domingo, 4 de enero de 2026

Ni mucho sol, ni demasiada agua

Una de las tareas domésticas que tenía asignada en casa cuando era niña era regar las plantas. No recuerdo cuántas teníamos, pero definitivamente eran más de quince. Los checklists de mi mamá hacían la vida más fácil porque había una programación diaria de tareas: la limpieza, el menú, la frecuencia de cuidado de cada planta y así con todas las responsabilidades del hogar. Ella no dejaba margen para el error.

Debo confesar que odiaba lo que me habían asignado. Siempre pasaba algo que me hacía sentir que hacía todo mal. Qué gracioso verlo ahora en retrospectiva y darme cuenta de que lo “peor que me podía pasar” era que se cayera el agua fuera del balde y tuviera que trapear el charco que se formaba en el piso.

Aun así, mi sentido de responsabilidad siempre ha sido alto. Por eso, aunque no disfrutaba ni conectaba con esa tarea, la hacía sin reclamar.

Hasta que un día se rompió una maceta. No recuerdo exactamente cómo pasó, solo sé que tuvo un accidente mi planta favorita: una Oreja de Elefante. Esta planta se había ganado mi cariño porque su nombre me parecía gracioso, sus hojas eran súper tiernas y creo que tengo una fijación con las orejas porque también es mi postre favorito de panadería. En fin, la maceta se rompió y tuve que poner la planta en un balde de manera provisional.

Mientras compraban una nueva maceta, la planta empezó a morir. Cada día se le caían más hojas, se veía más débil, y recuerdo que me aferré a ella. Todos los días le hablaba y le pedía que por favor viviera un poco más, que pronto compraríamos una maceta nueva donde sería feliz. Limpiaba sus hojas y la regaba cada vez que veía la tierra seca.

Llegó un punto en que sólo quedaba un tallo y pensé que las probabilidades de que viviera eran cada vez más bajas. Pero algo se activó en mí. Tal vez fue terquedad, tal vez negación. Lo cierto es que empecé a tomar personal que la planta viviera.

Spoiler alert: sí vivió.

Luego de semanas de cuidado y, por fin, de poder replantarla en una maceta nueva - no recuerdo por qué demoró tanto la compra de la nueva maceta, pero en ese tiempo en mi casa vivíamos una especie de guerra fría, así que asumo que la última prioridad de los adultos era comprar una maceta - la Oreja de Elefante volvió a crecer más fuerte y más bella que antes. Yo no podía sentirme más orgullosa.

Creo que ahora, al poner esto en palabras, entiendo que tengo cierto complejo de salvadora. En el colegio siempre estuve cerca de las personas que no “encajaban” hasta que lograban tener amigos y entonces yo me alejaba. Siempre aposté por quien aparentemente es el más débil o el que no es el favorito. Mi Beatle favorito es Ringo Starr porque siento que no tiene el reconocimiento que merece.

Disfruto mucho siendo cuidadora, sobre todo cuando me permiten serlo. Cuando he querido cuidar y he sentido barreras del otro lado, no he insistido. Durante mucho tiempo me dio miedo cruzar límites. Hoy sé dos cosas: que a veces sí hay que cruzarlos y que primero tengo que cuidarme a mí. Es la única forma real de poder cuidar a los demás.

Me desvié del tema - as usual - pero después de salvar a la Oreja de Elefante conecté con las plantas. Empecé a disfrutar cuidarlas, hablarles, decirles lo bellas que son y lo feliz que me hacía verlas crecer. Siempre soñé con que, cuando tuviera mi propia casa, estaría llena de plantas que hermosearan mi hogar.

En el camino, como tantas otras cosas, eso se me olvidó.

Pero cuando el único ser vivo con quien compartía hogar fue una suculenta, volví a conectar con ese lado de mí. Empecé a cuidar a Sucu como si mi vida dependiera de eso. Me aferré a ella de la misma forma que a la Oreja de Elefante y, en unos meses, creció más que en dos años. Creo que poner mi atención en Sucu me ayudó a olvidar lo triste que me sentía. Me ayudaba a callar los pensamientos que aparecían en la soledad y, de alguna manera, me hacía sentir esperanza por el futuro.

¿Qué tan rota podía estar si aún podía dar vida a otro ser vivo?

Un día encontré tres plantitas tiradas y casi muertas al lado de la basura y, sin dudarlo, me las llevé. Al llegar a casa las limpié, las puse en un taper y les dije que me dieran unos días, que apenas llegara el fin de semana les compraría una maceta. Así empecé a crear mi propio jardín, y todo cambió dentro de mí cuando entendí que quien debe plantar y cuidar un jardín con sus colores favoritos es uno mismo. Tal vez en este punto dejé de hablar de plantas.

Luego me regalaron tres suculentas bebés, volví a rescatar otra plantita con las hojas totalmente marchitas que, en solo dos días conmigo, volvió a la vida, y me compré algunas más. Hoy por hoy, mis plantas son de lo más preciado que tengo. Dicen que tengo buena mano porque todas florecen conmigo, pero la verdad es que ellas me han dejado aprendizajes mucho más grandes.

Uno de ellos es que no todos necesitamos el mismo cuidado. Tengo a Boa, que ama el agua y la riego dos veces por semana; a Lulu, que disfruta que le eche agua a sus hojitas; a Jade, a la que no le importa cuánto la riegue mientras lo haga antes de que su tierra se seque por completo; a Rose, que necesita sol al menos una vez a la semana. Cada una tiene sus particularidades y necesidades.

También tengo rituales con ellas. Al despertar, luego de agradecer por estar viva, salgo del cuarto diciendo “¡buen día, buen día!” y voy a ver a cada una de mis plantas para decirles lo hermosas que están y lo feliz que me siento de que habiten este hogar conmigo. Siempre que llego a casa pregunto: “¿Cómo está mi gente linda del C701?”. Siento que saben el amor que les tengo porque se reproducen de una manera que, sinceramente, les pido que me regalen un poco de esa misma fertilidad cuando llegue mi momento.

Para que se hagan una idea: mi mamá y yo compramos el mismo tipo de planta el mismo día y la mía ya dio tres hijos. Mi mamá ahora quiere que vaya a su casa a hablarle a la suya para que también tenga bebés.

Las plantas me han enseñado que dar mucho o dar poco puede ser igual de perjudicial. Puedo impactar negativamente a una planta si, en mi afán de darle demasiado amor, la riego de más o la expongo demasiado al sol. Pero mi indiferencia también podría tener el mismo efecto.

Por eso, cada cierto tiempo, me ven diciéndoles:

“Dime de alguna forma si lo estoy haciendo bien.
Es la única forma de saber cuánto de mí necesitas,
porque, adivina… lamentablemente no soy adivina.
Aunque me gustaría.”

Antes pecaba por no hablar.
Ahora les hablo hasta a mis plantas.

Era cierto cuando me dijeron que el día que empezara a hablar, nada podría callarme.

1 comentario:

  1. Enganchada y recordando los famosos chek list....por cierto puedes hablarle a mis plantas por audio de wsp? 😊😊😊

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