domingo, 17 de julio de 2016

A la gorda la llevo dentro, ¿y...?

Desde que recuerdo, varias personas se han tomado la atribución de opinar de mi cuerpo, al punto de convertirlo en motivo de burla. Si estoy muy flaca, muy gorda o muy “normalita”. He escuchado comentarios y apodos de todo tipo. Algunos disfrazaban el tono burlón con una cuota de cariño y otros rozaban lo despectivo. Desde “momia con uniforme” hasta “gordito”, y —por increíble que suene— bastaba un par de kilos para pasar de un extremo al otro.

Siempre he creído que tengo otros defectos con los que podrían molestarme, si es que una parte de la vida se trata de eso: mofarse de los “defectos” ajenos. Pero, por alguna razón que seguramente no terminaré de entender, se han afanado con hablar de los kilos que marca la balanza.

Los únicos que endiosaban mi cuerpo han sido mis enamoraditos de turno —y dime, ¿quién no le hablaría bonito al oído a la chica de sus ojos?— tan lindos ellos reafirmando que no debía ni bajar ni subir un gramo, y comprándome una salchipapa con mayonesa, kétchup y guacamole para celebrar que todo estaba donde debía estar.

Pero sí. Me afectaba que opinen de cómo me veía. Me iba a mi cuarto, me echaba a mirar el techo y le daba vueltas a lo mismo: ¿qué tenía que cambiar?. Empecé a pesarme todos los días. A veces el número me tranquilizaba, como si todo estuviera en orden. Otras veces subía un poco y ya no podía dejar de pensarlo. Ese número se me quedaba dando vueltas todo el día… y entonces tocaba compensar: comer menos, “hacerlo mejor”. Sin darme cuenta, empecé a vivir pendiente de eso.

¿Pueden creer que hasta los 17 años me daba vergüenza usar ropa ceñida o escotada? Sabía que sería tema de conversación y que probablemente terminaría en burlas, cuando lo único que quería era salir con amigos, divertirme y pasar un rato en buena onda. En ese intento, comencé a huir del spotlight, a buscar la forma de pasar desapercibida.

Con un poco más de años encima y media carrera universitaria, logré por primera vez sentirme cómoda con mi cuerpo. Empecé a comprar la ropa que me gustaba. Nadie hacía comentarios sobre mi apariencia física y sentía que los malos ratos del colegio habían quedado atrás. O eso creía. Qué ingenua fui a mis veinte años: no tenía ni la menor sospecha de que, años después, sería la “gorda” del grupo.

Siguieron pasando los años y, como a cualquier metabolismo, de un momento a otro empecé a asimilar más cada cosa que comía.

En ese punto activas el plan de emergencia: decides dejar de comer una salchipapa entera porque con tres papitas “subiste un kilo”. Le pones fin a la era de desayunar dos panes ciabatta con huevos revueltos y hot dog, e inicia una nueva vida de huevos sancochados, pan integral con queso light, yogurt como merienda y agua. Te matriculas en el gimnasio, al que vas cada vez que te acuerdas, y te martirizas cada vez que haces una excepción y te comes uno de esos deliciosos pancitos con pollo en el cumpleaños de tu prima.

—¿Torta? ¿Partimos la torta?
—Gracias, tía, pero estoy llena, comí algo antes de venir.

Tienes la línea ensayada. Funciona para todas las reuniones sociales.

Hasta que llega el día en que el vaso se rebalsa. Y ese día, para mí, es hoy.

Hoy he decidido mandar al demonio a esas vocecitas que retumban en mi cabeza con comentarios que no suman. Me declaro detractora de los estándares de belleza y de intentar encajar en ellos. Detractora de la gente que lo primero que hace al verte es lanzar un comentario —como si fuera una lanza directa a tu autoestima— tipo: “¿te subiste unos kilitos? pero si antes eras flaquita”, o que te digan que eres gorda sólo porque te gusta comer.

¿En qué momento normalizamos hablar de los cuerpos ajenos? ¿No hay un tema de conversación más interesante que ese?

Así que hoy me declaro culpable de algo: me encanta comer. A la gorda la llevo dentro, ¿y... ?

Comer está en mi top 2 de placeres de la vida. Soy fan de probar cosas nuevas y redescubrir mis platos favoritos. Me gusta el olorcito del pan recién horneado, ponerle huancaína a las menestras, comer caramelos mientras estoy en el tráfico limeño, tomar una buena taza de café con leche, cenar pastas los viernes por la noche y los domingos compartir con mi familia esos desayunos contundentes.

No permitiré que me quiten el placer de tomar una cerveza helada.
Cuando quiera, cuantas quiera.
Me gusto así.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Lo que pudo pero no fue.

Me estoy haciendo la dormida, no debo moverme. No sé como respirar, ¿cómo se respira mientras duermes? Debo ser la peor fingiendo pero es totalmente necesario no aparentar que ya desperté. Nunca había sentido antes que alguien me miraba mientras dormía, me acaricia el cabello con tanta ternura que lo único que quiero es abrir los ojos y darle un beso. Ahora entiendo que no mentía cuando dijo que no podía dormir mucho cuando me quedaba en su departamento porque prefería contemplarme. Debe estar realmente enamorado de mi. Debe ser real lo que dijo a Ximena el día que ella nos presentó.


"Esa mujer me encanta"

Le encanto y que bien se siente. Intento no moverme. Sinceramente, ha tenido muchísimas oportunidades para sobrepasarse conmigo sin embargo hasta ahora no lo ha hecho, no lo hace. Desde el día que lo conocí, he sido totalmente transparente con el. Nunca había sido totalmente sincera, siempre me guardaba mis trapitos sucios. Pero con el ni si quiera tengo trapos sucios, no quiero tenerlos. De pronto, se me acerca al oído y me dice "me encantas".  Me encantas igual.

Mi espera

He aprendido que algunas cosas no las vas a conseguir luchando más o metiéndote por la ventana después que te cerraron la puerta en la cara. A veces, sólo debes esperar y dejar las cosas fluir. ¿Por qué? Porque no todo depende de ti y tus buenas intenciones. Seamos sinceros y dejemos de lado los clichés que sostienen que "el que la sigue, la consigue" o "todo depende y está en ti" o "blablabla" (¿qué dijo?). Algunas cosas no suceden por que no. Así de simple.

Este año he estado buscando algo de forma desesperada. Sí, lo hacía con desesperación. Todos mis esfuerzos estaban alineados al mismo objetivo, con eso suponía que lo lograría. Tenía todas las estrategias posibles. "Si me cierran la ventana, ¡aún puedo trepar la pared, llegar al techo y hacer un hueco!" Tenía la esperanza y convicción que lo iba a conseguir. (Yo siempre consigo lo que quiero, ¿aún no se han dado cuenta?). Llegue a exagerar al punto de contar que me atormento poniendo la misma canción todos los días al despertar con la "amenaza" de no escuchar otra canción hasta lograr lo que busco (a veces me incentivo de formas raras. NO SOY RARA). Lo peor es que con eso atormento a los demás que también escuchan esa canción ya que la pongo a las 6:15 am y en altavoz. No, no es mi alarma. La rutina va así: Despertar, apagar la alarma, revisar Facebook, lanzarme de mi cama, entrar a Youtube, buscar la canción, darle "play" y comenzar a alistarme para el trabajo. Bueno, a veces cambia el orden de las cosas pero siempre de fondo tengo la misma canción y es aburridísimo escuchar lo mismo una y otra vez por días y días sin saber cuando acabará.

Otra cosa que me he dado cuenta es que por estar tan afanada en encontrar lo que busco, no le he dado la importancia y alegría necesaria a las otras cosas buenas que han pasado, que agradezco hayan sido muchas. Claro, varias de ellas han sido consecuencia de mis acciones en busca del "tesoro" pero como no han sido el "tesoro" he sentido menos felicidad al verlas surgir. De todos modos, hoy quiero hacer un antes y después. Por eso he decidido que dejaré de luchar por lo que busco, quien sabe que tal vez caiga por su propio peso como los demás logros del año o tal vez, en realidad, no lo necesito tanto como pienso.

¿Qué les puedo decir? De verdad, ya le cogí gustito a la espera.


miércoles, 9 de diciembre de 2015

Complicándome los días: Parte 6 - Conexión

"Lo que más me gusta de este corazón que me tocó es que, a pesar de todos mis fracasos, sigue creyendo en el amor. En ese amor que veía de niña en las telenovelas mexicanas con la nana que me cuidaba, o en las comedias románticas donde, después de una gran crisis, el personaje que falló se daba cuenta de que no podía perder a la otra persona y hacía lo que fuera por recuperarla. En ese amor que no existe en la vida real, pero que tantos buscamos con esperanza y, hasta cierto punto, con un poco de obsesión.

Había días en los que, sin darme cuenta, pasaba horas mirando por la ventana, esperando verte aparecer en mi acera. Imaginando que habías venido esta noche porque, cuando uno se da cuenta de que quiere pasar el resto de su vida con alguien, desea que el resto de su vida empiece lo antes posible.

Había días en los que te buscaba en todas partes. En los ojos de otros, en los olores de la calle, en los chistes de personas que ni conocía. Buscaba en cada rincón algo de ti, algo a lo que pudiera aferrarme."

***

- Es extraño, pero de verdad me alegra verte. Después de tanto tiempo… hasta me parece gracioso - dijo Daniela con sinceridad. Era genuina su alegría de tenerlo frente a ella, aunque en el fondo también le inquietaba lo fácil que era sentirse así con él.
- No hubiera sido tanto tiempo si me hubieras dado tu número la última vez que coincidimos - respondió Renzo con una sonrisa pícara.
- Creo que fue una buena decisión. Prefiero que conozcas esta versión a la que solía ser… - murmuró Daniela, sintiendo una punzada de vergüenza al recordar algunas cosas del pasado.
- A mí ya me gustaba la versión anterior… y espero que me permitas conocer a esta nueva - dijo Renzo, con una firmeza que ella nunca le había visto antes.
- De acuerdo.
- ¿Qué? ¿Así sin más? ¿Sin poner resistencia?
- Así sin más - dijo, riendo al final de la frase, como si con esa risa intentara disipar el cosquilleo que sentía en el pecho.

Se quedaron conversando hasta que les pidieron que dejaran el bar. Entre anécdotas, risas y confesiones, fueron quitándose capas invisibles, mostrando partes de sí mismos que rara vez compartían con los demás. Daniela le contó que había aprendido a vivir con el corazón roto, que se había acostumbrado a amar y disfrutar la vida con cada una de sus piezas dispersas. Renzo, por su parte, admitió que su postura segura y encantadora era sólo una coraza; había descubierto hace poco que al protegerse del dolor, también se estaba cerrando a cualquier otra emoción. Y eso… eso explicaba por qué algunas cosas aún no se le daban.

La conexión entre ellos siempre había estado ahí, pero esa noche fue la primera vez que ambos la vieron con claridad. Desde entonces, se encontraron cada vez que pudieron. Y cuando no podían verse, se buscaban en videollamadas, en mensajes de voz, en pequeños detalles compartidos del día a día. Se entendían sin esfuerzo, como si hablar con el otro fuera la cosa más natural del mundo. Había chispas entre ellos, de esas que encienden incendios, pero Daniela se obligaba a apagar ciertos pensamientos antes de que tomaran forma. Aunque… por más que intentara ignorarlos, ahí estaban.

- ¿Y si es él? - pensaba mientras lo escuchaba - ¿y si es la persona con quien viviré mi historia sacada de una película gringa de amor? Porque, admitámoslo, nuestro principio es digno de comedia romántica. Vamos bien… ¿o no? ¿Y si no funciona otra vez? ¿Y si termino con el corazón hecho trizas otra vez? Hablo como si hubiera tenido muchas rupturas, pero la única que tuve fue tan brutal que no sé si quiero volver a pasar por algo así. ¿Para qué arriesgarme? Podríamos ser amigos, una amistad bonita, segura, sin fecha de caducidad. ¿Y si funciona…? 

Daniela era esclava de sus pensamientos. Cuando se trataba de sobrepensar, no existía un botón de emergencia que pudiera salvarla y sacarla de ese bucle mental.

- ¿Estás aquí? - preguntó Renzo, entre curioso y divertido.
- Sí, sí estoy aquí - dijo ella rápidamente - sólo que a veces me distraigo muy rápido, pero claro que estoy aquí.

Renzo la miró como si pudiera leerle la mente.

- No tengas miedo.
- No tengo miedo - mintió.
- Es más fácil si me dices lo que realmente sientes.

Y ahí estaba otra vez: la posibilidad de soltar el miedo, de arriesgarse… o de salir corriendo antes de que fuera demasiado tarde.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Complicándome los días: Parte 5 - Mi voz

"Hoy desperté con miedo nuevamente. Miedo, angustia, ansiedad y dolor profundo. Quisiera poder parar esas ganas de vomitar a las 4 a.m., dejar de mirar el teléfono y darme cuenta que aún quedan muchas horas más para poder dormir. Dejar de esperar que llegue un mensaje o una llamada que me regrese los pedazos de mi que deje en él.

Se van las ganas de vomitar, comienzo a sentir ganas de dormir nuevamente. Lo extraño, sí que lo hago y ahora los días parecen eternos. Antes cuando dejábamos de hablar no se me hacían tan largos los días, antes era mucho más fácil. Tal vez debería dejar de pensar todos los días “Hoy no” así seria mas fácil.

Hoy, sólo se que tengo un lado roto, un lado contento, un lado triste, un lado angustiado, un lado indiferente, un lado orgulloso y mi último lado sólo grita “Sí, te todo”."

***
Junio, 2015

Daniela había terminado con Nicolás hacía nueve meses y, la mayoría del tiempo, estaba bien. El problema eran las noches, cuando los ataques de pánico venían a despertarla, recordándole que todavía había un lado de ella que seguía roto. La atormentaba la idea de haber sido la que amó más, como si estuviera atrapada en una historia que hacía tiempo había perdido sentido.

Ahora tenía la mente puesta en su nuevo trabajo, donde hacía lo que más le apasionaba. Había conocido a muchas personas y, además, había empezado una especialización. Todo parecía ir en la dirección correcta… hasta que un día sonó su teléfono.

- Hola Nico, ¿cómo has estado? Hace tanto tiempo que no escuchaba tu voz.
- Dani, todo bien por aquí. Espero que tu también estés muy bien, no sé nada de ti desde que desactivaste todas tus redes sociales.
- Jajaja, ya no tengo a nadie que quiera ver allí. No tengo un nuevo post o tweet o foto para publicar. Sigo vacía.
- Espero que pronto regrese la dulce y risueña mujer de quién me enamore y desaparezca tu lado melodramático y depresivo. Pero bueno, tengo que contarte algo, por eso te llame.
- Sí, sí, cuéntame antes que comience con mis rollos "melodramáticos" y "depresivos". - Y yo espero que vuelvas a ser el tímido sujeto de ojos preciosos y misteriosos con ganas de dedicar canciones y enamorarse para siempre y dejes atrás al patán egocéntrico y vanidoso que sólo piensa en donde va a tomar el fin de semana, pensé.
- Hmmm, bueno... Conocí a alguien...
- Ya...
- La conocí de la nada, estuve parado en el lugar correcto. Nos miramos, sonreímos y fue amor a primera vista.
- Ya...
- Y hace unos días le pedí que sea mi novia...
- Ya... - Sentí un hoyo en la garganta, en el estomago, en el corazón...
- Me dijo que sí y quería que te enteres de esta noticia por mi y no stalkeando de la cuenta de Facebook de alguna de tus amigas.
- Ya...
(Silencio incómodo)
- Estoy manejando Nico, espero que seas inmensamente feliz, te lo juro que lo deseo. Hablamos otro día, cuídate mucho.

Daniela colgó la llamada, estaba temblando.

***

Desde que Daniela tenía más tiempo libre del que estaba acostumbrada, comenzó a asistir a los ensayos de la banda de Andrés, su primer buen amigo en la facultad, todos los martes y jueves a las 8 p.m. Aunque la música que tocaban no era de sus géneros favoritos, y a menudo era bastante ruidosa, encontraba consuelo en esas sesiones. Cuando la veían un poco triste, decidían tocar algunas de sus canciones favoritas y la dejaban ser la segunda voz. Ellos creían que, con la música, lograrían que volviera a sonreír. Un día tuvo tanta suerte que cantó una canción completa. Ese día, había llegado al garaje con los ojos hinchados y llorosos por lo mucho que extrañaba a su mejor amigo, Nicolás. Paula y Ximena, quienes siempre competían por quién tenía la mejor voz, solían ser las únicas candidatas para ser la voz femenina de la banda. Sin embargo, por votación unánime, si alguna mujer debía estar en la banda, esa sería ella. No entendía por qué, y aunque el tema de la banda no le importaba mucho, admitía que le divertía ver las caras de enojo de sus amigas. Después de todo, ellas eran sus mejores amigas y molestarles era uno de sus pasatiempos favoritos.

Todos los viernes sus amigos tocaban en un pequeño bar cerca de la avenida Arequipa y en una de esas tocadas, le ocurrió algo que realmente la sacó de su zona de confort. Era la quinta vez que asistía y no esperaba que sucediera nada fuera de lo común. Estaba sentada en la barra con su cerveza habitual, mientras escuchaba a Ximena quejarse una vez más del patán de Juan Diego. Ximena era tan bonita y divertida que no entendía por qué se aferraba tanto a la idea de que Juan Diego, quien la había engañado más veces de las que podía contar, era el amor de su vida.

Miraba su celular de vez en cuando, por si acaso recibía algún mensaje del tipo "¿qué planes para más tarde?" que la sacara del lugar. Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Andrés tuvo la brillante idea de invitarla al escenario.

- Amigos, la siguiente canción tiene muchísimo significado para toda la banda. Últimamente, la hemos tocado más seguido y siempre con la voz de una de nuestras mejores amigas. Hoy quiero que todos conozcan este dúo. Por favor, Dani, ven aquí.

- ¡Estaba loco! ¿Cómo se le ocurría hacer semejante cosa? - Pensó Daniela 

Ella estaba acostumbrada a cantar con la banda en los ensayos, e incluso un par de veces le habían pedido formalmente hacer un dúo, pero siempre se había negado. No porque pensara que cantaba mal, sino porque le daba muchísima vergüenza. Andrés ya la había presentado, así que no tuvo más opción que subir al escenario. Se quitó los lentes para no ver a nadie, agradeciendo haber estado tan desganada como para no usar los de contacto. También dejó su chaqueta en la mesa; por suerte, llevaba puesto su vestido negro, ese que solía usar cuando quería pasar desapercibida, permitiendo que lo único visible fuera su tatuaje en el hombro izquierdo. Ese tatuaje, según ella, le quitaba la "cara de niña buena" que siempre decían que tenía.

- Hola, soy Daniela y desde ya les pido disculpas por la voz.

Entre risas comenzó a cantar. Mientras cantaba sintió nuevamente esa sensación de libertad, de que no importa la opinión de los demás, ni las consecuencias, ni el futuro, ni nada que generalmente le provocaba ansiedad. La canción pasó más rápido de lo que pensó y lo disfrutó muchísimo. Bajó del escenario con un sentimiento de gratitud por ese momento y una paz que hace tanto no sentía.

- Tenías un talento más escondido. Eres toda una caja de sorpresas, señorita - la voz de Renzo complementó perfecto todas las emociones que ella sentía en ese momento.
- ¡Holaaaa! - Daniela lo abrazó, y después de 10 segundos se dio cuenta lo que acababa de hacer y sintió tal vergüenza que se sonrojó.
- Si hubiera sabido que me recibirías con tanta felicidad, créeme que aparecía en tu casa al día siguiente de la última vez que te vi. 
- Lo siento, me excedí. Estoy con las emociones a flor de piel, créeme que pocas veces me sucede un impulso así. ¿Cómo has estado?
- Gracias por preguntarlo por primera vez, la tercera es la vencida, dicen. Bien, muy bien. Vine con unos amigos porque nos recomendaron esta banda. ¿Tú? ¿Cómo estas? ¿Por fin podré conocer a tu novio?
- Hmmm, bueno... ya no tengo novio pero juro que no era imaginario, sí existía.
- Jajaja, eso lo dije de broma. Pero lo que no es broma es que te asienta bien no tener novio.

Daniela sentía que estaba alucinando. Hace sólo unas horas se sentía fatal por la "buena nueva" de Nicolás y ahora se encontraba nuevamente con Renzo. Los sentimientos de culpa se habían desvanecido y lo único que quería esa noche era conocer al tipo despreocupado que aparecía cuando más lo necesitaba.

Domingo

Domingo. Tengo la televisión prendida en ISAT pero no le prestó ni un poco de atención. A mi lado tengo medio big crunch con las papas fritas tiradas por todos lados de la bolsa de papel y en la mesa una cerveza con sabor a "no juegues con nadie". Sí, siempre he pensado que todas las cervezas tienen sabor a algo y la de hoy, particularmente, está más amarga de lo que prefiero sin embargo es exactamente como debe sentirse al pasar por mi lengua. Amarga.

Su mirada irritante aparece en mi cabeza y revivo el momento en que la vi por el retrovisor mientras soltaba en tono burlón la frase "no juegues con nadie" y yo, como consecuencia, frené bruscamente después de oírla. No puede estar más loca, pensé.

¿Era posible que yo juegue con alguien a estas alturas del partido? Si es justamente lo que estoy intentando no hacer por más de 40 meses y por eso estoy donde estoy. Sola. Mi maldita sinceridad, mi estúpido sentido de culpa y el ver sólo a una persona en las fotos futuras de viajes y risas bobas.

Pero, ¿a quién puedo dañar? ¿A quién le puede doler si paso un domingo viendo películas recostada en alguien o sola abrazando mi rinoceronte azul de peluche? ¿A quién si quiera le puede molestar la simple idea de que amanezca en brazos de un sujeto que lo único que conoce de mi es que tengo un lunar en el cuello (que le encanta morder)? ¿A quién traicionaría si decido ir a un bar a conocer a alguien por una noche o tal vez decido decirle que sí a una relación para toda la vida? ¿Quién se despierta y desea que tenga un lindo día? ¿Quién vendrá cuando me sienta vacía y dirá: "Estoy aquí"? ¿Quién está enamorado de este desastre al punto de querer que yo sea sólo su chica?

No puedo seguir engañándome.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Complicándome los días: Parte 4 - El principio del fin

"Hoy regrese a casa muy temprano de una fiesta. Prendí la televisión y vi el reloj, eran las 2 am. Recordé cuando salíamos a adueñarnos de una pista de baile o una mesa de un bar, muchas veces las dos cosas al mismo tiempo. Recordé el feeling con que volvía a casa. Sintiéndome culpablemente feliz, riendo mientras apoyaba mi cabeza en la almohada y recordaba como te besaba. Nos besábamos cada vez que se podía y también cuando no. 

Intente huir de ti, crear razones de porque sería un fracaso estar juntos para siempre. Ahora, pasan los días y es como si nada pasara. No quiero dar a entender que no hago nada, porque tampoco es que mi vida gire entorno a una relación. Sólo que desde que decidí jugar en otra partida ya no soy ni la décima parte de lo feliz que era contigo. Es extraño, yo tampoco lo entiendo. 

Sin embargo... Si regresáramos en el tiempo, volvería a hacer todo igual. "

***

Setiembre, 2014


Las cosas con Nicolás en lugar de mejorar, cada día empeoraba. El abismo que los separaba era demasiado grande como para poder construir un puente que los acerque y Daniela decidió dejar de mentirse y tomar decisiones para que ambos pudieran ser felices.

- Hola Nico, ¿cómo estás?
- Hola Dani. Bien, ¿tu cómo estás?
- Bien, también. Te llamaba porque me gustaría que nos veamos, creo que ya han pasado varios meses desde que dejamos las cosas en pausa y es momento de conversarlo.
- Sí, de acuerdo. ¿Te parece si voy a tu casa en la noche, luego del trabajo?
- Sí, perfecto. Nos vemos luego entonces.

Daniela no podía dejar de pensar que uno de los momentos más incómodos que existen es cuando estás próximo a terminar con una persona con la que solías compartir todo. De risas, complicidad, bromas, pasas a conversaciones huecas, frías, cortantes. Sin embargo, ella tenía claro que una relación no se trata de estabilidad, sino de felicidad, y a pesar de que intentó negarlo mil veces, hacía mucho que ninguno de los dos era completamente feliz. Sabía que estaba tomado la mejor decisión, pensando en ambos y lamentablemente le tocaba a ella ser quien ponga los puntos en las íes aunque su corazón se haga trizas. Perdió a su mejor amigo y tendría que aprender a vivir con esa pérdida.

Llegó la noche, y Nicolás llegó tal como habían quedado.

- Hola Nico, me gustaría que esta conversación sea rápida - dijo Daniela, con tono firme - han pasado varios meses desde que decidimos darnos un tiempo para pensar las cosas. De tu lado no he visto ninguna intención por solucionar lo que teníamos.
- Dani, ¿es en serio? ¿me estás tratando de echar la culpa? - interrumpió Nicolás con un tono defensivo.
- No, no estoy buscando culpables. No quise hacerte sentir así. Bueno, ninguno se los dos mostró una intención, ¿mejor?
- Sí, tu tampoco me buscaste. Me dijiste que estarías para mi, es verdad, pero tampoco me buscaste.
- Esta bien, Nico. Ninguno de los dos mostró intención por solucionar nuestra relación y yo no puedo estar más tiempo en la incertidumbre de si estoy con alguien o estoy soltera.
- Ah, ¿entonces esta conversación es para que puedas estar soltera? - agregó Nicolás mantenimiento el tono defensivo.
- No, Nico. Me sorprende un poco las respuestas que me estás dando. - dijo Daniela mientras sonrió sintiéndose frustrada porque no estaba fluyendo la conversación.
- Bueno, continúo, ya no quiero estar contigo Nicolás. Gracias por tantos años, pensé que este día nunca llegaría a nuestras vidas, me imaginé nuestros futuros de manera distinta pero la vida da giros inesperados.

Nicolás miraba a Daniela sin decir nada, el espacio se volvió muy incómodo. Ella tuvo una expectativa distinta de como sería terminar, esperaba poder quedar como amigos y que la situación sea un poco más cordial. Tal vez la firmeza de Daniela lo tomó por sorpresa pero luego de 5 minutos en silencio, Daniela se despidió y salió del auto donde estaban conversando.

***

Diciembre, 2014

Pasaron los meses, y Daniela recuperó a los amigos que había dejado de lado por las salidas que hacía sola a Juanelo, por los fines de semana en los que iba al departamento de Nicolás, y por las largas noches dedicadas a terminar su tesis para graduarse como psicóloga. Había olvidado lo geniales que eran las madrugadas escuchando a Andrés tocar la guitarra, las discusiones entre Ximena y Paula sobre quién cantaba mejor, la chaqueta de Ignacio que siempre usaba por el frío y el buen olor a cigarro, sus vasos de ron con un poco de Coca-Cola, la tranquilidad de la noche y la necedad de no dormir hasta ver el amanecer.

Daniela tiene veintitrés años y estaba soltera después de tantos años. Seis, para ser exactos, corrección, casi seis. No tenía novio con quien ir a las bodas de sus amigas, ni con quien disfrutar de los martes de 2x1 en el cine, o compartir el postre de la cena, y, peor aún, tampoco tenía un mejor amigo. Al principio, fue extraño que nadie la regañara cuando no avisaba que llegaba tarde a casa, o que nadie le dijera "buenas noches, mi bonita". Lo que más extrañaba era no tener su calendario lleno de tradiciones, y la que más le dolió eliminar fue "los miércoles de chistes monses". Pero poco a poco se fue acostumbrando a desearse buenas noches a sí misma y a despertar pensando que cada día debía valer la alegría, a pesar de que, en momentos, su cuerpo se llenara de tristeza.

Decidió que era momento de empezar de nuevo. Aceptó las invitaciones a cenar y salir en citas. Tal vez, con un poco de suerte, dejaría que alguien la enamorara. Sin embargo, a pesar de haber conocido a muy buenos sujetos, nadie llamaba completamente su atención. Pero no había prisa. Siguió estudiando y creciendo profesionalmente y como persona. Finalmente, había logrado desenvolverse en lo que siempre había buscado, y seguir logrando metas era lo único para lo que tenía prisa. Siendo sincera, deseaba estar sola, conocerse de nuevo, ser feliz consigo misma, mirarse al espejo y estar orgullosa de lo que se había convertido.

- ¿Soy la mujer que quería ser cuando era niña? - Se preguntaba mientras sonreía al espejo.