueva maceta, la planta empezó a morir. Cada día se le caían más hojas, se veía más débil, y recuerdo que me aferré a ella. Todos los días le hablaba y le pedía que por favor viviera un poco más, que pronto compraríamos una maceta nueva donde sería feliz. Limpiaba sus hojas y la regaba cada vez que veía la tierra seca.

Llegó un punto en que sólo quedaba un tallo y pensé que las probabilidades de que viviera eran cada vez más bajas. Pero algo se activó en mí. Tal vez fue terquedad, tal vez negación. Lo cierto es que empecé a tomar personal que la planta viviera.

Spoiler alert: sí vivió.

Luego de semanas de cuidado y, por fin, de poder replantarla en una maceta nueva - no recuerdo por qué demoró tanto la compra de la nueva maceta, pero en ese tiempo en mi casa vivíamos una especie de guerra fría, así que asumo que la última prioridad de los adultos era comprar una maceta - la Oreja de Elefante volvió a crecer más fuerte y más bella que antes. Yo no podía sentirme más orgullosa.

Creo que ahora, al poner esto en palabras, entiendo que tengo cierto complejo de salvadora. En el colegio siempre estuve cerca de las personas que no “encajaban” hasta que lograban tener amigos y entonces yo me alejaba. Siempre aposté por quien aparentemente es el más débil o el que no es el favorito. Mi Beatle favorito es Ringo Starr porque siento que no tiene el reconocimiento que merece.

Disfruto mucho siendo cuidadora, sobre todo cuando me permiten serlo. Cuando he querido cuidar y he sentido barreras del otro lado, no he insistido. Durante mucho tiempo me dio miedo cruzar límites. Hoy sé dos cosas: que a veces sí hay que cruzarlos y que primero tengo que cuidarme a mí. Es la única forma real de poder cuidar a los demás.

Me desvié del tema - as usual - pero después de salvar a la Oreja de Elefante conecté con las plantas. Empecé a disfrutar cuidarlas, hablarles, decirles lo bellas que son y lo feliz que me hacía verlas crecer. Siempre soñé con que, cuando tuviera mi propia casa, estaría llena de plantas que hermosearan mi hogar.

En el camino, como tantas otras cosas, eso se me olvidó.

Pero cuando el único ser vivo con quien compartía hogar fue una suculenta, volví a conectar con ese lado de mí. Empecé a cuidar a Sucu como si mi vida dependiera de eso. Me aferré a ella de la misma forma que a la Oreja de Elefante y, en unos meses, creció más que en dos años. Creo que poner mi atención en Sucu me ayudó a olvidar lo triste que me sentía. Me ayudaba a callar los pensamientos que aparecían en la soledad y, de alguna manera, me hacía sentir esperanza por el futuro.

¿Qué tan rota podía estar si aún podía dar vida a otro ser vivo?

Un día encontré tres plantitas tiradas y casi muertas al lado de la basura y, sin dudarlo, me las llevé. Al llegar a casa las limpié, las puse en un taper y les dije que me dieran unos días, que apenas llegara el fin de semana les compraría una maceta. Así empecé a crear mi propio jardín, y todo cambió dentro de mí cuando entendí que quien debe plantar y cuidar un jardín con sus colores favoritos es uno mismo. Tal vez en este punto dejé de hablar de plantas.

Luego me regalaron tres suculentas bebés, volví a rescatar otra plantita con las hojas totalmente marchitas que, en solo dos días conmigo, volvió a la vida, y me compré algunas más. Hoy por hoy, mis plantas son de lo más preciado que tengo. Dicen que tengo buena mano porque todas florecen conmigo, pero la verdad es que ellas me han dejado aprendizajes mucho más grandes.

Uno de ellos es que no todos necesitamos el mismo cuidado. Tengo a Boa, que ama el agua y la riego dos veces por semana; a Lulu, que disfruta que le eche agua a sus hojitas; a Jade, a la que no le importa cuánto la riegue mientras lo haga antes de que su tierra se seque por completo; a Rose, que necesita sol al menos una vez a la semana. Cada una tiene sus particularidades y necesidades.

También tengo rituales con ellas. Al despertar, luego de agradecer por estar viva, salgo del cuarto diciendo “¡buen día, buen día!” y voy a ver a cada una de mis plantas para decirles lo hermosas que están y lo feliz que me siento de que habiten este hogar conmigo. Siempre que llego a casa pregunto: “¿Cómo está mi gente linda del C701?”. Siento que saben el amor que les tengo porque se reproducen de una manera que, sinceramente, les pido que me regalen un poco de esa misma fertilidad cuando llegue mi momento.

Para que se hagan una idea: mi mamá y yo compramos el mismo tipo de planta el mismo día y la mía ya dio tres hijos. Mi mamá ahora quiere que vaya a su casa a hablarle a la suya para que también tenga bebés.

Las plantas me han enseñado que dar mucho o dar poco puede ser igual de perjudicial. Puedo impactar negativamente a una planta si, en mi afán de darle demasiado amor, la riego de más o la expongo demasiado al sol. Pero mi indiferencia también podría tener el mismo efecto.

Por eso, cada cierto tiempo, me ven diciéndoles:

“Dime de alguna forma si lo estoy haciendo bien.
Es la única forma de saber cuánto de mí necesitas,
porque, adivina… lamentablemente no soy adivina.
Aunque me gustaría.”

Antes pecaba por no hablar.
Ahora les hablo hasta a mis plantas.

Era cierto cuando me dijeron que el día que empezara a hablar, nada podría callarme.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Otro nivel desbloqueado

El 28 de septiembre del 2021, les conté por primera vez que entendía lo que significaba soltar. Pero ¿saben qué aprendí este año? Que cuando creemos que entendimos todo, que por fin terminamos de leer las reglas de este videojuego llamado vida, el servidor nos pide hacer una actualización que trae consigo un nuevo manual. Sí, otras mil quinientas páginas en Arial 10 y sin interlineado por leer, entonces aún queda mucho pan por rebanar, y en la medida en que vas interiorizando cada página, se clarifican nuevas aristas que hace unos años simplemente no veías.

Hoy, he estado desde la mañana más reflexiva que de costumbre. Entre conversaciones con amigos y demás, decidí escribir en mi diario los aprendizajes que he tenido este año, ¡pero qué gran año el 2025, eh! De todas maneras que está en mi top de años favoritos porque la cantidad de aprendizaje que me ha regalado ha estado acorde al precio que he tenido que pagar. Mientras pensaba en ello, decidí publicar en redes un extracto de lo que estaba escribiendo. Automáticamente, se me vino a la mente la palabra "soltar" y en ese momento pensé que debía prender la laptop para dejar mis ideas aquí, para que le sirva a la Dre del futuro y los 4 lectores que vienen sin necesidad de tener que hacer una publicación en Instagram contando que tengo un nuevo escrito.

Obviamente, el logro más gratificante que he tenido ha sido vencer la etiqueta de “soy claustrofóbica”. Y ese triunfo vino con un aprendizaje clave: tu mente se cree el cuento que le cuentes. Si le dices que el cielo es rojo, es probable que eventualmente lo veas así. Aprender eso, hizo que pueda cambiar muchos hábitos, formas de relacionarme, de hablar, de caminar, hizo hasta me guste hacer intervalos porque cada vez que tenía flojera, me repetía una y otra vez: "Me encanta hacer intervalos, es mi entrenamiento de running favorito", y, ¿qué creen? Hoy lo es.

Decidí dejar esa etiqueta que había estado conmigo más de 25 años porque la claustrofobia me estaba robando cada vez más vida. Como ya he contado antes, comencé a sentir miedo de subirme a un avión, de manejar entre dos vehículos mucho más grandes que el mío, de entrar a baños desconocidos, de estar en ambientes estrechos. Ese miedo cada vez tenía más fuerza sobre mí y llegó el momento en que me asustaba que el miedo sea tan grande que me deje inmóvil. Saben algo loco, es que la vida es tan irónica, cuando decidí vencer este miedo y comenzar a subirme a todos los ascensores que pudiera, me quedé encerrada en un ascensor, justo un día en el que me moría de ganas de ir al baño, y les juro que lo único que atiné a hacer fue reírme.

Se apagaron las luces. El ascensor se detuvo unos tres o cuatro minutos. De pronto sentí que comenzaba a bajar, luego se reinició y volvió a subir al piso al que yo iba. Toqué la campana de emergencia. Nadie me escuchó. Pero al final se abrió y lo único que pensé fue:

“¿Y ya? ¿Este es el monstruo al que le he tenido tanto miedo?”

Por dentro sentí que había superado el nivel 7 del videojuego de mi vida, y me dije con valentía:

“Ok, ¿y ahora cuál es el siguiente villano de esta historia?
Que venga, estoy preparada para todo.”

Mientras esas palabras salían de mi, recibía el nuevo outfit de personaje, los upgrades de habilidades, las monedas por el nivel superado y el desbloqueo de un nuevo ataque especial.

Volviendo a lo que quería contar, hace cuatro años, un veintiocho como hoy, pensé que había entendido lo que significaba soltar. Pasé de no entenderlo por casi treinta años, a creer entenderlo, a sentir que por fin lo entiendo, espero con ansias que diré en unos años con respecto a este concepto.

Este año la vida me dio una maestría sobre soltar. Entendí cosas que antes no eran claras para mí y que eran la raíz de por qué esta palabra siempre me resultó tan confusa. Antes creía que soltar era antónimo de sentir. Que era imposible soltar algo si realmente te importaba. En mi estructura mental cada vez que alguien me decía que "suelte el futuro" mi mente hacía cortocircuito porque no le encontraba ningún sentido.

¿Cómo dejar a la suerte el resultado sin insistir con todas mis fuerzas?
¿Cómo dejar ir a quién amo? ¿Cómo rendirme sin hacer nada?
¿Me estás diciendo que no haga absolutamente nada?

Pero este año aprendí algo fundamental: soltar no es antónimo de sentir. Soltar es antónimo de aferrarse. De hecho, soltar es sólo de valientes porque involucra aceptación radical de lo que pase y sus consecuencias. Soltar es no negociar tu dignidad por cercanía. Es dejar de organizar tu futuro alrededor de un resultado del que no tienes ninguna certeza. Es asumir - no sólo a nivel mental, sino a través de cada uno de tus actos y decisiones - que tu vida continúa pase lo que pase, con la plena seguridad de que tienes lo necesario para sobrevivir a cada una de las pruebas de esta vida loca.

Y ¿saben por qué digo que soltar es de valientes? Porque cuando hablamos de soltar en el aspecto romántico, debo confesar que para mí, no había prueba más clara de amor que aferrarte, pero hoy creo que un amor sano, cuidadoso y respetuoso, te suelta aunque te siga amando. Aunque siga extrañándote con cada uno de sus sentidos. Aún cuando aparece tu rostro en su mente, y lo único que ella hace es desearte luz, amor, buena vibra… y dejarte ir, dejarte pasar como cuando cruza un avión en el cielo. Incluso si soltar significa hacer este ejercicio 2,947 veces al día, porque ese es el número de veces que apareces en su mente.

Duele, pero aprendes a vivir con ese dolor y a integrarlo en tu vida, con la esperanza de que en algún momento deje de doler y el amor que sientes se transforme.

Es que yo no vencí mi miedo a los ascensores evitándolos. Me quedé atrapada, sentí pánico y mi sistema nervioso aprendió que tiene las herramientas para sobrevivir a eso, y lo mismo me pasó con entender lo que es soltar.

Vive con la esperanza de que todo saldrá bien,
y luego, agradece, sin importar el desenlace.

No evité amar, ni tiré mierda, ni me autoengañé sobre como me sentía. Amé. Sigo haciéndolo con una alegría que no me creerían que cada vez que lo recuerdo se me llena el corazón de felicidad porque pasó, disfruté lo que duró, porque tengo una larga lista de recuerdos hermosos que merecían ser vividos, porque cada "siempre" tiene una duración diferente. Algunos siempre duran 1 día, otros 2 años, otros 100, y todos son igual de valiosos. Soltar es un acto profundo de gratitud. Es honrar lo vivido, y seguir adelante, sin resentimientos, y con el corazón en paz.

Como le decía a una amiga que vi hace un par de días, no hay persona que haya amado más en mi corta vida, y mi mayor muestra de amor es no caer en mis antiguos patrones.

Otro nivel desbloqueado.
Gracias 2025, gracias por tanto.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Mi primera media maratón: ¿Para qué correr si puedo volar?

Viernes 10 de octubre, 20:06

El 9 de julio me rompió, pero en la 9 de Julio me descubrí libre.

Si tuviera que resumir en una sola oración lo que significó para mí correr la media maratón en Buenos Aires, sería esa. Recordar el domingo 24 de agosto es pensar en ese pegamento que volvió a unir las piecitas de mí.

¿Alguna vez les ha pasado que sienten que se desconectaron de ustedes mismos? Que cada cierto tiempo se preguntan: ¿Quién es esa persona que tanto se parece a mi?, cuando les llega una notificación de alguna red social recordándoles qué estaban haciendo ese mismo día, algunos años atrás. Pues justamente eso me pasó. Pero me encontré cruzando un arco de largada, y - modestia aparte - qué bonita es la vida conmigo.

Para leer esta última parte, les pediría que pongan Dancing Queen en el reproductor, porque lo que transmite esa canción es exactamente lo que siento cada vez que recuerdo este día.

Oh, see that girl, watch that scene
Digging the dancing queen

Esa noche la emoción fue tanta que casi no dormí, pero muy fiel a mi estilo: stick to the plan, reforcé mentalmente lo disciplinada que soy e intenté descansar. Me obligué a tener los ojos cerrados desde las diez, y me aguanté las ganas de agarrar el celular y perderme en las redes sociales hasta llegar a los brazos de Morfeo. Me quedé dormida imaginando todo lo que podía pasar al día siguiente con una sonrisa en el rostro.

Desperté antes de que sonara la alarma, alrededor de las 4:30 am, y comencé a alistarme. Obviamente, me apliqué iluminador en parte del rostro y una sombra morada brillante en los ojos. El frío junto a una taza de café caliente hicieron su parte del trabajo y los nervios no se sintieron. Como el día anterior, Flor me envió un mensaje contándome que los chicos de su hostel le dijeron que en el evento del año pasado había guardarropa gratuito para todos, decidí tomar una decisión con riesgo controlado y me puse encima un calentador que no me molestaría perder.

Ahí me veías, a las 5:30 am, caminando por la calle Paraguay en short, polo y calentador, queriendo morir de frío cada vez que un ventarrón aparecía sin avisar. Yo solía ser la persona más friolenta que conozco, pero con tanta reinvención hasta mi termostato interno se ha recalibrado. Así que, dentro de todo, esa sensación de “morir” tenía más que ver con quien solía ser que con quien soy ahora. 

Luego de encontrarme con Flor, seguimos caminando hasta donde iniciaba la carrera. Teníamos que caminar unos dos kilómetros, y todo iba bien hasta que las ráfagas de viento helado te recordaban, una y otra vez, que estábamos a seis grados.

Había muchísima gente caminando: algunos vestidos de forma pro, otros no tanto; unos acompañados, otros solos. Pero el ambiente era el de una fiesta, una sin alcohol definitivamente. Todos unidos por la misma emoción de correr en una ciudad que te hace vibrar desde que pisas sus tierras. Al acercarnos al punto de inicio, vimos grupos de runners con sus familias, carpas con música animada, comida y bebidas. Me pareció hermoso poder compartir algo que te mueve con los tuyos. Entonces, mientras los veía, sólo confiaba en que mi barra virtual lograría hacerme sentir esa misma sensación a pesar de la distancia.

Calentamos, saltamos un poquito y nos reíamos mientras nos preguntábamos: ¿por qué nosotras no somos también influencers? Confirmamos que sí había guardarropa, dejamos ahí las cosas extra y fuimos al corral que nos habían asignado.

De pronto salió un sol hermoso. El rock empezó a sonar a todo volumen y algo se liberó dentro de mí: el corazón me explotaba de alegría. No había espacio para dudas ni miedos, ni para nada que pudiera catalogarse como negativo. Solo mil emociones dando vueltas dentro de mí y unas ganas enormes de disfrutar, sonreír todo lo que pudiera y pasarla bien.

Mi lado controlador ya había determinado que llegaría en 2 horas y 4 minutos. ChatGPT, mi entrenador de cabecera, y yo habíamos hecho la estrategia para lograr ese tiempo. Sin embargo, mi parte competitiva quería lograrlo en menos de dos horas. Por eso, el acuerdo con mi mamá sobre lo que debía decirme en el kilómetro 18, ya que yo no quería estar pendiente del reloj ni del pace, sólo quería vivir ese momento en presente. Sí, sí, aplicaría todas las herramientas de conciencia plena en un sólo evento. Sería como mi examen final de terapia.

Comenzó la carrera. Puse en el reproductor la canción "Dancing Queen", quedamos con Flor en encontrarnos en el guardarropa al terminar y salimos a por ello.

No exagero si les digo que tuve la mejor barra virtual que alguien podría tener. No me dejaron escuchar ni una sola canción entera: entre las porras automáticas y los audios, la música bajaba y subía de volumen constantemente. Fue hermoso. Me hicieron sentir como si estuvieran a mi lado todo el tiempo. Sentir el cariño de familia y amigos es invaluable; que pongan la alarma un domingo a las seis de la mañana para acompañarte en tus locuras… eso es todo lo que está bien en esta vida.

Hubo dos momentos en la carrera en los que el corazón se me estrujó y casi se me caen las lágrimas. El primero fue cuando mi abuela me envió un audio. Fue totalmente inesperado. Escuchar su voz, diciéndome que podía lograrlo y que estaba orgullosa de mí, fue otro chorrito más de pegamento para mi corazón. Luego, en el kilómetro 18, llegaron los audios de mi mamá. Ese momento fue de energía pura. La emoción desbordante de mi mamá es lo que ha sembrado en mí esta sed constante de dar más, ser más, ir por más. Pero en el kilómetro 19.50, cuando ya estaba tan cerca, cuando corría más con el corazón que con el cuerpo, sentí que no podía más. Estaba cansada. Había mantenido un pace en el que nunca antes había corrido y, como les conté, no estaba tan preparada.

Y entonces, sonó una canción en mi playlist.

Contigo todo.
Sí, yo tengo fe.
Luz, ya ven a mí.
Tú eres quien me sana.

Por segunda vez, el corazón se me estrujó. Fue como ver pasar todo mi año frente a mis ojos, tal cual una película: todo lo que logré, todo lo que dolió llegar hasta ahí. Las risas, los aprendizajes y también las madrugadas de lágrimas, esas en las que rezas pidiendo que duela un poco menos; en las que pides fuerza, resiliencia y sabiduría para entender por qué pasan las cosas. Confiando en que Dios tiene un propósito más grande, incluso cuando no lo entiendes, me corrijo: sobre todo cuando no lo entiendes. Que a veces se tiene que romper estructuras para llegar a ese propósito. Y claro, cuando algo se rompe, duele. Pero ese dolor es sólo un maestro más que nos recuerda que estamos vivos, que somos humanos.

Imagínense esta escena entonces: A mi corriendo a un pace de 5:30, viendo mi vida pasando frente a mí, sintiendo emociones hasta contradictorias con una intensidad que sólo los intensos podrían entender, queriendo correr más rápido y al mismo tiempo el cuerpo te recuerde "oye, ya vamos casi dos horas en este ritmo, dame chance, no?". Fue tanto en una fracción de segundos que comencé a quedarme sin aire, y sin poder respirar. Sí, al mismo tiempo. Y ahí, todo mi trabajo terapéutico del año salió a la luz. Empecé a hablarme:

“Dre, tranquila. Respira. Sé que hay muchas emociones, pero sólo falta 1.5 km. Después las soltamos todas. Ahorita, respira. Enfócate en lo que estamos viviendo, no en lo que pasó ni en lo que pasará. Estamos aquí. Estamos a salvo. Estamos vivas. Ufff… qué hermoso es estar vivas.”

Me calmé. Miré el reloj: 1 hora y 50 minutos. Corrí con el alma. Saqué el celular y grabé el último kilómetro. Cuando veo ese video, parece como si 20 kilómetros no hubieran pasado por mí, si no que yo había pasado por ellos. Me veía fresca como lechuga. No sé cómo logro que, pase lo que pase, por fuera todo parezca estar bien. Creo que ese es uno de mis dones.

Crucé la meta en 1:57. Y lo primero que pasó fue que entró una videollamada de mi mamá. Ahí sí, rompí en llanto. Y ¿saben algo hermoso? Fue la primera vez en 33 años que lloré de felicidad. De agradecimiento. De orgullo por mí porque por fin podía reconocerme y sentir que soy suficiente. Y, sobre todo, que estoy en paz con quien soy.

Mientras le contaba todo eso a mi mamá  - los momentos en los que casi lloro, lo agradecida que estaba por el audio de mi abuela - se fue la señal. Pero aun así, fue un momento mágico.

Luego fui por mi plátano, mis bebidas rehidratantes, recogí mi medalla, sesión de fotos - obviamente -, descansamos un poco y caminamos de regreso para bañarnos y salir a turistear. Sí, leyeron bien. Ya veníamos turisteando desde el viernes y el domingo volvimos a salir. Ese día caminé 42 kilómetros. Prácticamente me hice una maratón, jaja.

Fuimos a comer carnes a San Telmo, con el corazón explotando de alegría, pensando si sería muy loco tener como hobby correr medias maratones por el mundo.

Y sí, en la 9 de Julio me descubrí libre y ligera. Volví a sentirme como esa niña bonita y curiosa que quiere comerse el mundo, pero que hoy sabe que no tiene que correr para alcanzarlo. El mundo también sabe esperar.

Paso a paso.
Kilómetro a kilómetro.
Con el corazón abierto.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Franco

¿Por qué ahora?
Porque ya no tengo miedo.
El 2025 me rompió y, cuando me armé nuevamente,
decidí tirar lejos ese pedacito que ya no me servía.

***

Dime, ¿cómo puedo seguir soñando contigo a pesar de todo lo que ha pasado este año? Ayúdame a tener fuerzas, porque aún tengo momentos del día en los que sólo quiero derrumbarme y perder la esperanza. Discúlpame… cometí muchos errores, pero te prometo que estoy haciendo mi mejor esfuerzo para que, si llegas a este mundo, encuentres una versión de mí con las herramientas necesarias para regalarte una infancia feliz.

Y si no consigo conocerte, sé que nos veremos en otra vida o en otro universo. Estaremos juntos algún día, y todo lo que haya vivido para llegar a ti habrá valido la pena.

Te cuento que tendrás una mamá muy llorona - de hecho, estoy llorando mientras escribo esto -, pero me tendrás profundamente presente en tu vida. No te prometo ser perfecta ni estar en modo zen todo el tiempo, pero estaré presente de verdad. Seré de esas que te miran a los ojos, de las que perciben cuando algo no se dice, de las que sienten en su cuerpo cuando algo te pesa. Y aunque me muera de ganas por cargar ese peso por ti, te enseñaré, como aprendí yo, a hacer tu mochila un poco más ligera.

También seré controladora, pero te repetiré varias veces que no es “control”, sino “ponerle dirección a la vida”. Y, sobre todo, tendré un corazón lleno de amor para ti.

Seré una mamá muy humana. Tú sabrás que tu mamá se cansa, duda, tiene días malos… y aun así sigue. Aun así se levanta cada mañana y le sonríe a la vida, porque el mundo no es de quien despierta primero, sino de quien despierta feliz.

Quiero enseñarte el mayor aprendizaje que he tenido este año: que siempre hablar será mejor que callar lo que sentimos. Que sentir no es peligroso, que llorar no es fallar y que equivocarte no rompe el amor.

Te vengo soñando desde que tengo diecisiete años. Aparecías en mi mente con más fuerza cuando discutía con mi mamá sobre el futuro tan diferente que ella soñaba para mí y los planes que yo sostenía con esperanza en el corazón. Ella quería que me coma al mundo: que viaje, que estudie una maestría, que crezca profesionalmente. Yo, en cambio, le decía que lo único que quería era ser mamá, juntar el suficiente dinero para comprar una casa grande con una terraza donde podamos almorzar los domingos; un lugar seguro donde se apague todo el ruido externo y podamos ser felices.

Pero te confieso algo: llegó un día en que, sin darme cuenta, dejé de soñar. Empecé a creer que en esta vida no me tocaría conocerte.

No sé si este año me volvió más loca o si mis piezas rotas dejaron espacio para una parte de mí sensible e intuitiva que antes callaba, también por miedo a soñar. Pero hoy, en medio de lágrimas, diciendo, creyendo y sintiendo genuinamente que la vida es maravillosa, te sentí. Supe entonces que todos estos años intentando ser mi mejor versión, con aciertos y errores, fueron por alguien que aún no está en este plano físico, pero que vive en mí.

No sé cuándo llegarás. Y hoy, honestamente, creo que eso ya no es lo importante. Pasé mucho tiempo queriendo construir el “momento perfecto”, hasta que entendí que ese momento no existe. Aun así, sé que el día que llegues, cuando te tenga en mis brazos, diré que llegaste en el día y a la hora perfecta.

Tengo tantas ganas de enseñarte que la vida depende de los lentes que elijas usar. Que si quieres verla oscura, es fácil… pero que también es igual de fácil ver las maravillas y bendiciones que se nos regalan cada día. Quiero enseñarte que dar tu mejor versión es ganar incluso cuando pierdes y que hacer el bien siempre será la mejor opción.

Te enseñaré a vivir sin mí, a confiar en ti mismo, sobre todo cuando el mundo no se ponga fácil, pero siga siendo un lugar al que vale la pena salir a enfrentar. Yo estaré siempre aquí, como tu casa.

Te espero con tranquilidad y paciencia, porque sé que estarás conmigo. No sé si este año, el próximo, en tres años o en otra vida. Pero hoy existes en mí, dentro de mí.

Gracias por ayudarme a sentirte. Gracias por regalarme la certeza de que existes y de que estás conmigo. Llegarás cuando tú lo decidas, cuando me regales la bendición más hermosa de mi vida.

Sé que será así.
Lo siento en mi corazón.