“Solo hay dos cosas que detienen la mente:
conseguir lo que quieres o querer lo
que tienes”
Manual para aprender a soltar
***
Hay días que no son casuales. Para mí, el sábado diez de enero fue uno de esos días. Los que me conocen saben que creo en el destino y que leo los números como quien lee señales. Ese día - sólo por existir - tiene un peso especial: el número, el mes y el año suman uno: promesa de un nuevo comienzo. Y leído completo, 1001, es capicúa. Ida y vuelta. Cierre y apertura al mismo tiempo.
Así se sintió.
Como si la vida, el universo y Dios - sí, todos a la vez - me susurraran al oído:
“Dre, ¿por fin empiezas a sentir la luz al final del túnel?”
Sí. Por primera vez, en mucho tiempo, creo que lo peor ya pasó.
Antes de seguir, me corrijo: no me gusta la numerología. Creo en ella. Creo en las señales, en los mensajes que llegan disfrazados de números y repetición. Porque la vida tiene formas sutiles de decirte: “Vas bien.” Y otras, más incómodas, de advertirte: “Por ahí no es.” Generalmente estas últimas son las que elegimos llamar “casualidad” y quitarle todo el simbolismo que tienen detrás.
Regresando a lo que estaba contando, después de meses largos, recibí una buena noticia. No era la que estaba esperando pero fue suficiente. Suficiente para volver a respirar con tranquilidad. Para recordarme que algo se está moviendo, aunque todavía no lo vea por completo.
Han sido meses frustrantes. Meses de hacer todo “como se debe”, con disciplina absoluta, como quien compra todos los tickets de la rifa convencida de que esta vez sí va a ganar. Y aunque el número no saliera, algo dentro insistía:
“Confía. Sigue intentando.”
En este punto de mi vida podría robarme una línea del capítulo dos de La fiesta del Chivo y decir: “A la disciplina le debo todo lo que soy”. Y definitivamente casi no sería un robo, porque si hoy soy lo que soy ha sido, en gran parte, gracias a ella. La disciplina es la que me sostiene en las etapas complejas. En esos momentos en que las dudas y el temor quieren ser los protagonistas y tomar el volante, y la incertidumbre pesa más que la esperanza.
A veces me resulta curioso - y hasta contradictorio - que personas cercanas me digan que hoy me ven brillar. No se imaginan lo que cargo por dentro, ni por lo que estoy atravesando. Pero creo - y esto lo digo con mucha humildad - que Dios me bendijo con un don extraño. El de hacer parecer que todo está bien incluso cuando no lo está.
Me regaló resiliencia y luz interna capaz de alumbrar túneles mientras los atraviesos. Me apalanco en la disciplina para hacer el camino un poco más ligero, en la sonrisa, en el brillo de la mirada, en la bondad del corazón. Y cuando fui consciente de todo esto, entendí cuál es mi superpoder.
Quiero serles honesta: no me gusta compartir las preocupaciones que alimentan mi insomnio. Siento que cada uno ya tiene bastante carga con lo suyo, y mientras yo pueda ser una presencia que sume y aliviane, que te acompañe desde la calma, esa cuota de alegría que puede sacarte una sonrisa, lo voy a elegir.
Vivo mis angustias en silencio. Pero sí, también googleo.
Leo todos los escenarios posibles, incluso los peores, diría que especialmente los peores. No sé si está bien o mal, no quiero etiquetarlo, pero a mí eso me da una falsa - o no tan falsa - sensación de control. Aunque la vida se empeñe en recordarme, una y otra vez, que la única certeza es no saber qué va a pasar, las señales aparecen, y con ellas, la esperanza.
Como me dijo mi mamá: esas son las confirmaciones de que estás haciendo las cosas bien. De que, poco a poco, todo empieza a ordenarse.
Hoy solo quiero dejar esta reflexión, por si alguien la necesita leer:
Disfruta el proceso. Sea cual sea.
Incluso cuando pesa.
Incluso cuando no sabes si avanzas o retrocedes.
Da tu mejor versión y deja el corazón en la cancha.
Te prometo que, cuando menos lo esperes, vas a empezar a sentir la luz al final del túnel.
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