jueves, 19 de marzo de 2026

¿Qué le pido a la vida?

Otro vuelo, otra pregunta rebotando en mi mente, otra reflexión, y otro asiento de avión que es testigo de que tengo un corazón agradecido y una facilidad para que mis lágrimas se asomen.

¿Qué le pido a la vida? Es una pregunta que, a simple vista, aparenta ser fácil de responder. Sin embargo, en este punto de mi vida —en donde pienso las cosas varias veces antes de emitir una opinión o tomar una decisión—, después de treinta y cuatro años caminando de la mano de mi querida ansiedad, que tantas veces me llevó a decidir de forma impulsiva, he decidido detenerme el tiempo que sea necesario y realmente pensar hacia dónde quiero que vaya mi camino.

La vida me ha regalado la oportunidad de —como diría Wendy Ramos— tirar nuevamente los dados y, en lugar de lanzarlos rápidamente como solía hacer, esta vez quiero mirar el tablero con calma, para darle un vistazo al infinito abanico de opciones que hoy tengo enfrente. Claro, no voy a engañarme —y menos a mis fieles cuatro lectores—: sé claramente a qué casilla quiero llegar. Pero todos los que hemos jugado Ludo alguna vez sabemos que, aunque contemos las casillas que nos faltan para ganar, ¿cuántas veces sacamos el número que necesitamos a la primera?

Regresando a la pregunta inicial, hoy le pido a la vida aprender a ver las cosas desde otra perspectiva, entender que mi forma de ver el mundo es sólo una de millones. Le pido sentir tranquilidad de forma más constante, y no sólo sentir olas de tranquilidad que van y vienen.

No les miento si les digo que hay días en los que siento enojo, y lo único que quiero es incendiar todo. Es como si, por un momento, dejara de entender por qué me tocó vivir este proceso, como si el agradecimiento que siento por todo el aprendizaje del último año perdiera valor. Luego, se despejan un poco las emociones y recuerdo que, si queremos, todo lo que nos pasa puede ayudarnos a evolucionar. Medio compleja esta vida, ¿no? Quiero creer que te quita para luego darte.

Le pido a la vida aprender a transitar conversaciones incómodas, dejar de ser tan políticamente correcta, dejar de sonreír cuando en realidad quiero gritar. Después de todo lo que he leído, dejé de satanizar el conflicto; entendí que es más violento guardar silencio y, después de tanto callar, terminar desbordándote porque simplemente ya no puedes más.

Le pido honestidad para aceptar que hay días en los que los recuerdos pesan un poco más. Le pido valentía para poder decir en voz alta lo que aún me cuesta tanto nombrar. Tengo tantas palabras atoradas en la garganta, y estoy cansada de tener que detenerme cada par de días y elegir callar, con la esperanza de que al día siguiente piense un poco menos en ello.

Todavía siento que una parte de mí se ha ido. El asiento vacío a mi derecha me recuerda que hay alguien que sigue haciendo tanta falta.

En mis ratos más felices,
en las puestas de sol más hermosas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario