viernes, 22 de agosto de 2025

Mi primera media maratón: La Previa

Viernes 22 de agosto, 12:06

Lo que menos me gusta de viajar es ese primer vuelo: romper la inercia, salir de la rutina del día a día, tomar un taxi, esperar horas, hacer la fila de migraciones rezando para que la fila fluya rápido, mientras intentas controlar esa impaciencia de querer que las horas pasen volando. Sin embargo, esta vez decidí cambiar el enfoque y aprender a disfrutar mi parte menos favorita.

Spoiler alert: la previa rumbo a Buenos Aires estuvo mucho mejor de lo que esperaba.

Le pedí a mi yellow-person que me lleve al aeropuerto y aceptó. Entonces, ir al aeropuerto se convirtió en una tertulia divertida, con una misión extra: encontrar las medicinas exactas que mi abuela había pedido, porque para ella no es lo mismo el Mentholatum que el Vick VapoRub. Y si ella lo dice, se cumple. Buscamos en varias farmacias hasta cumplir la misión, entre conversaciones para ponernos al día de nuestras vidas y su preocupación por ratos de: "¡se te está haciendo tarde para tomar ese avión! ¡Cuando viajé con tu papá, casi perdernos el vuelo a Buenos Aires!". Mientras yo, sonreía y le decía que tranquila que si no tomo ese avión, tomaré el siguiente. ¿Quién te viera Dreydi Carrasco? ¿De dónde salió tanta templanza?

Llegamos con tiempo —aunque para ella yo iba tarde— y nos estacionamos en la zona libre. Como si no bastara el descaro de quedarnos ahí más de lo permitido, le pedimos a uno de los vigilantes que nos tomara una foto. Y no cualquier foto: desde un ángulo aprobado previamente, obvio. Nos despedimos con un abrazo, una sonrisa y ese acuerdo que en silencio yo deseaba con todo el corazón: que este domingo, al llegar al kilómetro 18, escuchara su voz gritar “¡aprietaaaaa!”. Pero aún vive en mi una parte que teme soñar en grande por miedo a decepcionarse, así que preferí soltar y dejar que la vida me sorprenda.

Las horas de espera pasaron volando. Apenas me alcanzó para tomar una foto “para el recuerdo” antes del embarque, esa que en unos años Instagram me recordará.

Subí al avión y el asiento junto a la ventana me esperaba. En cuanto comenzó el despegue cerré los ojos. Recordé la penúltima vez que volé, cuando tuve miedo, y la última, en la que ya estuve mejor. Pero esta vez fue distinto: lo disfruté. Sentí la aceleración, la adrenalina, el momento exacto en que las ruedas dejaron de tocar el piso. Y sí, llámenme romántica, pero me sentí parte del avión, como si mis alas estuvieran más fuertes que nunca. Sin expectativas, sin presiones: sólo la sensación de elevarme cada vez más alto.

Escribo esto ya en fase de crucero, con una sonrisa en los labios y unas ganas enormes de vivir cada minuto de este viaje. Porque sé que estoy rompiendo un paradigma que me persiguió por años: creer que necesitaba compañía para cumplir mis sueños porque no podía hacerlo sola. Y lo curioso es que, cada vez que pensé estar sola, la vida me puso al frente un rostro amigo, una conversación inesperada, una buena vibra que apareció justo donde yo estaba.

El primer aprendizaje que me deja este viaje es simple: no creerle tanto a lo que mi mente me susurra, y abrir los ojos con más consciencia. Vivir cada minuto con intención.

Sé que mis versiones pasadas están orgullosas de mí. Y en estas primeras horas de viaje, ya encontré personas grandiosas en el camino.

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