sábado, 18 de abril de 2020

Reinventando: Parte Final

“Tú me has hecho mejor, mejor de lo que era. 
Te entregaría mi voz, a cambio de una vida entera.
Tú me has hecho entender que aquí nada es eterno
pero tu piel y mi piel pueden detener el tiempo.”


- Llegaste, ¡por fin! ¿por qué demoraste tanto? – dijo Daniela mientras abría la puerta.
- Se me pasó el día volando preparando una sorpresa para nuestra cita. – dijo Pablo con tono de complicidad.
- Amor, habíamos quedado que el viaje era nuestro regalo. No se vale hacer trampa. Además, ya no es sorpresa si me dices que hay una sorpresa jajaja. – a pesar de lo que decía, ella también había preparado una sorpresa para él – ¿Qué tal me veo? ¿Bonita?
- Ay Dani, Dani, todos los días eres la más bonita, así te vea recién despertando y sí, es sorpresa porque aún no sabes lo que es. – y con esas palabras tomó su mano y la jaló para pegarla a su cuerpo. Rodeó sus abrazos en su cintura y se dieron un beso, de esos que te encienden el corazón – ¡Feliz aniversario bonita mía!
- ¡Feliz primer año! No puedo creer que haya pasado tan rápido este tiempo, parece que fue hace poco que te conocí.

***

- Hola, mi nombre es Daniela. Soy cantante de garaje y me siento muy nerviosa de estar aquí, frente a ustedes. Voy a cantar Belle, espero que les guste. 

Ese día cantó como si se encontraría en el estreno de la obra y se apoderó de la historia. Dejó de ser Daniela para convertirse en Belle y a pesar de caracterizarse por no tener mucha confianza en ella misma, ese día no fue así. Ella estaba convencida de que ingresaría, sólo tenía que convencer a un jurado de tres personas y lo logró, fue aceptada en el casting y pudo iniciar el taller en nivel intermedio. Al escuchar las palabras de aceptación, rompió a llorar porque sintió que estaba haciendo lo correcto en el lugar y momento indicado. La vida le sonreía y lo disfrutaba con cada parte de su ser. En ese momento no se imaginaba que una parte de su corazón se desbloquearía sin buscarlo.

- ¿Lloras por amor o por ego? - Esa pregunta interrumpió el viaje que estaba haciendo a su mundo. Volteo a mirar quien había preguntado y encontró a un chico de, aparentemente, su misma edad, no era mucho más alto que ella. Vestía un buzo y un polo, por lo que parecía ser parte del taller. Tenía expresión amable y graciosa al mismo tiempo. Lo miró a los ojos y fue como si el viaje no se habría detenido, sólo había cambiado de rumbo y el destino era desconocido.
- Lloro porque soy una llorona - Dijo entre risas.
- Jajaja, así que eres llorona. Disculpa mi atrevimiento, no me he presentado, soy Pablo y por lo que acabo de ver, seremos compañeros de taller. - se evidenciaba una especie de felicidad en las últimas palabras - Por cierto, la forma en que te dejas llevar con la música es increíble, ¿de qué escuela vienes?
- Un gusto Pablo. La verdad soy principiante en esto, sólo canto en un bar con la banda de un amigo pero nada más. - El viaje seguía y sólo se dejaba llevar. Tenía miedo, por ratos no lo quería mirar. Sus emociones estaban en flor de piel y no entendía porque la intimidaba tanto una persona que acababa de conocer.
- Interesante, tendrás que contarme más. Ya habrá tiempo. ¡Nos vemos Daniela!

Daniela se despidió sólo levantando la mano en señal de adiós y camino hacía su auto. Intentó varias veces a salir de la cochera pero le asustaba lo rápido que pasaban lo autos en la avenida. El último año la lista de miedos creció y se agregó el "manejar en Lima" a pesar que hacerlo era una cosa que solía disfrutar. Cuando iba a comenzar a desesperarse, apareció Pablo estacionándose detrás de ella, de una forma que le permitía salir sin problemas. Lo miró por el retrovisor y se preguntó: ¿qué tiene este chico que me provoca sonreír?. Logró salir de la cochera y él se estacionó unos segundos a su lado.

- Me debes una y creo que ya sé como me la voy a cobrar. - dijo riéndose y siguió su camino.

Llegó a casa, se baño y arregló unas cosas para el día siguiente. Se echó en la cama y con el celular en las manos volvió a repasar todo lo que había sucedido. De pronto, se encontraba en el buscador de Google escribiendo el nombre de ese Pablo que acababa de conocer. Cuando comenzaron a aparecer sus redes sociales, cerró el buscador y alejó el celular.

- No Daniela. No quiero tener el corazón roto otra vez. Te ilusionas, te conocen, se desilusionan. ¿Quién me asegura que esta vez sea diferente? ¿Quién puede ver el futuro para decirme si le gustarán mis cicatrices, mis miedos, mis noches de insomnio donde el pánico se apodera de mi cuerpo, mis malos ratos, mi malhumor, mis lágrimas que aparecen sin avisar y sin una razón que las justifique?.

***

Pablo se alejó un poco, manteniendo una de sus manos en el cuerpo de ella. Apagó las luces. se volvió a acercar a ella y le susurró al oído. 

- Te amo Dani, ¿me regalas otros 365 días, o mejor aún, me regalas una vida? 

Un ambiente de luz de luna envolvió a dos enamorados. Él sacó una pequeña caja de su bolsillo y su mirada estaba fija en los ojos de Daniela. Mientras ella lo miraba, volvía a sentir como si iniciara un nuevo viaje, con la diferencia que ahora no habían miedos, ni dudas, ni preguntas. El futuro, por primera vez, tenía un poco de certeza y era que también quería que Pablo le regale una vida de risas y juegos. La espera fue larga, hubieron años en que todo parecía ser días complicados, vaivenes de un ex amor, decepciones con amores fugaces, pero cada día fue un aprendizaje que le enseñó que cuando estas en el momento indicado, la vida fluye, sólo debes dejarte llevar y dejar de recordar.

- Siempre sí.

viernes, 3 de abril de 2020

Madrugada

Era la 1:00 am y Daniela decidió irse de la casa de Gustavo. No tenía ganas de dormir una noche más con él. El sexo no mejoraba a pesar de los intentos y ya estaban saliendo más de medio año con poca probabilidad de llegar a ser algo más. Un poco de orgullo combinado con decepción y flojera de la simple idea de volver a sufrir por alguien, la obligó a huir de allí.

Prendió su auto y comenzó a manejar sin destino, no tenía sueño para ir a casa. Era miércoles y recordó que Andrés a veces se quedaba ensayando hasta tarde. Decidió ir hacía el garaje donde ensayaban mientras lo llamaba insistentemente. A pesar que no contestaba el teléfono, no tenía mucho que perder ya que, por suerte, ese lugar quedaba camino a casa. 

Tocó la puerta y la cabeza de Andrés salió por una pequeña ventana con una sonrisa gigante. 

- Hey tu, ¿no podías dormir? - Dijo Andrés mientras abría la puerta para que Daniela pueda entrar.
- Andrés, ¿por qué? ¿por qué siempre me equivoco? - entró al garaje sin saludarlo y comenzó a buscar alguna botella de lo que sea en el frigobar.
- ¿Qué paso? - Preguntó sin mucha preocupación. Había escuchado muchas veces esa pregunta y siempre se trataba de lo mismo. Andrés la conocía desde que era "la futura esposa de Sebastián".
- Lo de siempre...

Los demás chicos de la banda se habían ido hace poco tiempo y Andrés se había tomado una cervezas de más. De ahí tomo el valor para decirle algo que había querido decirle hace varios años y no se atrevía por miedo a que ella mal entienda sus palabras. Ya había perdido a un amigo y no quería perderla también a ella.

- Dani, yo te conocí como la flaca de mi pata hace ¿quince años? y desde ese momento, has sido como una hermana para mi porque Sebas lo es, así él haya decidido alejarse de nosotros cuando terminaron. Tantos años han pasado y todavía no te das cuenta cual es el problema. Entonces, como soy tu amigo-hermano, me corresponde decirte lo que veo. El problema es que tienes un corazón noble que se entrega sin reparos y son muy pocas las personas que valoran eso y cuidan a los que tienen corazón como el tuyo. Estoy seguro que el tipo que hoy te está haciendo dudar de tu valor, luego será uno más y cuando eso pase y me llames porque te sientes triste, yo iré a tu casa y estaremos en tu terraza tomando una cervezas, riendo de tonterías mientras escuchamos The Beatles hasta que el alcohol haga efecto y el silencio me encuentre mirándote y sin pensar te diga que eres la mujer más hermosa que conozco y cuando digo hermosa no me refiero al físico, aunque sí, eres guapa, pero yo hablo de tu alma sin importar ese carácter de mierda que repites tanto tener que sé muy bien sólo sale cuando estas tratando de llamar la atención a quienes ni si quiera saben quererte como mereces porque no te conocen. Esos idiotas que por verte un día en clase, creen estar enamorados de ti. Pero ¿quién no podría enamorarse de ti si a simple vista eres fabulosa? Pero hay más allá, eso que pocos conocemos y quienes lo hacemos realmente te valoramos. Eso es lo que me jode, que tu no te des cuenta quien eres y hasta el día que no lo hagas cometerás el mismo error una y otra y otra y otra vez. La vida te está diciendo que abras los ojos. ¡Hazlo y no llores por favor!. Ahora, dime una cosa, ¿cuantas veces más tengo que decirte esto?, te juro que lo haré. Si me dices que tengo que decirlo 500 veces, lo repetiré 500 veces pero tendré la certeza que será la última y que por fin, luego de eso, no permitirás que nadie más dañe tu corazón. Necesito saber cuando terminará porque me duele verte así.

Daniela no esperaba que Andrés le diga esas cosas y no quiso responder. Sólo se acercó y lo abrazó mientras pensaba que el problema no era su corazón noble, el problema era que buscaba en todos un amor como el que tuvo con Sebastián y cada vez que no funcionaba con alguien más, sentía que cuando Sebas decidió irse, se fue con él toda opción de ser feliz en pareja y ese miedo con el pasar de los años se volvía más grande porque parecía real. No servía de nada que ella dé todo para que funcione con alguien nuevo, ni cuanto se adaptaba, ni cedía. Nadie la entendía, nadie la amaba de la forma que ella estaba acostumbrada.

sábado, 21 de marzo de 2020

Descontrol

Solía ser una persona que quería tener todo bajo control. Me gustaba planificar las cosas al más mínimo detalle y en mi afán de control, me entrometía en la vida de otros: Mi mejor amiga, el enamorado de turno y cualquier persona que me permitiese - en forma de consejo - poder controlar parte de su vida. Pero no me conformaba con eso, quería controlar hasta el futuro y ese lado de mi lo escondía porque no me hacía sentir orgullosa. Me costaba tanto dejarme llevar por las distintas situaciones que la vida te enfrenta y en el camino ir improvisando para no salirme tanto de lo que quiero para mi.

Conforme pasaron los años, se hacía más difícil tener las cosas bajo control y cada vez que algo no salía como esperaba, explotaba de enojo y nada ni nadie - ni si quiera yo - podía controlar esos momentos de descontrol. Cada vez los picos de ira fueron más seguidos, más intensos, más difícil de reponerme. Perdí el control de mi, del tiempo, de mis emociones, de la habilidad de tener soluciones cuando las cosas cambian. Se comenzó a salir todo de mis manos y tiempo seguía pasando mientras yo renegaba de mi mala suerte. Pero como todo tiene un límite, llegó el momento en que entendí que si no cambiaba el enfoque, la iba a pasar mal siempre y no sé aún cuanto durará mi siempre en esta vida, pero busco como mínimo pasarla bien. Entonces, decidí dejar de enfocarme en el resultado final y las circunstancias para trabajar en el proceso, en las acciones y mis reacciones hacía lo externo. 

Hoy la vida me regala la oportunidad de ser parte de un acontecimiento sui generis donde nadie tiene el control y a mis ojos es maravilloso. No voy a negar que me pone triste haber tenido que posponer por unos meses - espero que sean meses - los planes que tenía pero es ahora cuando pongo a prueba todo lo que he trabajado en mi y entiendo que así tenga todo arreglado, en sólo cuestión de horas pueden surgir cambios que alteran todo. Una cuarentena prácticamente mundial por algo invisible a vista de todos, me hace entender lo efímeros que son los planes y caigo en cuenta que a veces mis sentimientos por un futuro que no existe son tan fuertes que no me dejan disfrutar el presente. Hace sólo unas semanas sentía mucho miedo y esto hacía que las dudas rondaran por mi mente: ¿será que estoy tomando una mala decisión y luego tener que volver a comenzar sea difícil?. Ahora, con mucho más tiempo libre para darle vueltas a las cosas, estoy completamente segura de lo que haré en los siguientes meses y a pesar que es muy probable que aparecerán, otra vez, esas voces, he decidido ya no las escucharé porque confío en mis decisiones sobre todo.

Tengo el control de mi, de mis sueños, de mis acciones y reacciones, de lo que siento, de lo que creo y de todo lo que proviene de mi. Si acepto con buen ánimo y esperanza cuando las cosas no salen como las espero y me enfoco en encontrar la manera de lograr lo que quiero para mi, es porque entendí la lección. 

Confío en que todo se acomodará pronto, confío en que después de esto ninguno de nosotros será igual, seremos mucho mejores. Confío en que el descontrol y el caos es el momento perfecto para replantearnos las cosas y así volver al ruedo más fuertes. Confío en mi.

La respuesta ya la tengo, ¿y tu?

sábado, 14 de marzo de 2020

Me olvidé de mi

"No necesito una medalla para considerarme un tipo bueno. 
Porque si esa niñita me quiere, ¿qué tan malo puedo ser?"

***

Cuando tenía veinte años, vi por primera vez la película Ralph "El demoledor" y desde ese momento fue mi película favorita. Me sentí tan identificada con el protagonista que la veía una y otra vez para reafirmar que si una persona me quiere, no puedo ser una mala persona. Por alguna razón, que espero algún día comprender, hay ratos en que mi autoestima se va al tacho y me siento la peor persona. En esos momentos, comienzo a buscar, con desesperación, el amor que me falta en otras personas.

Alerta de spoiler. 

Contaré un poco de la película para ponerlos en contexto. Ralph es el malo de un videojuego, es quien rompe las ventanas y el objetivo del juego es reparar el edificio. Sin embargo, él no acepta la función que le tocó y decide esforzarse lo más que puede para ganar una medalla y así los demás lo quieran. Con el trascurrir de la película, todos notan que él es empático, preocupado por los demás, desinteresado y sólo quiere tener amigos. De esa manera, logra ganarse el amor de una niña que es quién le recuerda que si tiene el amor de alguien, no puede ser una mala persona. 

Yo me he sentido así desde que tengo memoria. Me he esforzado en buscar afuera lo que, a veces, no hay dentro. Hacer lo que los demás esperaban que haga y así se sientan orgullosos de mi. Ayudar a todas las personas que necesiten una mano. Tratar de ser una buena amiga, escuchar cuando debo escuchar y hacer reír cuando los veo llorar, aunque a veces terminaba llorando. Una vez una compañera del colegio me contó que sus papás se estaban separando y sólo atiné a abrazarla y llorar con ella. Usualmente me buscaban para ese tipo de cosas ya que mis padres se separaron cuando tenía seis años y las malas lenguas dicen que acepté la separación de buena manera - nadie se detuvo unos minutos a pensar que soy una persona muy hermética, que casi nunca hablo de mis sentimientos, y que cuando lo hago normalmente es porque perdí el control, y mi coraza es tan dura que hasta el día de hoy me cuesta romperla por completo - en ese momento decidí que no podía ser psicóloga porque de hecho me pondría a llorar con mis pacientes, si alguien me hubiera preguntado que quería ser "cuando fuera grande", me habría hecho un favor al decirme que estaba equivocada al pensar eso pero esa es otra historia. También recuerdo que siempre le hablaba a la persona con quién nadie quería hablar o jugar porque decían que no se bañaba o tenía piojos. Siempre apoyaba al que tenía menos posibilidades de ganar en una competencia porque quería hacerlo sentir que alguien, a parte de sus papás, confiaban en sus capacidades. Por alguna razón, me aferraba a los que creía que eran más débiles en mi afán de cuidarlos o hacerlos sentir parte cuando los demás los apartaban.

Me he metido a todos los voluntariados que han pasado por mis ojos. He hecho shows en asilos y orfanatos, he ido a leer cuentos a hospitales, he pintado casas, he enseñado matemáticas en colegios, he recolectado ropa para donar - pero deje de hacerlo cuando me enteré que gran parte de ella no llegaba a su destino - y, a pesar que suene trillado, he perdido la cuenta de todas las chocolatas por Navidad a las que me he apuntado. En la época en que era católica practicante solía pasarme el día en la iglesia buscando en que podía ayudar. 

Estuve rodeada de personas que no sumaban en lo que quiero para mi vida pero mantenía porque sentía que si yo no los quería o estaba ahí para ellos, ¿quién más los iba a querer? Tuve relaciones tóxicas con personas que pensaba que podía ayudarlos a cambiar y en ese camino se fueron rompiendo partes de mi que hasta el día de hoy, no logran recupersarse.

Saben la parte triste, es que me olvidé de mi. De ayudarme, de escucharme, de leerme un libro, de abrazarme, de aceptarme como acepto a los demás con defectos y virtudes, de darme una mano, de decir "no" cuando algo me hace daño, de ponerme delante de todo y todos, de amarme en mis días difíciles, esos en que me miro al espejo y recuerdo cada momento en que no me hice respetar o puse por encima de mi a los demás y no logro aún perdonarme. Cada falta de respeto que callé, cada comentario de personas que decían quererme pero me repetían que saco lo peor de la gente. En esos días, dejo de confiar en mi. Olvido por completo mi valor y busco en mi lista de contactos a alguien que pueda recordarme quien soy. Busco fuera las respuestas que están dentro, el amor, el mensaje de aliento, el "eres increíble" que siempre tiene que estar dentro de uno.

Pero la vida es sabia y te pone a cada persona con un propósito. Hace siete meses, me enamoré de un alma libre que apareció para enseñarme lo que significa el amor y hacerme entender que la prioridad siempre será uno mismo porque esa es la única manera de poder dar a los demás un amor sano, sin ataduras ni expectativas de retribución. No sé cuando tiempo se quede pero decido dejar ese miedo en el pasado para enfocarme en lo importante. Me hizo abrir los ojos y he comprendido que es momento de comprometerme conmigo. De darme cuenta que no está bien darse a los demás si no voy a estar para mi misma. Que no tiene ningún sentido ayudar si cuando regrese a casa voy a romper en llanto porque siento que soy mala persona sin razones que lo sustenten - ¿quién carajos me metió eso en la cabeza? - nada de lo que haga hacía afuera tiene sentido si primero no me cuido a mi.

La tarea no es sencilla, no es fácil cambiar luego de vivir toda una vida de una manera pero he podido hacer muchos cambios en mi vida en los últimos tres años y por eso veo el futuro con optimismo. Desde hoy, mi dedicaré en trabajar en sembrar buenas cosas dentro de mi, en tener pensamientos positivos, en mirarme con los mismos ojos que veo a los demás cuando se equivocan y les digo "tranqui, que no pasa nada". 

Alguna vez dije que esto y hoy lo repito para no olvidarlo: 
"El amor no se busca, ni se encuentra. Somos amor". 
Entonces, comencemos por amarnos a nosotros mismos.

martes, 25 de febrero de 2020

Redes desenfuchadas

Apaga tus redes sociales, desactívalas por un momento. Olvida las publicaciones, las fotos, las enseñanzas, los puntos de vista, las frustraciones e indignaciones que compartiste. Desconéctate del teléfono. Deja de medirte en cantidad de likes, de conversaciones pendientes y visitas a tu perfil. 

¿Qué hay más allá de lo que veo cuando pongo tu nombre en el buscador? 
¿Qué encontraré si te escribo un mensaje y te invito a tomar algo?
¿Te asemejas, al menos un poco, a lo que quieres vender?
¿Qué careta te compraste para encajar?
¿Qué hay detrás de los filtros?
¿Qué queda de ti?


Veo mucha gente intentando encontrar su felicidad y realmente me llena de esperanza porque mi mantra de vida es que hemos nacido para ser felices. Tal vez la felicidad está en ser conocido o en tener una familia numerosa o viajar por todo el mundo o leer un libro por mes o en comer rico el fin de semana. 

La felicidad es abstracta y al mismo tiempo simple. 
La felicidad no es para mi, la misma que para ti. 

Sin embargo, a veces me queda la duda si lo que la gente hace es porque realmente quieren ser felices o porque quieren tomarse una foto de felicidad.

lunes, 10 de febrero de 2020

Dale play a mi canción

Buon giorno principessa, es la primera canción que escuchó al despertar.

Aprendí a tocar piano cuando tenía siete años. Las cosas en casa no andaban bien, para variar,  y creo que aprender a leer partituras fue el mejor regalo que pudieron hacerme. Desde ese día una canción es mi refugio, mi lugar seguro, donde ningún sentimiento es más grande que yo, ni me domina. Ni la ira, ni la tristeza, ni la sobredosis de sonrisas. 

La música es sentir y ser libre. En los días de melancolía es buscar en ella el lado hermoso de las cosas y en los días de alegría, recordar con nostalgia lo fugaces que son los momentos. La música me conmueve y me conecta con la inocencia de una niña que soñaba con pertenecer a una banda y recorrer el mundo haciendo lo que le apasionaba. Ella, que mientras tocaba Canon con los audífonos puestos, deseaba que llegue pronto el día en que esté sobre un escenario y regale pedazos de si con cada nota que hacía sonar. 

Con los años y algunos daños, me pelee con ese lado de mi. Lo desconecté y decidí darle más importancia a cosas que si ahora las exteriorizo, podría concluir en que realmente perdí la cabeza. Así que en lugar de juzgarme, sólo diré que por algunos años perdí de vista el camino para que al regresar no existan dudas. Hoy, creo que no podría tocar ni el Himno de la Alegría, que es la primera canción que aprendí, y por ese miedo no me animo ni si quiera a ver una partitura en línea y tararear la melodía en mi cabeza. Hay todavía un pequeño sentimiento de haber fallado como cuando cumplí 25 años y algo pasó que al soplar las velas en lugar de pedir un deseo, me pregunté: "¿eres la mujer que soñabas cuando eras niña?" y la respuesta fue que no. Que mis sueños se perdieron en algún lugar y ni si quiera tuve el valor de luchar por ellos. De decir que no quería ser lo que querían que sea. De tomar mi vida y hacerme cargo con lo poco que tenía. ¿Será que hoy es demasiado tarde? ¿Será que algún día me animaré? ¿Será que si algún día la vida me regala una vida más podré tocarle para que entre en calma como lo hacía con mi hermana? ¿Será que mi ego me permitirá inscribirme en una clase y comenzar de nuevo si es que hace falta? ¿Será que...?

A pesar que la respuesta hace cuatro años fue que no y a pesar que hoy lo único que toque son timbres. Siento que poco a poco voy siendo la mujer que soñaba de niña y eso por ahora me basta. Los sueños volvieron, las ganas de fantasear con el futuro mientras manejo hacía el trabajo, tal vez los sueños no son los mismos de antes pero tengo la seguridad que esta vez no pararé hasta tener lo que quiero. Podrá sonar medio tonto pero cuando tengo miedo, me obligo a recordar como era antes cuando soñaba en grande sin miedo, sin reparos, sin juicios. Veo un vídeo de un cumpleaños en que la determinación en mi era tan sólida que no hago más que alimentarla para cada día ser más firme y realizar con convicción cada cosa que decido.

Seré siempre una persona emocional, que no le asusta transitar por mil emociones en cuestión de segundos, como ahora que mientras escribo lágrimas caen de mis ojos y al mismo tiempo sonrío, y por otro lado pienso que debería desempolvar el viejo órgano que tengo en la última repisa de mi ropero y un lado más pequeño anda reclamándome que prendí la laptop para trabajar y entré aquí sólo a publicar lo que escribí ayer. Es que si tendría que comparar mi forma de sentir con algo, diría que es igual a escuchar una sonata y dejarte conquistar por su melodía. Sin pensar, sólo dejándose llevar por cada nota sin importar si sabes distinguir el tiempo entre una corchea o una redonda. A veces ser como soy puede asustar, puede parecer que es demasiado pero no lo es. Hay días en que es necesario. Para los otros, dejemos que la determinación se encargue de que las cosas sucedan.

Ah, y no te dejes confundir por el dibujo que llevo en mi muñeca que lejos de ser moda es un recordatorio que hay días en que la vida está en clave de Fa y otros en Sol y el balance entre ellas es lo que te hace amar estar vivo.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Complicándome los días: Parte 1 - El Inicio

"Yo nací en 1991 pero el dolor nació un miércoles de agosto de 2003, cuando tenía 11 años. Siempre he sido curiosa, a tal punto que suelo escuchar conversaciones ajenas. Cuando estoy aburrida en el bus, me encuentro leyendo lo que conversan los pasajeros a mi lado; es un impulso instintivo del que no puedo escapar. Sin embargo, no estoy aquí para divagar. Estoy aquí para contar mi historia - o parte de ella, mejor dicho lo que deseo que sepan - mientras busco respuestas a las incógnitas que me han atormentado desde que tengo memoria. A menudo digo que soy una persona triste con un complejo de alegre. Mi rasgo más distintivo es la forma en que te recibo, con una sonrisa cálida y amable que busca hacerte sentir como en casa.

Pero cuando estoy a solas, es careta se desvanece y las preguntas aparecen. ¿Cuándo será el día en que deje de complicarme los días? ¿Cuándo aprenderé a dejar de pensar tanto y darle vueltas a las cosas?"

***

Agosto, 2003

Esa mañana, se despertó temprano, lista para prepararse para el colegio como cada día. El aroma del café recién hecho era su despertador natural, una señal para su reloj biológico. Desde pequeña, siempre había sido independiente y responsable; no necesitaba que le recordaran su obligaciones y su único objetivo era ver el orgullo en los ojos de sus padres, esperando un abrazo, merecer un poco de amor. No recuerda con precisión como había adquirido esa necesidad, pero a veces, su afán por cumplir a cabalidad lo que se le había asignado se convertía en un dolor de cabeza, y literalmente en un palpitar constante en sus ojos. Sin embargo ni el malestar, o alguna gripe que llegaba para fastidiar, eran un obstáculo para Daniela.

Daniela, la niña de los ojos tristes, los sueños grandes y los cabellos que olían a jazmín. La niña que le gustaba permanecer tras bambalinas viendo como la luz de los demás brilla. La que no conocía otra forma de ser más que hacer las cosas bien bajo la vara de lo que socialmente se conoce como bien, una niña que estudiaba, comía lo que debía de comer, dormía a la hora que debía dormir y hablaba cuando debía hablar, nunca más y nunca menos, sólo lo necesario para que todo esté bien.

Mientras organizaba sus cuadernos y revisaba que no se haya olvidado de hacer alguna tarea, escuchó a mamá charlar con sus tías, que habían venido de visita del interior del país y estoy días eran las huéspedes de la casa. Decidió saludarlas cuando la conversación hizo que se detuviera.

- Nunca había sentido algo así. Con Daniela nunca he tenido esas ganas locas de volver a casa para verla. No es que la ame menos, solo que con Santi es diferente. Todo es diferente. Me hace sentir un amor que nunca antes había sentido. ¿Será porque él es mi niñito y siempre el amor de madre por el primer hijo es distinto? - dijo su mamá en voz baja, casi susurrando para evitar que alguien más la escuche. Su voz transmitía un poco de culpa y conflicto interno.

En ese instante, algo se rompió dentro de Daniela. Se quedó paralizada en el pasillo de su casa, queriendo gritar, reclamarle por su esfuerzo constante por ser la hija perfecta y aunque se esforzará, todo este tiempo había sentido dentro de ella que su hermano por la simple razón de existir recibiría más amor. Todos sabemos que los padres tienen un favorito y duele cuando lo niegan, pero duele aún más cuando las sospechas son confirmadas. Ese día Daniela conoció el verdadero significado del dolor y lo que es tener el corazón roto.

Retrocedió lentamente los pasos que había avanzado. Entró a su cuarto y actuó como si  buscara algo olvidado. Sus pensamiento revoloteaban, sentía como si no fuera suficiente tener que haber escuchado por varios años que su falta de sensibilidad frente a las situaciones difíciles asombraba y al mismo tiempo aliviaba a sus padres. Ellos contaban como un logro a la tía de turno: la fortaleza interna que Daniela tenía demostrado a pesar del caos que se vivía en casa, manteniendo el primer puesto del salón y participar en todas las actividades que el colegio decidía inventar a pesar que en varias oportunidades era víctima de burlas por disfrazarse cuando nadie más quería hacerlo o hacía el show para la comunidad de ancianos cuando a los otros les parecían actividades ridículas. 

Aunque la ruptura de sus padres fue un momento triste, sintió que debía dejar ir ese dolor de lado por Santi, su hermano. No podía permitir que su propio sufrimiento la afectara más cuando él estaba atravesando una etapa tan caótica, rebelándose a pesar de su corta edad

Tomó aire y decidió que actuaría como si nada hubiera sucedido. Entró al cuarto de Santiago, lo abrazó fuertemente y le dijo:

- Hermano, ¿alguna vez te he dicho lo importante que eres para mi? - Las lágrimas corrían por su rostro. Santiago era muy amoroso con ella y sólo se llevaban un par de años por lo que ninguno de los dos conocía la vida sin el otro. De igual manera, le pareció extraño ver a Daniela de esa forma cuando generalmente ella se iba al colegio sola ya que le gustaba ser la primera en llegar.
- Hermana, ¿estás llorando? - preguntó Santiago, sin comprender.
- ¡No! - Daniela se alejó de un salto, dándole la espalda para ocultar sus lágrimas. - Una no puede ser cariñosa sin que le hagan preguntas tontas. Bueno, si no estás listo para ir al colegio, me iré por mi lado.

Se puso la mochila al hombro, tomó aire una vez más y decidió enfrentar la situación.

- Hola mamá, ya me voy al colegio. Hola tías, que tengan un lindo día - dijo con una sonrisa que pretendía ser sincera, pero ocultaba profundo dolor.

Entró a la cocina, se preparó un vaso de leche y guardó un pan con palta para el recreo. Salió de la casa aparentando que todo andaba muy bien pero mientras caminaba hacía el colegio, su mente se llenó de pensamientos oscuros. Se sentía avergonzada por todas las cosas que pensaba. Para ella, la persona más importante en su vida había roto su corazón. Tal vez, pensó, no debería esforzarse tanto por ser perfecta; quizás, el camino estaba en ser todo lo contrario, como Santi, que hacía todo lo que supuestamente no se debería. Una de la creencias más fuertes de sus primeros doce años acababa de perder validez. Siempre creyó que el amor es una consecuencia de los buenos actos, que se gana con acciones, que no es tan incondicional como suelen decir. 

Llegó a su salón, miró a su mejor amiga, intentando esbozar una sonrisa:

- Ximena, ¿tu me quieres?
- ¡Claro que sí! Eres la mejor amiga que alguien podría tener.

Daniela aprendió a guardar el dolor en un rincón profundo de su ser, construyendo un espacio donde pudiera alojarse y aparecer de vez en cuando. El dolor ahora tenía olor a café recién pasado en la mañana, el tono de voz de su mamá, y, aunque le doliera en el alma, el rostro de su hermano. Desde ese día, se esforzó aún más por ser la persona que otros querían que fuera, olvidando quién era, dejando de amar sus ojos tristes, su sonrisa cálida, su esencia de jazmín.