— How old are you? —me preguntó con una expresión de curiosidad.
— I'm thirty-four years old —respondí con nerviosismo. Hacía tanto que no hablaba en inglés que hasta las frases más simples me hacían sentir insegura.
— Thirty-four? Are you kidding me? —reaccionó mientras abría los ojos de par en par y yo sólo solté una carcajada.
— How old did you think I was?
— I don't know... twenty-five, maybe twenty-six. —Hizo una pequeña pausa antes de añadir—. You definitely have a pleasant life.
La seguridad con la que dijo esas palabras me dejó pensando.
¿Una vida plena? ¿Será que realmente tengo una vida plena?
— Oh, thank you so much. I really appreciate your words. —Sonreí, tomé un sorbo de agua y la conversación continuó. Pero mi cabeza se quedó atrapada en aquella frase.
***
Pasaron los días y esa conversación siguió dando vueltas en mi cabeza. Al principio pensé que sólo había sido un cumplido para romper el hielo o hacer tema de conversación. Pero mientras más recordaba sus palabras, más curiosidad me despertaba esa frase porque quizá no se refería a mi edad. Quizá estaba viendo algo que yo todavía no había aprendido a nombrar.
"You definitely have a pleasant life."
Sí. Tengo una vida plena. Y no es porque todo sea perfecto, ni porque mi vida sea exactamente como la planeé. La siento plena porque aprendí a transitarla en paz, sin permitir que aquello que está fuera de mi control me robe la calma.
Cada vez que llego a casa, la soledad ya no se siente pesada. Mi hogar, por fin, se siente mi hogar. Y no es por las paredes verdes que te abrazan apenas entras, ni porque mis plantas llenen el espacio de vida. Es porque me convertí en mi espacio seguro. Donde estoy, florece mi hogar y después de tanto, estar conmigo se siente liviano, y eso es una bendición.
Disfrutar una taza de café caliente mientras dejo que mis pensamientos paseen sin prisa ni juicios se ha convertido en uno de mis momentos favoritos del día. Salir a caminar conmigo y maravillarme al encontrar magia en cada rincón de mi ciudad. Descubrir amor en lo cotidiano como ver un par de pajaritos volar. Vivir con la certeza de que nada tiene que cambiar para que hoy sea un buen día, porque soy yo quien hace de mi día uno bonito.
Tener cerca personas que me aman por quien soy, y tener la capacidad de devolverles ese amor. Tengo tanto amor acompañándome, y esa es la carta más poderosa que la vida me regaló. Apareció justo después de la carta del Divorcio.
Qué paradójico resulta que, cuando sentí que me arrebataban el amor, fue precisamente entonces cuando comenzó a aparecer por todas partes. Eso me hace pensar que la vida se parece mucho a una partida de Ocho Locos.
Todos los días salen cartas nuevas.
Hay cartas que nos encantan porque nos permiten jugar otra vez, o cambiar el palo del juego para ponerlo a nuestro favor. Otras nos obligan a robar tres cuando jurábamos que estábamos a punto de ganar y en ese momento sentimos que la vida es injusta. Pero... ¿y si en lugar de frustrarnos por cada +3 nos alegráramos porque todavía nos regalan la oportunidad de seguir jugando?
Con el tiempo entendí que, en este juego, lo importante no es ganar ni perder. El verdadero objetivo es disfrutar. Y cuando uno juega para disfrutar, hasta lo cotidiano se llena de belleza. Entonces deja de dar miedo amar, aunque antes te hayan roto el corazón. Porque entiendes que vivir también consiste en eso: en abrir el corazón una y otra vez, sabiendo que nada es para siempre. Que nada nos pertenece. Que sólo tenemos este momento y depende de nosotros llenarlo de vida.
Tal vez por eso creyó que tengo una vida plena. Porque aprendí que la paz llega cuando uno deja de pelear con la vida. Y desde entonces... tengo la plena seguridad de que estoy donde debo estar, haciendo lo que debo hacer, con quienes debo estar.
La plenitud nunca fue una meta.
Fue la consecuencia de vivir con un corazón valiente, amoroso y en calma.
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