martes, 24 de marzo de 2026

Tú o el ruido

¿Alguna vez has sentido que, hagas lo que hagas, no es suficiente? ¿Que das tu mejor versión, pruebas el plan A, B, J, X, y ninguno parece ser el adecuado para lograr los resultados que esperan de ti?

Pues… yo me sentí así por muchos años. No importaba el esfuerzo, la cabeza y el corazón que le ponía. Siempre parecía que podía hacer algo más. Entonces, mi lado que busca la excelencia se activaba, estiraba mis niveles de creatividad al máximo e intentaba una y otra vez… hasta que me rendí y dejé de creer en mi capacidad.

- Tal vez no soy tan buena como creía.

Hay entornos que te hacen dudar de tu potencial. Exigencias poco claras, estándares que cambian, y una incapacidad de ver realmente lo que aportas. Y en medio de todo eso, sin darte cuenta, empiezas a hacer algo peligroso: dejar de creerte a ti para empezar a creerle más al exterior.

Aunque hoy soy yo quien pone esto en palabras, a lo largo de mi vida he escuchado esta misma frase en otras voces:

- Dre, tal vez no soy tan bueno como creía.

Ayer fue un día feliz. Porque, por fin, me siento suficiente. Después de mucho tiempo, creo que basta con ser quien soy.

No significa que no haya situaciones que me empujen a salir de mi zona de confort —creo que esa es una parte de la vida—, pero hoy sé que tengo las herramientas para surfear la ola, las velas para usar el viento a mi favor, y el equipo necesario para bucear cuando toca ir profundo. Y eso también tiene que ver con algo importante: estoy en un lugar donde la cancha está clara. Donde el feedback construye, no confunde. Donde crecer no se siente como una deuda eterna, sino como un camino.

Ayer, mientras manejaba, iba reflexionando y dándole vueltas a lo sucedido, como ya es costumbre. Pensé que estaba viviendo algo que vi hace años en un reel: que el valor depende del lugar donde estás. Como el precio de una Coca-Cola, que no cuesta lo mismo en la tienda de la esquina, en un restaurante, en un aeropuerto o en otro país.

Y sí… hay algo de verdad en eso. Pero hoy, que la ola de felicidad ya pasó —y reflexionar es uno de mis pasatiempos favoritos—, lo cuestiono. Porque no me deja del todo cómoda sostener que tu valor es el que cambia. Lo que creo que cambia es tu capacidad de expresarlo y la capacidad del entorno para verlo.

Si dejo mi valor en manos de un validador externo, siempre voy a necesitar a alguien que funcione como una especie de termómetro para medir si mi valor sube o baja. Y entonces la pregunta es incómoda:

¿Hasta dónde estaría dispuesta a adaptarme para que me acepten? ¿Cuál es el límite de amoldarte para sentir que vales más?

Entonces, a la conclusión que he llegado es que sí es necesario y vale la pena escuchar al validador externo, porque puede ayudarte para una cosa: para saber cuándo es momento de irte. Para no quedarte intentando convencer a alguien de tu valor porque el lugar correcto no te pedirá pruebas, te dará espacio para florecer.

Arráncame.
Que donde me pongas, florezco.

jueves, 19 de marzo de 2026

¿Qué le pido a la vida?

Otro vuelo, otra pregunta rebotando en mi mente, otra reflexión, y otro asiento de avión que es testigo de que tengo un corazón agradecido y una facilidad para que mis lágrimas se asomen.

¿Qué le pido a la vida? Es una pregunta que, a simple vista, aparenta ser fácil de responder. Sin embargo, en este punto de mi vida —en donde pienso las cosas varias veces antes de emitir una opinión o tomar una decisión—, después de treinta y cuatro años caminando de la mano de mi querida ansiedad, que tantas veces me llevó a decidir de forma impulsiva, he decidido detenerme el tiempo que sea necesario y realmente pensar hacia dónde quiero que vaya mi camino.

La vida me ha regalado la oportunidad de —como diría Wendy Ramos— tirar nuevamente los dados y, en lugar de lanzarlos rápidamente como solía hacer, esta vez quiero mirar el tablero con calma, para darle un vistazo al infinito abanico de opciones que hoy tengo enfrente. Claro, no voy a engañarme —y menos a mis fieles cuatro lectores—: sé claramente a qué casilla quiero llegar. Pero todos los que hemos jugado Ludo alguna vez sabemos que, aunque contemos las casillas que nos faltan para ganar, ¿cuántas veces sacamos el número que necesitamos a la primera?

Regresando a la pregunta inicial, hoy le pido a la vida aprender a ver las cosas desde otra perspectiva, entender que mi forma de ver el mundo es sólo una de millones. Le pido sentir tranquilidad de forma más constante, y no sólo sentir olas de tranquilidad que van y vienen.

No les miento si les digo que hay días en los que siento enojo, y lo único que quiero es incendiar todo. Es como si, por un momento, dejara de entender por qué me tocó vivir este proceso, como si el agradecimiento que siento por todo el aprendizaje del último año perdiera valor. Luego, se despejan un poco las emociones y recuerdo que, si queremos, todo lo que nos pasa puede ayudarnos a evolucionar. Medio compleja esta vida, ¿no? Quiero creer que te quita para luego darte.

Le pido a la vida aprender a transitar conversaciones incómodas, dejar de ser tan políticamente correcta, dejar de sonreír cuando en realidad quiero gritar. Después de todo lo que he leído, dejé de satanizar el conflicto; entendí que es más violento guardar silencio y, después de tanto callar, terminar desbordándote porque simplemente ya no puedes más.

Le pido honestidad para aceptar que hay días en los que los recuerdos pesan un poco más. Le pido valentía para poder decir en voz alta lo que aún me cuesta tanto nombrar. Tengo tantas palabras atoradas en la garganta, y estoy cansada de tener que detenerme cada par de días y elegir callar, con la esperanza de que al día siguiente piense un poco menos en ello.

Todavía siento que una parte de mí se ha ido. El asiento vacío a mi derecha me recuerda que hay alguien que sigue haciendo tanta falta.

En mis ratos más felices,
en las puestas de sol más hermosas.