lunes, 25 de agosto de 2025

Mi primera media maratón: En cuenta regresiva

Lunes 25 de agosto, 20:26

Mi expectativa era escribir mis memorias cada día al terminar la tarde. Quería guardar cada sensación y reflexión que me dejara este viaje, pero la vida tenía mejores planes y resultó ser un huracán de felicidad en el que dormí poco, caminé muchísimo (no sé si algún día supere el récord de 50 mil pasos en un día), las risas no faltaron y lo que más hice fue vivir. Viví el presente con la consciencia de que lo único que realmente tengo es lo que está pasando justo en ese instante. Me desconecté varias veces en el día para conectar con lo que había a mi alrededor y me llevé mil fotos, tanto mentales como en el celular.

Retomo desde donde me quedé, aprovechando las horas en el avión de regreso a casa.

Llegué al aeropuerto Ezeiza a las 5:30 am. Tenía dos planes: el A, tomar un Uber aunque no me siento del todo cómoda tomando un taxi sola. Gracias, mamá, aquí dejaré otra de tus enseñanzas: “mejor un bus con gente que un taxi sola”. Y el B, entender rápidamente cómo funciona el transporte público.

En migraciones la cola era cortísima y me tocó un agente súper buena onda. Después de preguntarme la dirección de mi estadía, me animé a hacerle la gran pregunta.

- ¿Es muy complejo ir a mi alojamiento en transporte público o me recomiendas un Uber?
- Nooo, re fácil. Andá en colectivo. Mirá: salís, al frente del McDonald’s hay un kiosko. Pedís la SUBE, después tomás la línea 8 semi-rápido que tarda 45 minutos, porque la otra demora dos horas, y luego la 111 a Plaza Italia.
- Ok, SUBE, línea 8, línea 111.
- Semi-rápido, eh. Si no, son dos horas. ¿A qué venís?
- A correr la media.
- ¿La media? ¿Qué media?
- Maratón.
- Jajaja, ahhh, y sho qué voy a saber que hay media maratón. Dale, que te vaya bien.
- Mil gracias. Lindo viernes.

Me fui con una sonrisa en el rostro, lista para mi misión. Aunque debo confesar que olvidé varias instrucciones porque me habló rapidísimo, pero la amabilidad de la gente me fue guiando. En menos de una hora ya estaba en Palermo, me refugié en un café para trabajar mientras esperaba la hora del check-in y, con la SUBE en mano, me sentí poderosa, casi porteña. Tocaba recoger el kit en la Plaza Sarmiento, lejísimos por cierto, y aunque tenía todo el cansancio del mundo (sólo había dormido tres horas y tenía un dolor tonto en la cabeza), quería repetir el ritual de mi primera carrera: stick to the plan. En el plan tocaba recoger kit y tres kilómetros easy para soltar piernas.

Spoiler alert: no seguí ningún plan. Bueno… seguí el de alimentación. Apenas llegué hice compras de todo lo necesario para asegurarme de que después de la medialuna viniera proteína y buen carbo.

La Plaza Sarmiento me recibió con un sol precioso que contrastaba con vientos helados: en la sombra te morías de frío, pero dame sol y mi ánimo se dispara. La organización fue tan buena que recogí el kit en cinco minutos y me sentí como los peces de Finding Nemo cuando llegan al mar en sus bolsitas: libres, pero preguntándose qué hacer ahora. Miré a mi alrededor y vi gente tomándose fotos con sus polos y dorsales en la pared de la ruta. Pensé: “bueno, para el recuerdo”. No tenía expectativas de mis fotos porque, seamos sinceros, ¿quién me iba a tomar buenas fotos viajando sola? Y efectivamente, la chica a la que le pedí que me hiciera una me dio la razón: malísimas.

Me quedé ahí, pensando si era mala onda pedirle a alguien más que me tomara otra foto, mi Libra educada me susurró que mejor no, que capaz incomodaba. Mientras una parte de mi cabeza activó el modo teatro inventando escenarios y diálogos, atiné a reír y decirme en voz alta: “yaaa… nadie está al pendiente de tu vida, querida”. Y justo ahí, como en sincronía, otra chica me pidió que le tomara una foto. Acepté y le dije que luego me tome ella una a mi también. Las fotos salieron hermosas.

Así conocí a Flor. Resultó que ambas corríamos desde el corral J, que estábamos hospedadas a pocas cuadras y que, como yo, también viajaba sola. Me propuso volver en taxi y yo, orgullosa de mi flamante descubrimiento del transporte público, propuse que vayamos con el colectivo y así fue. Conocerla me rompió varias creencias. Ella lleva años animándose a hacer cosas sola y me recomendó lo más importante: afinar la intuición. Con esa naturalidad me abrió un abanico de posibilidades y me mostró que mis rollos son sólo eso, rollos.

El sábado nos fuimos en floro. Turisteamos como si al día siguiente no tuviéramos que correr una media maratón, nos sacamos fotos como si fuéramos influencers, reflexionamos sobre cómo ahora Instagram es más aesthetic que cotidiano, seguimos recomendaciones random de TikTok y, sin saberlo, sus conversaciones y forma de ver la vida me recordaron mucho a una de mis mejores amigas. Me hizo sentir en casa.

Esa noche dormir fue casi imposible. Entre la emoción de la carrera y la felicidad de estar viviendo momentos tan random y graciosos, mi cuerpo apenas logró un sueño ligero. Me obligaba a mantener los ojos cerrados, intentando descansar, mientras sentía una gratitud enorme. Gratitud por haberme animado a comprar ese pasaje, a inscribirme en la carrera, a planear este viaje sonriendo por fuera y muriéndome de miedo por dentro, como es mi esencia.

No les voy a mentira, también me asaltaban preocupaciones: dudaba de mi estado emocional porque correr tiene mucho de cabeza y temía que me jugara en contra; pensaba en los riesgos de la inseguridad porque sí, la maldad es real aunque me gusta creer que los buenos somos más, sólo que hacemos menos ruido; y me preocupaba el físico, porque no entrené con la misma disciplina que cuando decidí bajar de los 59 minutos en 10K. Me salté varios entrenamientos, y no me sentía preparada para los 21K.

Y sin embargo, había algo más profundo: una decisión tomada el 9 de julio, que irónicamente es el nombre de una de las avenidas principales que corrí, había terminado de romper el delgado hilo que sostenía mi esperanza y el último trozo de corazón que aún latía con ilusión. Esa misma decisión, aunque dura, me hizo libre. 

Y alas… ¿para qué las tengo si no es para volar?

viernes, 22 de agosto de 2025

Mi primera media maratón: La Previa

Viernes 22 de agosto, 12:06

Lo que menos me gusta de viajar es ese primer vuelo: romper la inercia, salir de la rutina del día a día, tomar un taxi, esperar horas, hacer la fila de migraciones rezando para que la fila fluya rápido, mientras intentas controlar esa impaciencia de querer que las horas pasen volando. Sin embargo, esta vez decidí cambiar el enfoque y aprender a disfrutar mi parte menos favorita.

Spoiler alert: la previa rumbo a Buenos Aires estuvo mucho mejor de lo que esperaba.

Le pedí a mi yellow-person que me lleve al aeropuerto y aceptó. Entonces, ir al aeropuerto se convirtió en una tertulia divertida, con una misión extra: encontrar las medicinas exactas que mi abuela había pedido, porque para ella no es lo mismo el Mentholatum que el Vick VapoRub. Y si ella lo dice, se cumple. Buscamos en varias farmacias hasta cumplir la misión, entre conversaciones para ponernos al día de nuestras vidas y su preocupación por ratos de: "¡se te está haciendo tarde para tomar ese avión! ¡Cuando viajé con tu papá, casi perdernos el vuelo a Buenos Aires!". Mientras yo, sonreía y le decía que tranquila que si no tomo ese avión, tomaré el siguiente. ¿Quién te viera Dreydi Carrasco? ¿De dónde salió tanta templanza?

Llegamos con tiempo —aunque para ella yo iba tarde— y nos estacionamos en la zona libre. Como si no bastara el descaro de quedarnos ahí más de lo permitido, le pedimos a uno de los vigilantes que nos tomara una foto. Y no cualquier foto: desde un ángulo aprobado previamente, obvio. Nos despedimos con un abrazo, una sonrisa y ese acuerdo que en silencio yo deseaba con todo el corazón: que este domingo, al llegar al kilómetro 18, escuchara su voz gritar “¡aprietaaaaa!”. Pero aún vive en mi una parte que teme soñar en grande por miedo a decepcionarse, así que preferí soltar y dejar que la vida me sorprenda.

Las horas de espera pasaron volando. Apenas me alcanzó para tomar una foto “para el recuerdo” antes del embarque, esa que en unos años Instagram me recordará.

Subí al avión y el asiento junto a la ventana me esperaba. En cuanto comenzó el despegue cerré los ojos. Recordé la penúltima vez que volé, cuando tuve miedo, y la última, en la que ya estuve mejor. Pero esta vez fue distinto: lo disfruté. Sentí la aceleración, la adrenalina, el momento exacto en que las ruedas dejaron de tocar el piso. Y sí, llámenme romántica, pero me sentí parte del avión, como si mis alas estuvieran más fuertes que nunca. Sin expectativas, sin presiones: sólo la sensación de elevarme cada vez más alto.

Escribo esto ya en fase de crucero, con una sonrisa en los labios y unas ganas enormes de vivir cada minuto de este viaje. Porque sé que estoy rompiendo un paradigma que me persiguió por años: creer que necesitaba compañía para cumplir mis sueños porque no podía hacerlo sola. Y lo curioso es que, cada vez que pensé estar sola, la vida me puso al frente un rostro amigo, una conversación inesperada, una buena vibra que apareció justo donde yo estaba.

El primer aprendizaje que me deja este viaje es simple: no creerle tanto a lo que mi mente me susurra, y abrir los ojos con más consciencia. Vivir cada minuto con intención.

Sé que mis versiones pasadas están orgullosas de mí. Y en estas primeras horas de viaje, ya encontré personas grandiosas en el camino.

miércoles, 23 de julio de 2025

Más valientes que ayer

“El objetivo es ser, como siempre, más valientes que ayer.”

A veces me pregunto de dónde viene la valentía. ¿Es verdad cuando dicen que la valentía es atreverse a pesar de tener al miedo gritándote al oído, o hay personas en las que la voz del miedo es tan bajita y débil que es fácil no escucharla? No me considero una persona valiente, aunque alguna vez, cuando le pedí a varias personas que me ayudaran a completar la Ventana de Johari, uno de ellos me describió como "valiente". Desde ese día, la pregunta de si lo soy o no ronda cada cierto tanto por mi cabeza. Pero lo que sí siento es que soy una persona que no se queda con las ganas. La mayoría de las veces hago cosas sintiendo miedo y con los años, el miedo aparece en situaciones en las que antes no pasaba. Confieso que hasta me asusta que llegue el día que su voz sea más poderosa que mis ganas de atreverme.

¿Se puede tener miedo del miedo?

Últimamente siento miedo cada vez que subo a un avión. No me asusta el despegue ni el aterrizaje, y tampoco me inquieta estar suspendida por horas en el aire. Aunque muchos podrían pensar que es mi claustrofobia la que dispara estas emociones tampoco lo es porque esa fobia sólo se activa cuando estoy completamente sola. Este nuevo miedo aparece justo antes de ingresar al avión, muchas ideas comienzan a colarse en mi cabeza: ¿y si no regreso? ¿y si no llego a escribirle a mi mamá contándole si hace frío o calor y confirmarle que llegue con bien?, ¿y si no vuelvo el lunes al trabajo a compartir lo bonito que fue conocer una nueva ciudad, o hablar sobre las rutinas y costumbres curiosas que descubrí?, ¿y si no llego a tener ningún otro recuerdo porque, simplemente, este fue el final? 

¿Será que a los 33 años le estoy empezando a tener miedo al fin?

Al ponerlo en palabras, me doy cuenta que esos pensamientos sólo drenan mi energía, se roban el foco de lo importante: vivir el presente, y alimentan una falsa ilusión de que puedo saber lo que pasará en el siguiente minuto. Escribo esto mientras estoy sentada en un avión. Paradójicamente, hoy no tuve tiempo de sentir miedo porque había mucha gente en el aeropuerto, se malograron los verificadores de pasaportes biométricos, estuve un poco más de una hora en la cola de los controles, y luego tuve que correr hasta la puerta de embarque. Me senté y a los diez minutos el avión despegó. Entonces, me quede pensando en el miedo y en ser valiente. ¿Será que el miedo aparece cuando nuestra mente está aburrida? ¿Será que el miedo es sólo un distractor que viene a entretenerte de una forma un tanto macabra? ¿Será que el miedo intenta desconectarte del presente?

Preguntas sin respuestas precisas. Pero algo que sí tengo claro es que la idea es ser cada día un poco más valiente, y que cuando esa vocecita se quiera meter en nuestros oídos, estemos tan enfocados en lo que estamos viviendo que su voz sólo pase - como pasa una nube, como viene y va una ola -, que sea como esa mosca que se te acerca cuando estás comiendo un delicioso mango, y tu la espantas con una mano sin permitir que su presencia arruine ese momento de dulzura.

El futuro es incierto. Los que vivimos con esperanza hacemos planes en él como si tuviéramos la certeza de que van a suceder, y creo que ese enfoque puede ser positivo, siempre y cuando lo hagamos con cautela, sabiendo que los terrenos del futuro son impredecibles y que la mayoría de veces imaginamos situaciones que no llegan a pasar. Sólo nos queda soltar la idea de nuestra mente, para no quedar melancolizados por un futuro inexistente.

El miedo a veces susurra, a veces grita, y otras me mira con cara de "hoy no vuelves". Pero yo ya no huyo. Hoy, en este avión, me senté a su lado y he escrito estas líneas con él. Desde que lo nombré, el miedo ya no se esconde en la sombra. Y yo, que soy muy buena iluminando sombras, lo he mirado de frente cuestionando su existencia. A mi ritmo. A mi modo.

Lo que sí, desde ahora, sólo espero que cuando llegue mi día final, esté tan entretenida que no me dé cuenta de que este cuento acabó. Que me encuentre disfrutando tanto el hoy, que el miedo no aparezca a arruinar el fin de función.

Y entonces, como diría Mary Oliver...

“Tell me, what is it you plan to do with your one wild and precious life?”

jueves, 9 de enero de 2025

Sé amable contigo

Soy de esas personas que piensan mucho, quizás demasiado a veces. Hay días en los que una frase o alguna circunstancia toca una fibra dentro de mí y surge una especie de chispa que ilumina todo lo que antes pasaba desapercibido. Así fue como un día, sin previo aviso, descubrí que me repetía una frase que llevaba años siendo como un mantra:

"No me gusta hacer las cosas perfectas, sólo me gusta hacerlas bien y sin errores."

Si lo lees rápido suena inofensiva, ¿verdad? Pero lo cierto es que esa frase oculta una obsesión con la perfección que ni yo misma veía. Que te puedo decir, esa era la única forma que conocía de hacer las cosas; era lo único que me habían enseñado. Tuve la suerte de crecer en un hogar lleno de esfuerzo y dedicación. Mis padres, a pesar de no haber terminado sus estudios superiores - por la llegada de una niña les cambió la vida, espero que para mejor jeje -, lograron salir adelante. Ellos son mi ejemplo más tangible de que la constancia y la disciplina son claves para alcanzar la vida que quieres. Y, por supuesto, me enseñaron a dar siempre mi mejor versión, donde sea y en lo que sea que haga.

Pero... creo que nadie les advirtió que yo me tomaría sus enseñanzas demasiado en serio. Tanto, que llegué al punto de registrar mis errores en un archivo de Excel. Sí, leíste bien: un Excel donde calculaba mi "frecuencia de fallo" y diseñaba planes de acción para no volver a equivocarme. Es que cada vez que algo no salía como esperaba, mi cabeza repetía:

"Nos la hacen una vez, pero no dos veces."

Me río un poco al recordarlo, me da hasta cierta ternura y compasión esa versión de mi tan exigente que no se daba cuenta lo pesada que estaba siendo la mochila que cargaba. Lo más curioso es que yo misma fui quien metió las piedras dentro. Por suerte, con el tiempo entendí que todo en exceso, incluso la autoexigencia, puede ser perjudicial. Y aquí viene una de mis primeras lecciones del año: las palabras que nos decimos y las expectativas que tenemos sobre nosotros mismos tienen un impacto profundo en cómo nos sentimos, cómo actuamos y cómo enfrentamos los retos de la vida.

La narrativa que construimos y cada palabra que seleccionamos para hablarnos es clave porque esas palabras moldean nuestra percepción y, en consecuencia, nuestra forma de percibir la realidad. Si somos demasiado duros, dejamos que los pequeños logros pasen desapercibidos y nos empujamos hacia una vida donde la insatisfacción lleva las riendas.

¿Te has dado cuenta de lo fácil que es ser amable con los demás, pero increíblemente duro contigo mismo? A otros les justificamos sus errores, pero cuando se trata de nosotros, la vara sube como si no tuviéramos el derecho de fallar, aprender o simplemente ser humanos.

Hace años eliminé ese Excel (¡gracias al cielo!), y aunque desde entonces me permito equivocarme, me he dado cuenta de algo: todavía quedan rastros de esa narrativa perfeccionista. Pequeñas frases, palabras o pensamientos que no me hacen bien. Así que este año, mi meta es sencilla pero transformadora: hablarme con más amor. Comenzaré haciendo el ejercicio de detenerme cada vez que detecte frases como "debo", "tengo que" o "estoy fallando", y las reformularé.

Por ejemplo:
"Tengo que comer esto" → "Elijo esta comida porque sé que mi cuerpo lo necesita."
"Debo hacer ejercicio" → "Quiero mover mi cuerpo porque me hace sentir fuerte y viva."
"Estoy fallando" → "Estoy aprendiendo. Todo esto es parte del proceso."

¿Notas el cambio? Hablarte con amabilidad no sólo refuerza tu confianza, sino que también te recuerda que no necesitas ser perfecto para seguir avanzando. No necesitas ser perfecto para merecer ser feliz, para lograr lo que quieres. Porque la vida, a veces, es irónica: entre más te obsesiones con "ganar" o hacer todo impecable, más lejos parecerá estar lo que buscas. Por eso, debes relajarte, tomar las cosas con calma. Sí, da lo mejor de ti, pero sin desgastarte en el proceso. Como alguna vez leí:

"Al final, la vida no exigía tanto de ti."

A veces fallamos. A veces no alcanzamos esa "mejor versión" que nos exigimos. Y eso está bien. Porque esos tropiezos no nos hacen menos valiosos; nos hacen reales. Así que, si algo quiero dejarte con esta reflexión, es esto: sé amable contigo mismo. Permítete aprender, crecer y aceptar que la vida no se trata de ser perfectos, sino de vivirla plenamente.

La meta no es la perfección.
La meta es vivir, sentir, y amar.
Comenzando con uno mismo.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Mudanza: Parte III

El tiempo pasa volando, ¿no? El otro día, mientras recordaba las mudanzas que he tenido, me puse a contar los años que han pasado desde entonces y preferí detenerme cuando me di cuenta que pronto serán diez. ¡Diez años! Es como si sólo hubieran pasado algunos, así que le restaré los años pandémicos y un par más porque sí y porque puedo, je! Pero saben algo al mismo tiempo siento que soy una persona completamente distinta a la versión de mi en esos años. Así que hoy quiero hacer un esfuerzo (crucen los dedos) para recordar cómo me sentía hace siete años y contarles lo que dejé en pausa por un buen tiempo: mi segunda mudanza.

Como he dejado en antiguas entradas de este blog, cumplir veinticinco años fue mi primer - y hasta ahora único - gran quiebre. Podríamos llamarlo: EL quiebre, para mantenerme fiel a mi estilo dramático y exagerado, agrandar mis problemas existenciales exponencialmente es un mal vicio que a veces tengo. Todo lo que viví antes de esa edad lo siento como si lo hubiera vivido otra versión de mí, una que hoy parece un personaje secundario en mi historia. Sin darme cuenta, y casi sin querer queriendo, he olvidado muchas cosas de los primeros años de mis veintes. A los 25 reformulé algunos de mis valores, mi visión de la vida, la manera en la que me relacionaba con las personas, e incluso hasta mi forma de vestir. Para que entiendan: antes podía salir con un pantalón amarillo, una chompa morada y zapatillas rojas. Me daba exactamente igual lo que la gente pensara. Hasta que, de pronto, escuché la opinión de alguien y empezó a importarme lo que piense y comencé a cuestionarme si mi forma de vida era la que quería para mi. Cambié mi estilo radicalmente, me volví más convencional, como si hubiera seguido al pie de la letra un manual no escrito de "cómo deber ser según los estándares de la sociedad".

Spoiler alert: ya recuperé mis colores y, honestamente, volvió a importarme dos caramelos de limón lo que opinen los demás. Como diría Residente:

Me gusta dar lo que doy, me gusta ir donde voy
Me gusta ser como soy, así que, ¡oye!
Ven y critícame, yo soy así.

Pero bueno, volvamos al tema, que "divagar" podría ser mi segundo nombre. Es mas, seguro sonaría mucho mejor que el que eligieron mis padres. Y ni les cuento lo mal que está escrito ¿Por qué no fue mi mamá a inscribirme en lugar de mi papá? Pero bueno, ese drama lo dejamos para otro día. ¿En qué iba? Ah, sí, a los veinticinco tuve mi gran quiebre, me mudé a un cuartito pequeño, acogedor y tranquilo, y viví ahí por nueve meses. Fue mi primera experiencia viviendo sola y obtuve mucho aprendizaje de allí (sí quieres saber un poco más, te invito a este escrito: Mudanza: Parte I), pero la vida tenía otros planes para mí. Un día, sin imaginarlo, surgió la oportunidad de mudarme a provincia. Inicialmente, postulé para trabajar en una posición en mi lugar favorito del mundo: Cusco. Ya me imaginaba viviendo allí, rodeada de montañas, con ese aire mágico y vibra que sólo Cusco tiene, pero ya saben como es la vida: no siempre te da lo que quieres, pero siempre te da lo que necesitas. Así que, como quien no quiere la cosa, terminé viviendo en Chiclayo, la ciudad de la amistad.

Acepté la propuesta casi sin pensarlo. Era asumir una posición a la que aspiraba desde que era practicante. ¿que si hice un análisis profundo? ¿qué si pregunte si me tocaba bonificación de mudanza por cambiar de site? Cero, mi fuerte no son ni las negociaciones ni los análisis profundos. Agarré una maleta de 23 kilos, metí lo esencial y partí de casa, otra vez. Llegué un lunes de setiembre y me quedé unos días en el departamento que una compañera de trabajo estaba dejando mientras buscaba un lugar para mí. Así fue como descubrí que en Chiclayo los alquileres no están en alguna página de internet, sino en los periódicos del domingo. Me lo tomé con calma, confiando en que la vida - y mi carta de la buena suerte - resolvería el asunto.

Cuando finalmente encontré el departamento, no exagero - tal vez sí, un poquito - si les digo que fue amor a primera vista. Estaban alquilando un segundo piso que tenía una ventana enorme, con vista a un árbol gigante donde se posaban pájaros. Aunque el departamento no estaba amoblado, lo alquilé en el acto. ¿Qué más podía necesitar? En mi primera mudanza había comprado una cama, refrigeradora y algunos electrodomésticos básicos. Entonces, le pedí a mi papá que me haga el favor de enviarme mis cosas desde Lima, y en pocos días estaba armando mi nuevo hogar.

Recuerdo que frente a esa ventana puse mi cama ya que era mi parte favorita de ese lugar. Si cierro los ojos ahora e imagino mis días allá, me veo recostada en la cama, leyendo un libro, mirando las hojas moverse con el viento o simplemente prendiendo una vela y perdiéndome en mis pensamientos. Pero, no todo fue perfecto, si de algo se ha caracterizado mi vida es por tener turbulencia cada vez que creo tener todo bajo control. Hubieron varios días oscuros en los que la soledad y mis demonios se sentaron a tomarse una cerveza bien fría. Aunque suene extraño, en ese silencio curé heridas, me amisté con unas partes de mi que fueron cruelmente juzgadas y volví a reencontrarme con la niña de ojos brillantes que vive dentro de mi. Esta vez nos reencontramos desde el amor, y no desde las expectativas de lo que deberíamos ser. Desde esa experiencia, valoro el silencio y los días de soledad, los uso para energizarme y conectar conmigo.

Les cuento que en Chiclayo descubrí una forma deliciosa de recibir cariño: ¡comiendo! En dos meses subí cinco kilos, porque ahí te demuestran afecto invitándote a probar de todo, y vaya que se come bien. Siempre digo que me encantaría volver un fin de semana solo para darme un festín con encimadas, cachitos de mantequilla, tortitas de choclo, cachangas y la lista sigue. Vivía rodeada de tanta comida, que por primera vez en mi vida me inscribí en un gimnasio. Todas las noches iba a clases de baile para hacer un poco de cardio, y cuando tenía ánimo de sobra, hasta me animaba con dos clases seguidas de sexy reggaetón. Sí, leíste bien: sexy reggaetón, en este momento fue cuando comencé a conectar con mi lado sexy, un poco torpe pero sexy. Como era de esperarse, también creé mis propias tradiciones, porque eso de ponerle un toque especial a los días es mi sello personal. Los sábados los dedicaba a caminar sin rumbo por las callecitas, aunque luego de un tiempo esas caminatas se volvieron búsquedas desesperadas de sombra porque el cielo azul chiclayano me hacía extrañar el gris limeño. Los domingos comenzaba con un desayuno en el mercado Modelo: un vaso de cebada con un pan con algo y, claro, un buen ceviche al almuerzo, y porque un domingo sin postre no es domingo, pasaba por una pastelería increíble y me compraba dos porciones porque bueno, uno nunca sabe cuándo se necesita una dosis extra de dulce en la vida. Ah, y si quedaba con hambre, cerca de casa había un lugar que hacía un sándwich de pollo deshilachado con papas fritas. French fried lover ♥. Ahora que lo pienso, creo que lo que más hice en Chiclayo fue comer, pero ¡cómo no hacerlo con tanta delicia cerca!

Como no todo en la vida es comer, también aproveché para hacer varios viajes. Algunos fueron de fin de semana, otros usando los días de vacaciones. Cada vez que tenía una oportunidad, me escapaba a algún lugar. En ese tiempo, conocí Cajamarca, Chachapoyas, Piura, Máncora (¡demasiadas veces!), y varias pequeñas ciudades dentro de La Libertad. Lo curioso es que, a pesar de estar tan cerca, nunca fui al Museo del Señor de Sipán, ¡y encima creo que uno de los domingos del mes la entrada era gratis! Cosas del Orinoco, ¿no? Pero lo más chévere fue que hice buenos amigos que me enseñaron que el ceviche también se puede disfrutar de noche, y que cuando tienes una buena compañía, lo único que necesitas es sentarte en la puerta de la casa de alguien y pasar un agradable momento. 

¿Me pasas viendo?

Si tuviera que resumir ese año lejos de casa, diría que fue el momento en el que realmente descubrí quién soy. Aunque en ese entonces no lo veía tan claro como ahora, fue el año en el que comencé a construir los cimientos de mi autoestima. Dejé atrás los juicios ajenos, esas ideas de otros sobre quién creían que era, y me atreví a hacer cosas que antes me aterraban. Fue como si, poco a poco, aprendiera a darme permiso para ser y sentir como sólo yo puedo hacerlo, sin pedir disculpas por ello. Sin sentir que soy menos o más, sin compararme.

Volví siendo más yo.

miércoles, 9 de octubre de 2024

Vida feliz sin miedos

El día pasó rápido en el trabajo. Cogió la bicicleta y pedaleo de regreso a casa. Al cruzar el parque frente a su hogar, esbozó una sonrisa llena de alegría y un poco de melancolía, recordando los buenos y malos momentos que habían vivido allí. Los años pasaron y, aunque en ocasiones el amor que compartían parecía desvanecerse en el aire, había algo que siempre la traía de vuelta a él. Podía ser un soplo refrescante del aroma a pie de limón, el sonido vibrante de los acordes de una guitarra, o simplemente la suave caricia de la yema de sus dedos recorriendo sus pechos casi desnudos, encendiendo, nuevamente, un fuego que no podía apagarse del todo.

Una de sus más recientes tradiciones era la de evitar peleas dentro de casa; el caos de las discusiones les provocaba una profunda necesidad de huir, y no querían que el otro volviera a experimentar esa desesperación de querer acabar con todo y, desde la llegada de Nicolás a sus vidas, se comprometieron a cumplir esta regla sin excusas.

Dejó la bicicleta en el patio y miró la casa como si fuera la primera vez. Se sintió agradecida de vivir en un lugar que, aunque fuera pequeño y un tanto viejo, ofrecía todas las comodidades necesarias para una vida feliz, sin miedos.

Al abrir la puerta, un hermoso niño de dos años salió corriendo a su encuentro.

- ¡Maaaa, te extrañé! - exclamó Nico, cruzando sus bracitos por su cuello. En ese instante, todo lo sucedido en el trabajo perdió sentido. Con cada latido que su corazón daba entendía con más claridad que todos los textos que escribió sobre el amor no eran más que palabras exageradas, porque hace tan poco había conocido al amor de su vida. Lo abrazó con fuerza, llenándolo de besos.

- Yo te extrañé más. - le respondió, riendo mientras seguía llenándolo de caricias.

- ¡Hey! Si sigues así, no quedará nada para mí. - se escuchó una voz desde el fondo de la casa.

- Jajaja, ven a darme la bienvenida si quieres un poco. - contestó de manera coqueta y risueña, sintiéndose afortunada por tener a dos hombres que se morían por ella. En ese momento, supo que daría su vida solo por verlos sonreír.

Se acercó al estudio, donde él estaba trabajando en la computadora, con el cabello alborotado y algunas bolsas de comida chatarra alrededor. Sonrió al recordar al chico misterioso que conoció hace más de una década. Se inclinó y le acarició con ternura la cabeza.

- ¿También te hice falta? - preguntó con un guiño. Él sonrió, pero no respondió. No le gustaba darle la seguridad de que sin ella, no podría ser ni la mitad de feliz. Sabía que si le ofrecía esa certeza, probablemente, hace algunos años, ella hubiera huido por miedo a perderse en el amor.

Se quedó en silencio, reflexionando sobre los altibajos de su relación, cuando Nicolás llenó ese vacío con sus risas y pedidos de amor. Lo levantó en brazos y pensó que no había sido tan difícil llegar a este momento.

Cenaron entre risas y conversaciones triviales, compartiendo las aventuras de su día y las ganas de que sean las siete de la noche para estar juntos otra vez. Nico, un niño dulce, observaba a sus padres con admiración, quienes cada tanto aún se perdían en miradas cómplices, como unos veinteañeros. Esa chispa se apagaba rápidamente cuando la realidad de la responsabilidad los devolvía al presente, recordándoles que debían cuidar al regalo más preciado que habían creado juntos.

Después de la cena, él cargó a Nicolás en sus brazos y lo llevó a su cama, arrullándolo con ternura hasta que se quedó dormido. Ella lo observaba desde la puerta, sintiéndose como una espectadora privilegiada. Esperó a que él cerrara la puerta con suavidad, y, sin poder contenerse, se lanzó a sus brazos, besándolo con pasión.

- Ya veo que sí quedó algo para mi. - murmuró entre risas mientras desabrochaba el jean que ella llevaba puesto. Ella se alejo un poco, disfrutando de la mirada intensa que él le dirigía. Con un movimiento suave, comenzó a levantarle su polo, quitándoselo lentamente y luego ella hizo lo mismo con el suyo. Sabía que él tenía una fascinación particular por una parte de su cuerpo, y estaba encantada de saber exactamente como activar el deseo en él.

Una sonrisa traviesa iluminó su rostro cuando él se lanzó a sus senos, besándolos con la misma devoción de un amante que descubre un paraíso por primera vez. Ella retrocedió sintiéndose la mujer más guapa y afortunada, mientras lo guiaba hacia el cuarto donde cada noche se convertían en uno. Él la tomó de la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo con tanta fuerza que la hizo temblar. Con delicadeza, fue despejándola de su ropa, ella podía ver como sus ojos desbordaban un deseo profundo y obsesivo.

Comenzaron a hacer el amor con una suavidad que contrastaba con la intensidad de su deseo, creando una conexión eléctrica entre ellos. En ese instante, ella se dio cuenta de que realmente no había sido tan difícil llegar a este momento; era el destino de sus cuerpos, el clímax que los hacia entender porque, a pesar de tanto, tenían que estar juntos.

lunes, 30 de septiembre de 2024

Delirios Nocturnos

Que ganas de pelear contigo.
No mentiré, soy feliz, pero me faltas cada día.

***

Ella era joven, inexperta y un tanto egoísta. Su impulsividad la empujaba a hacer lo que quisiera sin detenerse a pensar dos veces. Era ligera, una soñadora perdida en un carrusel de emociones, con un corazón que se entregaba si era seducido por una conversación inteligente, o un alma valiente, o una mirada triste. Era curiosa e inquieta, estaba un poco rota, pero era capaz de regalar sonrisas a aquellos que no conocían el peso del olvido. Rebelde, y con ganas de cambiar de mundo, anhelando encontrar uno más justo, más sencillo, más feliz.

Hasta que un día lo vio y en ese instante, dejó de ser sólo ella. Estaba convencida de que lo conocía de  otra vida, de una en la que sus dedos la despertaban con caricias y cosquillas, en una donde tenía la suerte de tener conciertos privados por las noches. No sabía exactamente qué papel jugaba en su vida, si él representaba el verdadero significado del amor o si sólo era una versión desdibujada y desvirtuada de lo que el amor debe ser. Pero la única explicación lógica que encontraba para seguir aferrada a su nombre - aunque tenerlo involucre sentir rabia y decepción cada vez que la ignoraba - era que en otra vida, él había sido todo para ella. Tanto que duele, que quiebra, que te roba un poco de vida lentamente.

- ¿Será que esta es su forma rara de amarme? -La interrogante no cesaba de acosar su mente.

Había decidido vivir añorando aquellos amados tiempos de guerra, de furia y besos intensos en el techo de una casona vieja, y hacer de ese recuerdo su oscuro secreto. Se conformaría con pensar que, si alguna vez despertaba con el corazón latiendo a mil después de verlo en sueños, sería porque él también cargaba con la misma maldición. Atrapado, igual que ella, en el eco interminable de sus risas después de hacer el amor.

***

Siempre soñé con envejecer a tu lado - dijo ella con una sonrisa suave, esa que solo se dibuja cuando la felicidad es tan genuina que se siente en cada rincón del cuerpo - Te dije que eras el amor de mi vida, y no me creías.

Él la miraba en silencio, con una sonrisa nostálgica, disfrutando el sonido de su voz. Después de tantos años, aún le encantaba escucharla hablar.

- Para ser franca... - y su voz se tornó un poco triste - en un momento yo también lo deje de creer - añadió ella, dejando escapar una risa ligera para romper la tensión.

- El camino fue complejo - continuó luego de un suspiro - Cada uno tomó decisiones que nos alejaron. Y no hablo de kilómetros, sino de algo mucho más profundo… tú lo sabes bien. Pero, a pesar del tiempo, no hubo un sólo amanecer en el que no despertara pensando en ti, deseando con todo mi ser que, donde estés, seas más feliz de lo que jamás hubieras sido conmigo. Y a veces... a veces confieso que ya no quería pensarte. Me despertaba rogándole a tu recuerdo que me liberara, que por fin me dejara en paz, pero nunca lo hizo y me consolaba creer que era porque tu también tenías la misma condena y compartías el castigo de verme en tu mente aunque no lo quieras.

Él asintió lentamente, en ese gesto había tanto entendimiento, tanto reconocimiento de cada palabra que ella decía y del tiempo perdido. La abrazó con fuerza, como si de esa manera pudiera enmendar todo lo que no fue con ese abrazo. Como si, además, en un abrazo le explicara que él se sentía exactamente igual, luchando contra el deseo de nunca haberla conocido y el de correr a buscarla para amarrarla a su cama.

- Pero cuando te vi en la estación - susurró ella, recordando ese momento como si el mundo hubiera dejado de girar por un segundo -, tenía que correr a abrazarte, sin importar quién estaba a mi lado. Volvería a hacer todo igual, sólo para llegar a ese día. 

Ella lo miró a los ojos, una pequeña chispa de duda apareció por un momento.

Y cuando lo pienso en retrospectiva... ¿te imaginas qué hubiera pasado si hubieras estado con alguien también?

Él hizo una pausa, sus mejillas se sonrojaron levemente. Le costó decirlo, porque había pasado tanto tiempo, y esa confesión aún le resultaba extraña.

- Lo estaba - murmuró, rompiendo el silencio con una verdad que nunca había compartido antes.

Ella lo miró sorprendida, sintiendo una pequeña punzada en el pecho.

- ¿Pero…?

- Pero eras tú. —La voz de él tembló ligeramente, y sus ojos se ablandaron—. Tal vez ayudó que ese día no dormí muy bien y pude dejarme llevar... pero en el fondo, más allá de mi testarudez, sabía que siempre sería contigo. El tiempo pasó, y ambos seguimos caminos diferentes, pero al final... eras tú. 

Un silencio pesado se instaló entre ellos, pero no era incómodo, era un silencio que decía más que cualquier palabra. Ella lo miró, el peso de todo lo que habían vivido, de lo que habían perdido y recuperado, colgando en el aire.

- Sí… eras tú. - dijo ella finalmente, asintiendo, aceptando la verdad que siempre había estado allí, oculta bajo el peso de los años, pero inquebrantable.

Se quedaron así, abrazados, en un silencio que solo entendían ellos, en paz con un pasado que, al fin, había sido perdonado... y quizás no olvidado del todo, pero sí sanado. Agradecían el presente, ese instante en el que, por primera vez, todo parecía estar en su lugar. Y aunque sabían que el futuro les traería caos, lo aceptaban con una sonrisa. Porque era su caos, su propio desorden imperfecto, y para ellos... eso era más que suficiente. Eso era la felicidad.