sábado, 12 de noviembre de 2016

Veinticinco

Siempre pensé que cumplir veinticinco años era un número hito para celebrar. Sin embargo, después de estar celebrando mi cumpleaños desde que tengo diecisiete años de la misma manera: Variedad de trago y por litros, tequila con sal, luces de colores, música de moda, amigos cercanos y el clásico pollo al horno de mi papá, decidí que este año no celebraría. No tenía ganas. No tenía la misma emoción por mi cumpleaños que años anteriores y para ser sincera creo que nadie en todo el mundo adora más su cumpleaños que yo, para mi es mi día, el único que me permito ser totalmente egocéntrica y deseo ser la más engreída. Pero, las cosas no andaban bien en casa ni en mi cabeza. Casi un mes entero me la pase analizando que había logrado en veinticinco años y si era la persona con quien soñaba ser cuando era niña. La verdad es que me presiono mucho, espero más de mi de lo que puedo conseguir dando mi trescientos por ciento. Siempre estoy en competencia conmigo, siempre siento que puedo hacer las cosas mejor y nunca estoy satisfecha con lo que tengo. Hoy, con veinticinco años y un mes exactamente, viendo mi vida desde afuera y con otros ojos debo aceptar con muchísima pena que gracias a esa forma de ser no he disfrutado de las pequeñas cosas ni de la compañía de las personas.

Este nuevo año trajo consigo una lección dura pero que mejorará mis relaciones amores significativamente. Aprendí lo que es terminar una relación. Imagínense, recién ahora vengo a aprender eso. Fue así, dos días después de mi cumpleaños, se fue de mi vida. Desapareció. Ausencia total. No sé nada de él, ni él de mi. Nunca va a cambiar de opinión acerca de lo que decidió. No hay vuelta atrás, no hay conversaciones para intentar solucionar "lo solucionable", no hay segundas oportunidades, no hay un: "¿te gustaría volver a intentarlo?". Terminamos. Se acabó y así es como funciona en realidad la cosa y yo tenía un equivocado concepto de que terminas con alguien pero sigues en contacto y es muy probable que al poco tiempo vuelvan para seguir intentando que funcione y así un bucle de más o menos cien intentos. Mi último novio me enseñó el significado de terminar una relación y lo doloroso que es la ausencia de alguien que antes era prácticamente todo. Si me preguntan si lo he podido olvidar, la respuesta es que no. Esta presente en todas mis conversaciones, en mis buenos días de cada mañana, en mis buenas noches de cada noche, en la hora de almuerzo le cuento mentalmente la comida del día, esta en cada salud que doy cuando levanto una cerveza, su manera de mirarme esta en mi cabeza como la instantánea más preciosa que guardo en mi corazón, su sonrisa la veo reflejada aún en mi cuando sonrío y a veces algunos "te amo" pronuncian mis labios aunque sin voz. Me hace falta pero ya terminamos para siempre, la decisión esta tomada y por algo bueno debe ser. Aprenderé pronto a vivir sin él y sin tener que tenerlo presente en mi. Entonces, si alguien decide terminar una relación significa que ya no hay nada más de que hablar, no van a estar en contacto, es una decisión firme y definitiva, olviden las segundas oportunidades, olviden esas frases tontas que repiten amigos de amigos de amigos: "Si es para ti, volverá. / Dale tiempo, en un futuro pueden volver a estar juntos. / Los hombres extrañan cuando pasa mucho tiempo, tal vez en un año te busca de nuevo" son puras mentiras, no se quien comenzó la falsa idea de que "el tiempo" dice el valor de las cosas cuando "el tiempo" sólo te sirve para superar las mismas cosas. Si decidió terminar contigo es porque no quiere estar contigo, ni hoy, ni mañana, ni en un par de años, así que lo mejor que puedes hacer es desde el día 1 trabajar en olvidar y soltarlo de tu alma. La clave de todo es enfocarse en lo que realmente importa y mantenerse positivo. Si la persona que amas se va es para ya no volver y la verdad es que extrañar duele pero aún nadie se ha muerto por extrañar o por amor. Así que mantente positiva y intenta sonreír así duela, que se vaya quién se tenga que ir que no pasa nada.

Lo mejor que puedes hacer es tomar esta experiencia y aprender de ella, usarla para experiencias futuras y obtener cada vez un mejor resultado.

Todo pasa, todo mejora, todo se olvida.
Mantente positiva.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Sin ganas de intentar

(Escribo y no tengo muchas ganas de hacerlo pero dicen que es buena terapia. Luego de años releerme y reírme de lo patética que puedo llegar a ser.)

Solía ser una persona muy terca. Sí, demasiado. Siempre manejo muchas estratégicas para lograr el mismo objetivo y si es que al final nada de lo que he planteado logra funcionar, saco de mi cajón la carta "manotazos de ahogado" que me ha dado resultados en pocas ocasiones pero siempre hay que intentarlo todo antes de izar la bandera blanca y decir: "Me rindo vida, tu ganas". Normalmente cuando decido irme es porque ya jugué todas las cartas y no tengo absolutamente nada más por ejecutar y tampoco que perder. Así que me voy tranquila del ruedo y en paz conmigo, aceptando que mi contrincante esta vez fue más astuto que mis estrategias, dándole la mano y agradeciendo por el tiempo jugado y vuelvo a mi sendero sin mirar atrás con una sonrisa en los labios. Sin embargo, esta es la primera vez que me han quitado las ganas de intentar. Podría hacer muchas cosas pero sólo hice un par de movimientos que obviamente no dieron (ni darán) resultado y no sé si es porque el resultado estaba cantado desde el inicio o porque no lo hice con el ímpetu que me caracteriza.

Decidí irme del juego, aceptando que he perdido y sin intentar meterme por la ventana cuando me cierran la puerta como solía hacer. Todo estaría bien si me habrían quitado las ganas de jugar sólo en esta partida pero el principal problema es que siento que me han quitado las ganas de jugar todas las partidas, todos los juegos y en todos los modos. Es como si me hubieran robado la alegría y las ganas de vivir del alma y ahora sólo soy una persona que camina por caminar, sin motivaciones, sin mañanas, sin planes, sin estrategias. Viviendo un día a la vez de la mejor forma que se hacerlo en piloto automático.

Decidí irme del juego pero siendo mucho más incrédula y estando más a la defensiva que antes. He colocado mil escudos para que nadie pueda hacerme sentir de nuevo como una persona que no vale la pena y menos la alegría. Tengo aún cada una de sus palabras resonando en mi cabeza y en la mañanas cuando despierto esperando que todo lo vivido sea sólo un mal sueño, la angustia se apodera de mi cuerpo y ciertas ganas de hacer algo por cambiar mi suerte pero luego recuerdo que no tengo las fuerzas para hacerlo ni la motivación. Luego recuerdo que no hay nada dentro de mis posibilidades que pueda hacer para solucionar las cosas.

Decidí irme del juego pero ahora no creo en las palabras y siento que no volveré a creer. No creo en las personas con bonita sonrisa. No creo en los para siempre. No creo que todo tenga solución, antes pensaba que si, que con ganas y punche una roca puede convertirse en mariposa y solía pensar que las personas cuando aman perdonan. No creo en las segundas oportunidades. No creo en que el tiempo mejora las cosas. No creo en que si algo es para ti por obra y magia del destino caerá del cielo y llegará a ti. No creo en nada de lo que no pueda ver.

Me rindo mi vida, ganaste y te llevaste mis ganas de ganar.

domingo, 2 de octubre de 2016

Entrelineas

Domingo. Despierto y me doy cuenta que no hay nadie en casa. Me gusta estar sola, desearía que mi cabeza también se vaya junto a los demás y dejar de pensar. Tomo una ducha, con la mente un poco caliente, y me pongo lo más cómodo que encuentro. Prendo un cigarro, cierro la puerta de mi cuarto y comienzo a soñar con que hubiera pasado si. Maldita costumbre de crear diferentes escenarios a situaciones que ocurrieron hace más de diez años. Las decisiones ya están tomadas, la suerte ya esta echada y gracias a eso estoy donde estoy y, siendo totalmente sincera, sigo tranquila y viva. Sin embargo, aún así sigo pensando en todos los mensajes entrelineas. 

"Dame un tiempo"

¿Qué significa dar tiempo? Nunca he entendido el verdadero significado porque asumo que cada uno tiene una distinta versión del "tiempo". Las pocas veces que he utilizado esa frase ha sido con un mensaje entrelineas: Necesito aprender a vivir sin "eso" que me complica los días, voltear la página y dar un nuevo comienzo. Otro mensaje podría ser: Déjame intentar otra cosa y si no funciona, volveré donde estaba. Tantos supuestos que me revolotean en la cabeza y es por eso que hoy he decidido tomar otra decisión y quiero que quede aquí como bitácora de mi vida. (Para los que no saben, muchas de las historias que publico son la versión que hubiera querido de algo, lo que me contaron, lo que escuché, lo que imaginé y otras tantas son bitácora de mi vida, que me ha servido cuando en medio de una discusión han querido cambiarme la versión de las cosas y mi carta bajo la manga fue sacar un publicación antigua en donde escribía literalmente como sucedieron las cosas). En fin, hoy decido dejar de asumir mensajes entrelineas, dejar de poner palabras en mi cabeza que la otra persona nunca dijo (tal vez ni si quiera pensó), dejar de asumir y dejar de pensar en los que hubiera pasado si. 

El tiempo está corriendo muy de prisa y es cuestión de cada uno utilizar su tiempo en lo que le venga en gana. Es decir, tienes todo el tiempo que vivas, al igual que yo y creo que he desperdiciado mucho porcentaje de mi tiempo en cosas que no valen la alegría y ya no estoy para vivir en penas. Ya llego mi tiempo en que tengo mucho que ganar. Mi tiempo de ser inmensamente feliz y tengo las herramientas para serlo. Hace unos meses dije que ya le había cogido un especial gustito a la espera sin embargo llegó el tiempo de ir a buscar las cosas que carezco y necesito para vivir en paz. Se acabaron los mensajes entrelineas, se acabo el modo "stand by", se acabo esperar que llegue lo que tiene que llegar, se acabo vivir más en el pasado que en el presente. 

Ahora, voy por ti...

domingo, 17 de julio de 2016

A la gorda la llevo dentro, ¿y...?

Desde que recuerdo, varias personas se han tomado la atribución de opinar de mi cuerpo, al punto de convertirlo en motivo de burla. Si estoy muy flaca, muy gorda o muy “normalita”. He escuchado comentarios y apodos de todo tipo. Algunos disfrazaban el tono burlón con una cuota de cariño y otros rozaban lo despectivo. Desde “momia con uniforme” hasta “gordito”, y —por increíble que suene— bastaba un par de kilos para pasar de un extremo al otro.

Siempre he creído que tengo otros defectos con los que podrían molestarme, si es que una parte de la vida se trata de eso: mofarse de los “defectos” ajenos. Pero, por alguna razón que seguramente no terminaré de entender, se han afanado con hablar de los kilos que marca la balanza.

Los únicos que endiosaban mi cuerpo han sido mis enamoraditos de turno —y dime, ¿quién no le hablaría bonito al oído a la chica de sus ojos?— tan lindos ellos reafirmando que no debía ni bajar ni subir un gramo, y comprándome una salchipapa con mayonesa, kétchup y guacamole para celebrar que todo estaba donde debía estar.

Pero sí. Me afectaba que opinen de cómo me veía. Me iba a mi cuarto, me echaba a mirar el techo y le daba vueltas a lo mismo: ¿qué tenía que cambiar?. Empecé a pesarme todos los días. A veces el número me tranquilizaba, como si todo estuviera en orden. Otras veces subía un poco y ya no podía dejar de pensarlo. Ese número se me quedaba dando vueltas todo el día… y entonces tocaba compensar: comer menos, “hacerlo mejor”. Sin darme cuenta, empecé a vivir pendiente de eso.

¿Pueden creer que hasta los 17 años me daba vergüenza usar ropa ceñida o escotada? Sabía que sería tema de conversación y que probablemente terminaría en burlas, cuando lo único que quería era salir con amigos, divertirme y pasar un rato en buena onda. En ese intento, comencé a huir del spotlight, a buscar la forma de pasar desapercibida.

Con un poco más de años encima y media carrera universitaria, logré por primera vez sentirme cómoda con mi cuerpo. Empecé a comprar la ropa que me gustaba. Nadie hacía comentarios sobre mi apariencia física y sentía que los malos ratos del colegio habían quedado atrás. O eso creía. Qué ingenua fui a mis veinte años: no tenía ni la menor sospecha de que, años después, sería la “gorda” del grupo.

Siguieron pasando los años y, como a cualquier metabolismo, de un momento a otro empecé a asimilar más cada cosa que comía.

En ese punto activas el plan de emergencia: decides dejar de comer una salchipapa entera porque con tres papitas “subiste un kilo”. Le pones fin a la era de desayunar dos panes ciabatta con huevos revueltos y hot dog, e inicia una nueva vida de huevos sancochados, pan integral con queso light, yogurt como merienda y agua. Te matriculas en el gimnasio, al que vas cada vez que te acuerdas, y te martirizas cada vez que haces una excepción y te comes uno de esos deliciosos pancitos con pollo en el cumpleaños de tu prima.

—¿Torta? ¿Partimos la torta?
—Gracias, tía, pero estoy llena, comí algo antes de venir.

Tienes la línea ensayada. Funciona para todas las reuniones sociales.

Hasta que llega el día en que el vaso se rebalsa. Y ese día, para mí, es hoy.

Hoy he decidido mandar al demonio a esas vocecitas que retumban en mi cabeza con comentarios que no suman. Me declaro detractora de los estándares de belleza y de intentar encajar en ellos. Detractora de la gente que lo primero que hace al verte es lanzar un comentario —como si fuera una lanza directa a tu autoestima— tipo: “¿te subiste unos kilitos? pero si antes eras flaquita”, o que te digan que eres gorda sólo porque te gusta comer.

¿En qué momento normalizamos hablar de los cuerpos ajenos? ¿No hay un tema de conversación más interesante que ese?

Así que hoy me declaro culpable de algo: me encanta comer. A la gorda la llevo dentro, ¿y... ?

Comer está en mi top 2 de placeres de la vida. Soy fan de probar cosas nuevas y redescubrir mis platos favoritos. Me gusta el olorcito del pan recién horneado, ponerle huancaína a las menestras, comer caramelos mientras estoy en el tráfico limeño, tomar una buena taza de café con leche, cenar pastas los viernes por la noche y los domingos compartir con mi familia esos desayunos contundentes.

No permitiré que me quiten el placer de tomar una cerveza helada.
Cuando quiera, cuantas quiera.
Me gusto así.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Lo que pudo pero no fue.

Me estoy haciendo la dormida, no debo moverme. No sé como respirar, ¿cómo se respira mientras duermes? Debo ser la peor fingiendo pero es totalmente necesario no aparentar que ya desperté. Nunca había sentido antes que alguien me miraba mientras dormía, me acaricia el cabello con tanta ternura que lo único que quiero es abrir los ojos y darle un beso. Ahora entiendo que no mentía cuando dijo que no podía dormir mucho cuando me quedaba en su departamento porque prefería contemplarme. Debe estar realmente enamorado de mi. Debe ser real lo que dijo a Ximena el día que ella nos presentó.


"Esa mujer me encanta"

Le encanto y que bien se siente. Intento no moverme. Sinceramente, ha tenido muchísimas oportunidades para sobrepasarse conmigo sin embargo hasta ahora no lo ha hecho, no lo hace. Desde el día que lo conocí, he sido totalmente transparente con el. Nunca había sido totalmente sincera, siempre me guardaba mis trapitos sucios. Pero con el ni si quiera tengo trapos sucios, no quiero tenerlos. De pronto, se me acerca al oído y me dice "me encantas".  Me encantas igual.

Mi espera

He aprendido que algunas cosas no las vas a conseguir luchando más o metiéndote por la ventana después que te cerraron la puerta en la cara. A veces, sólo debes esperar y dejar las cosas fluir. ¿Por qué? Porque no todo depende de ti y tus buenas intenciones. Seamos sinceros y dejemos de lado los clichés que sostienen que "el que la sigue, la consigue" o "todo depende y está en ti" o "blablabla" (¿qué dijo?). Algunas cosas no suceden por que no. Así de simple.

Este año he estado buscando algo de forma desesperada. Sí, lo hacía con desesperación. Todos mis esfuerzos estaban alineados al mismo objetivo, con eso suponía que lo lograría. Tenía todas las estrategias posibles. "Si me cierran la ventana, ¡aún puedo trepar la pared, llegar al techo y hacer un hueco!" Tenía la esperanza y convicción que lo iba a conseguir. (Yo siempre consigo lo que quiero, ¿aún no se han dado cuenta?). Llegue a exagerar al punto de contar que me atormento poniendo la misma canción todos los días al despertar con la "amenaza" de no escuchar otra canción hasta lograr lo que busco (a veces me incentivo de formas raras. NO SOY RARA). Lo peor es que con eso atormento a los demás que también escuchan esa canción ya que la pongo a las 6:15 am y en altavoz. No, no es mi alarma. La rutina va así: Despertar, apagar la alarma, revisar Facebook, lanzarme de mi cama, entrar a Youtube, buscar la canción, darle "play" y comenzar a alistarme para el trabajo. Bueno, a veces cambia el orden de las cosas pero siempre de fondo tengo la misma canción y es aburridísimo escuchar lo mismo una y otra vez por días y días sin saber cuando acabará.

Otra cosa que me he dado cuenta es que por estar tan afanada en encontrar lo que busco, no le he dado la importancia y alegría necesaria a las otras cosas buenas que han pasado, que agradezco hayan sido muchas. Claro, varias de ellas han sido consecuencia de mis acciones en busca del "tesoro" pero como no han sido el "tesoro" he sentido menos felicidad al verlas surgir. De todos modos, hoy quiero hacer un antes y después. Por eso he decidido que dejaré de luchar por lo que busco, quien sabe que tal vez caiga por su propio peso como los demás logros del año o tal vez, en realidad, no lo necesito tanto como pienso.

¿Qué les puedo decir? De verdad, ya le cogí gustito a la espera.


miércoles, 9 de diciembre de 2015

Complicándome los días: Parte 6 - Conexión

"Lo que más me gusta de este corazón que me tocó es que, a pesar de todos mis fracasos, sigue creyendo en el amor. En ese amor que veía de niña en las telenovelas mexicanas con la nana que me cuidaba, o en las comedias románticas donde, después de una gran crisis, el personaje que falló se daba cuenta de que no podía perder a la otra persona y hacía lo que fuera por recuperarla. En ese amor que no existe en la vida real, pero que tantos buscamos con esperanza y, hasta cierto punto, con un poco de obsesión.

Había días en los que, sin darme cuenta, pasaba horas mirando por la ventana, esperando verte aparecer en mi acera. Imaginando que habías venido esta noche porque, cuando uno se da cuenta de que quiere pasar el resto de su vida con alguien, desea que el resto de su vida empiece lo antes posible.

Había días en los que te buscaba en todas partes. En los ojos de otros, en los olores de la calle, en los chistes de personas que ni conocía. Buscaba en cada rincón algo de ti, algo a lo que pudiera aferrarme."

***

- Es extraño, pero de verdad me alegra verte. Después de tanto tiempo… hasta me parece gracioso - dijo Daniela con sinceridad. Era genuina su alegría de tenerlo frente a ella, aunque en el fondo también le inquietaba lo fácil que era sentirse así con él.
- No hubiera sido tanto tiempo si me hubieras dado tu número la última vez que coincidimos - respondió Renzo con una sonrisa pícara.
- Creo que fue una buena decisión. Prefiero que conozcas esta versión a la que solía ser… - murmuró Daniela, sintiendo una punzada de vergüenza al recordar algunas cosas del pasado.
- A mí ya me gustaba la versión anterior… y espero que me permitas conocer a esta nueva - dijo Renzo, con una firmeza que ella nunca le había visto antes.
- De acuerdo.
- ¿Qué? ¿Así sin más? ¿Sin poner resistencia?
- Así sin más - dijo, riendo al final de la frase, como si con esa risa intentara disipar el cosquilleo que sentía en el pecho.

Se quedaron conversando hasta que les pidieron que dejaran el bar. Entre anécdotas, risas y confesiones, fueron quitándose capas invisibles, mostrando partes de sí mismos que rara vez compartían con los demás. Daniela le contó que había aprendido a vivir con el corazón roto, que se había acostumbrado a amar y disfrutar la vida con cada una de sus piezas dispersas. Renzo, por su parte, admitió que su postura segura y encantadora era sólo una coraza; había descubierto hace poco que al protegerse del dolor, también se estaba cerrando a cualquier otra emoción. Y eso… eso explicaba por qué algunas cosas aún no se le daban.

La conexión entre ellos siempre había estado ahí, pero esa noche fue la primera vez que ambos la vieron con claridad. Desde entonces, se encontraron cada vez que pudieron. Y cuando no podían verse, se buscaban en videollamadas, en mensajes de voz, en pequeños detalles compartidos del día a día. Se entendían sin esfuerzo, como si hablar con el otro fuera la cosa más natural del mundo. Había chispas entre ellos, de esas que encienden incendios, pero Daniela se obligaba a apagar ciertos pensamientos antes de que tomaran forma. Aunque… por más que intentara ignorarlos, ahí estaban.

- ¿Y si es él? - pensaba mientras lo escuchaba - ¿y si es la persona con quien viviré mi historia sacada de una película gringa de amor? Porque, admitámoslo, nuestro principio es digno de comedia romántica. Vamos bien… ¿o no? ¿Y si no funciona otra vez? ¿Y si termino con el corazón hecho trizas otra vez? Hablo como si hubiera tenido muchas rupturas, pero la única que tuve fue tan brutal que no sé si quiero volver a pasar por algo así. ¿Para qué arriesgarme? Podríamos ser amigos, una amistad bonita, segura, sin fecha de caducidad. ¿Y si funciona…? 

Daniela era esclava de sus pensamientos. Cuando se trataba de sobrepensar, no existía un botón de emergencia que pudiera salvarla y sacarla de ese bucle mental.

- ¿Estás aquí? - preguntó Renzo, entre curioso y divertido.
- Sí, sí estoy aquí - dijo ella rápidamente - sólo que a veces me distraigo muy rápido, pero claro que estoy aquí.

Renzo la miró como si pudiera leerle la mente.

- No tengas miedo.
- No tengo miedo - mintió.
- Es más fácil si me dices lo que realmente sientes.

Y ahí estaba otra vez: la posibilidad de soltar el miedo, de arriesgarse… o de salir corriendo antes de que fuera demasiado tarde.