domingo, 28 de diciembre de 2025

Otro nivel desbloqueado

El 28 de septiembre del 2021, les conté por primera vez que entendía lo que significaba soltar. Pero ¿saben qué aprendí este año? Que cuando creemos que entendimos todo, que por fin terminamos de leer las reglas de este videojuego llamado vida, el servidor nos pide hacer una actualización que trae consigo un nuevo manual. Sí, otras mil quinientas páginas en Arial 10 y sin interlineado por leer, entonces aún queda mucho pan por rebanar, y en la medida en que vas interiorizando cada página, se clarifican nuevas aristas que hace unos años simplemente no veías.

Hoy, he estado desde la mañana más reflexiva que de costumbre. Entre conversaciones con amigos y demás, decidí escribir en mi diario los aprendizajes que he tenido este año, ¡pero qué gran año el 2025, eh! De todas maneras que está en mi top de años favoritos porque la cantidad de aprendizaje que me ha regalado ha estado acorde al precio que he tenido que pagar. Mientras pensaba en ello, decidí publicar en redes un extracto de lo que estaba escribiendo. Automáticamente, se me vino a la mente la palabra "soltar" y en ese momento pensé que debía prender la laptop para dejar mis ideas aquí, para que le sirva a la Dre del futuro y los 4 lectores que vienen sin necesidad de tener que hacer una publicación en Instagram contando que tengo un nuevo escrito.

Obviamente, el logro más gratificante que he tenido ha sido vencer la etiqueta de “soy claustrofóbica”. Y ese triunfo vino con un aprendizaje clave: tu mente se cree el cuento que le cuentes. Si le dices que el cielo es rojo, es probable que eventualmente lo veas así. Aprender eso, hizo que pueda cambiar muchos hábitos, formas de relacionarme, de hablar, de caminar, hizo hasta me guste hacer intervalos porque cada vez que tenía flojera, me repetía una y otra vez: "Me encanta hacer intervalos, es mi entrenamiento de running favorito", y, ¿qué creen? Hoy lo es.

Decidí dejar esa etiqueta que había estado conmigo más de 25 años porque la claustrofobia me estaba robando cada vez más vida. Como ya he contado antes, comencé a sentir miedo de subirme a un avión, de manejar entre dos vehículos mucho más grandes que el mío, de entrar a baños desconocidos, de estar en ambientes estrechos. Ese miedo cada vez tenía más fuerza sobre mí y llegó el momento en que me asustaba que el miedo sea tan grande que me deje inmóvil. Saben algo loco, es que la vida es tan irónica, cuando decidí vencer este miedo y comenzar a subirme a todos los ascensores que pudiera, me quedé encerrada en un ascensor, justo un día en el que me moría de ganas de ir al baño, y les juro que lo único que atiné a hacer fue reírme.

Se apagaron las luces. El ascensor se detuvo unos tres o cuatro minutos. De pronto sentí que comenzaba a bajar, luego se reinició y volvió a subir al piso al que yo iba. Toqué la campana de emergencia. Nadie me escuchó. Pero al final se abrió y lo único que pensé fue:

“¿Y ya? ¿Este es el monstruo al que le he tenido tanto miedo?”

Por dentro sentí que había superado el nivel 7 del videojuego de mi vida, y me dije con valentía:

“Ok, ¿y ahora cuál es el siguiente villano de esta historia?
Que venga, estoy preparada para todo.”

Mientras esas palabras salían de mi, recibía el nuevo outfit de personaje, los upgrades de habilidades, las monedas por el nivel superado y el desbloqueo de un nuevo ataque especial.

Volviendo a lo que quería contar, hace cuatro años, un veintiocho como hoy, pensé que había entendido lo que significaba soltar. Pasé de no entenderlo por casi treinta años, a creer entenderlo, a sentir que por fin lo entiendo, espero con ansias que diré en unos años con respecto a este concepto.

Este año la vida me dio una maestría sobre soltar. Entendí cosas que antes no eran claras para mí y que eran la raíz de por qué esta palabra siempre me resultó tan confusa. Antes creía que soltar era antónimo de sentir. Que era imposible soltar algo si realmente te importaba. En mi estructura mental cada vez que alguien me decía que "suelte el futuro" mi mente hacía cortocircuito porque no le encontraba ningún sentido.

¿Cómo dejar a la suerte el resultado sin insistir con todas mis fuerzas?
¿Cómo dejar ir a quién amo? ¿Cómo rendirme sin hacer nada?
¿Me estás diciendo que no haga absolutamente nada?

Pero este año aprendí algo fundamental: soltar no es antónimo de sentir. Soltar es antónimo de aferrarse. De hecho, soltar es sólo de valientes porque involucra aceptación radical de lo que pase y sus consecuencias. Soltar es no negociar tu dignidad por cercanía. Es dejar de organizar tu futuro alrededor de un resultado del que no tienes ninguna certeza. Es asumir - no sólo a nivel mental, sino a través de cada uno de tus actos y decisiones - que tu vida continúa pase lo que pase, con la plena seguridad de que tienes lo necesario para sobrevivir a cada una de las pruebas de esta vida loca.

Y ¿saben por qué digo que soltar es de valientes? Porque cuando hablamos de soltar en el aspecto romántico, debo confesar que para mí, no había prueba más clara de amor que aferrarte, pero hoy creo que un amor sano, cuidadoso y respetuoso, te suelta aunque te siga amando. Aunque siga extrañándote con cada uno de sus sentidos. Aún cuando aparece tu rostro en su mente, y lo único que ella hace es desearte luz, amor, buena vibra… y dejarte ir, dejarte pasar como cuando cruza un avión en el cielo. Incluso si soltar significa hacer este ejercicio 2,947 veces al día, porque ese es el número de veces que apareces en su mente.

Duele, pero aprendes a vivir con ese dolor y a integrarlo en tu vida, con la esperanza de que en algún momento deje de doler y el amor que sientes se transforme.

Es que yo no vencí mi miedo a los ascensores evitándolos. Me quedé atrapada, sentí pánico y mi sistema nervioso aprendió que tiene las herramientas para sobrevivir a eso, y lo mismo me pasó con entender lo que es soltar.

Vive con la esperanza de que todo saldrá bien,
y luego, agradece, sin importar el desenlace.

No evité amar, ni tiré mierda, ni me autoengañé sobre como me sentía. Amé. Sigo haciéndolo con una alegría que no me creerían que cada vez que lo recuerdo se me llena el corazón de felicidad porque pasó, disfruté lo que duró, porque tengo una larga lista de recuerdos hermosos que merecían ser vividos, porque cada "siempre" tiene una duración diferente. Algunos siempre duran 1 día, otros 2 años, otros 100, y todos son igual de valiosos. Soltar es un acto profundo de gratitud. Es honrar lo vivido, y seguir adelante, sin resentimientos, y con el corazón en paz.

Como le decía a una amiga que vi hace un par de días, no hay persona que haya amado más en mi corta vida, y mi mayor muestra de amor es no caer en mis antiguos patrones.

Otro nivel desbloqueado.
Gracias 2025, gracias por tanto.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Mi primera media maratón: ¿Para qué correr si puedo volar?

Viernes 10 de octubre, 20:06

El 9 de julio me rompió, pero en la 9 de Julio me descubrí libre.

Si tuviera que resumir en una sola oración lo que significó para mí correr la media maratón en Buenos Aires, sería esa. Recordar el domingo 24 de agosto es pensar en ese pegamento que volvió a unir las piecitas de mí.

¿Alguna vez les ha pasado que sienten que se desconectaron de ustedes mismos? Que cada cierto tiempo se preguntan: ¿Quién es esa persona que tanto se parece a mi?, cuando les llega una notificación de alguna red social recordándoles qué estaban haciendo ese mismo día, algunos años atrás. Pues justamente eso me pasó. Pero me encontré cruzando un arco de largada, y - modestia aparte - qué bonita es la vida conmigo.

Para leer esta última parte, les pediría que pongan Dancing Queen en el reproductor, porque lo que transmite esa canción es exactamente lo que siento cada vez que recuerdo este día.

Oh, see that girl, watch that scene
Digging the dancing queen

Esa noche la emoción fue tanta que casi no dormí, pero muy fiel a mi estilo: stick to the plan, reforcé mentalmente lo disciplinada que soy e intenté descansar. Me obligué a tener los ojos cerrados desde las diez, y me aguanté las ganas de agarrar el celular y perderme en las redes sociales hasta llegar a los brazos de Morfeo. Me quedé dormida imaginando todo lo que podía pasar al día siguiente con una sonrisa en el rostro.

Desperté antes de que sonara la alarma, alrededor de las 4:30 am, y comencé a alistarme. Obviamente, me apliqué iluminador en parte del rostro y una sombra morada brillante en los ojos. El frío junto a una taza de café caliente hicieron su parte del trabajo y los nervios no se sintieron. Como el día anterior, Flor me envió un mensaje contándome que los chicos de su hostel le dijeron que en el evento del año pasado había guardarropa gratuito para todos, decidí tomar una decisión con riesgo controlado y me puse encima un calentador que no me molestaría perder.

Ahí me veías, a las 5:30 am, caminando por la calle Paraguay en short, polo y calentador, queriendo morir de frío cada vez que un ventarrón aparecía sin avisar. Yo solía ser la persona más friolenta que conozco, pero con tanta reinvención hasta mi termostato interno se ha recalibrado. Así que, dentro de todo, esa sensación de “morir” tenía más que ver con quien solía ser que con quien soy ahora. 

Luego de encontrarme con Flor, seguimos caminando hasta donde iniciaba la carrera. Teníamos que caminar unos dos kilómetros, y todo iba bien hasta que las ráfagas de viento helado te recordaban, una y otra vez, que estábamos a seis grados.

Había muchísima gente caminando: algunos vestidos de forma pro, otros no tanto; unos acompañados, otros solos. Pero el ambiente era el de una fiesta, una sin alcohol definitivamente. Todos unidos por la misma emoción de correr en una ciudad que te hace vibrar desde que pisas sus tierras. Al acercarnos al punto de inicio, vimos grupos de runners con sus familias, carpas con música animada, comida y bebidas. Me pareció hermoso poder compartir algo que te mueve con los tuyos. Entonces, mientras los veía, sólo confiaba en que mi barra virtual lograría hacerme sentir esa misma sensación a pesar de la distancia.

Calentamos, saltamos un poquito y nos reíamos mientras nos preguntábamos: ¿por qué nosotras no somos también influencers? Confirmamos que sí había guardarropa, dejamos ahí las cosas extra y fuimos al corral que nos habían asignado.

De pronto salió un sol hermoso. El rock empezó a sonar a todo volumen y algo se liberó dentro de mí: el corazón me explotaba de alegría. No había espacio para dudas ni miedos, ni para nada que pudiera catalogarse como negativo. Solo mil emociones dando vueltas dentro de mí y unas ganas enormes de disfrutar, sonreír todo lo que pudiera y pasarla bien.

Mi lado controlador ya había determinado que llegaría en 2 horas y 4 minutos. ChatGPT, mi entrenador de cabecera, y yo habíamos hecho la estrategia para lograr ese tiempo. Sin embargo, mi parte competitiva quería lograrlo en menos de dos horas. Por eso, el acuerdo con mi mamá sobre lo que debía decirme en el kilómetro 18, ya que yo no quería estar pendiente del reloj ni del pace, sólo quería vivir ese momento en presente. Sí, sí, aplicaría todas las herramientas de conciencia plena en un sólo evento. Sería como mi examen final de terapia.

Comenzó la carrera. Puse en el reproductor la canción "Dancing Queen", quedamos con Flor en encontrarnos en el guardarropa al terminar y salimos a por ello.

No exagero si les digo que tuve la mejor barra virtual que alguien podría tener. No me dejaron escuchar ni una sola canción entera: entre las porras automáticas y los audios, la música bajaba y subía de volumen constantemente. Fue hermoso. Me hicieron sentir como si estuvieran a mi lado todo el tiempo. Sentir el cariño de familia y amigos es invaluable; que pongan la alarma un domingo a las seis de la mañana para acompañarte en tus locuras… eso es todo lo que está bien en esta vida.

Hubo dos momentos en la carrera en los que el corazón se me estrujó y casi se me caen las lágrimas. El primero fue cuando mi abuela me envió un audio. Fue totalmente inesperado. Escuchar su voz, diciéndome que podía lograrlo y que estaba orgullosa de mí, fue otro chorrito más de pegamento para mi corazón. Luego, en el kilómetro 18, llegaron los audios de mi mamá. Ese momento fue de energía pura. La emoción desbordante de mi mamá es lo que ha sembrado en mí esta sed constante de dar más, ser más, ir por más. Pero en el kilómetro 19.50, cuando ya estaba tan cerca, cuando corría más con el corazón que con el cuerpo, sentí que no podía más. Estaba cansada. Había mantenido un pace en el que nunca antes había corrido y, como les conté, no estaba tan preparada.

Y entonces, sonó una canción en mi playlist.

Contigo todo.
Sí, yo tengo fe.
Luz, ya ven a mí.
Tú eres quien me sana.

Por segunda vez, el corazón se me estrujó. Fue como ver pasar todo mi año frente a mis ojos, tal cual una película: todo lo que logré, todo lo que dolió llegar hasta ahí. Las risas, los aprendizajes y también las madrugadas de lágrimas, esas en las que rezas pidiendo que duela un poco menos; en las que pides fuerza, resiliencia y sabiduría para entender por qué pasan las cosas. Confiando en que Dios tiene un propósito más grande, incluso cuando no lo entiendes, me corrijo: sobre todo cuando no lo entiendes. Que a veces se tiene que romper estructuras para llegar a ese propósito. Y claro, cuando algo se rompe, duele. Pero ese dolor es sólo un maestro más que nos recuerda que estamos vivos, que somos humanos.

Imagínense esta escena entonces: A mi corriendo a un pace de 5:30, viendo mi vida pasando frente a mí, sintiendo emociones hasta contradictorias con una intensidad que sólo los intensos podrían entender, queriendo correr más rápido y al mismo tiempo el cuerpo te recuerde "oye, ya vamos casi dos horas en este ritmo, dame chance, no?". Fue tanto en una fracción de segundos que comencé a quedarme sin aire, y sin poder respirar. Sí, al mismo tiempo. Y ahí, todo mi trabajo terapéutico del año salió a la luz. Empecé a hablarme:

“Dre, tranquila. Respira. Sé que hay muchas emociones, pero sólo falta 1.5 km. Después las soltamos todas. Ahorita, respira. Enfócate en lo que estamos viviendo, no en lo que pasó ni en lo que pasará. Estamos aquí. Estamos a salvo. Estamos vivas. Ufff… qué hermoso es estar vivas.”

Me calmé. Miré el reloj: 1 hora y 50 minutos. Corrí con el alma. Saqué el celular y grabé el último kilómetro. Cuando veo ese video, parece como si 20 kilómetros no hubieran pasado por mí, si no que yo había pasado por ellos. Me veía fresca como lechuga. No sé cómo logro que, pase lo que pase, por fuera todo parezca estar bien. Creo que ese es uno de mis dones.

Crucé la meta en 1:57. Y lo primero que pasó fue que entró una videollamada de mi mamá. Ahí sí, rompí en llanto. Y ¿saben algo hermoso? Fue la primera vez en 33 años que lloré de felicidad. De agradecimiento. De orgullo por mí porque por fin podía reconocerme y sentir que soy suficiente. Y, sobre todo, que estoy en paz con quien soy.

Mientras le contaba todo eso a mi mamá  - los momentos en los que casi lloro, lo agradecida que estaba por el audio de mi abuela - se fue la señal. Pero aun así, fue un momento mágico.

Luego fui por mi plátano, mis bebidas rehidratantes, recogí mi medalla, sesión de fotos - obviamente -, descansamos un poco y caminamos de regreso para bañarnos y salir a turistear. Sí, leyeron bien. Ya veníamos turisteando desde el viernes y el domingo volvimos a salir. Ese día caminé 42 kilómetros. Prácticamente me hice una maratón, jaja.

Fuimos a comer carnes a San Telmo, con el corazón explotando de alegría, pensando si sería muy loco tener como hobby correr medias maratones por el mundo.

Y sí, en la 9 de Julio me descubrí libre y ligera. Volví a sentirme como esa niña bonita y curiosa que quiere comerse el mundo, pero que hoy sabe que no tiene que correr para alcanzarlo. El mundo también sabe esperar.

Paso a paso.
Kilómetro a kilómetro.
Con el corazón abierto.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Franco

¿Por qué ahora?
Porque ya no tengo miedo.
El 2025 me rompió y, cuando me armé nuevamente,
decidí tirar lejos ese pedacito que ya no me servía.

***

Dime, ¿cómo puedo seguir soñando contigo a pesar de todo lo que ha pasado este año? Ayúdame a tener fuerzas, porque aún tengo momentos del día en los que sólo quiero derrumbarme y perder la esperanza. Discúlpame… cometí muchos errores, pero te prometo que estoy haciendo mi mejor esfuerzo para que, si llegas a este mundo, encuentres una versión de mí con las herramientas necesarias para regalarte una infancia feliz.

Y si no consigo conocerte, sé que nos veremos en otra vida o en otro universo. Estaremos juntos algún día, y todo lo que haya vivido para llegar a ti habrá valido la pena.

Te cuento que tendrás una mamá muy llorona - de hecho, estoy llorando mientras escribo esto -, pero me tendrás profundamente presente en tu vida. No te prometo ser perfecta ni estar en modo zen todo el tiempo, pero estaré presente de verdad. Seré de esas que te miran a los ojos, de las que perciben cuando algo no se dice, de las que sienten en su cuerpo cuando algo te pesa. Y aunque me muera de ganas por cargar ese peso por ti, te enseñaré, como aprendí yo, a hacer tu mochila un poco más ligera.

También seré controladora, pero te repetiré varias veces que no es “control”, sino “ponerle dirección a la vida”. Y, sobre todo, tendré un corazón lleno de amor para ti.

Seré una mamá muy humana. Tú sabrás que tu mamá se cansa, duda, tiene días malos… y aun así sigue. Aun así se levanta cada mañana y le sonríe a la vida, porque el mundo no es de quien despierta primero, sino de quien despierta feliz.

Quiero enseñarte el mayor aprendizaje que he tenido este año: que siempre hablar será mejor que callar lo que sentimos. Que sentir no es peligroso, que llorar no es fallar y que equivocarte no rompe el amor.

Te vengo soñando desde que tengo diecisiete años. Aparecías en mi mente con más fuerza cuando discutía con mi mamá sobre el futuro tan diferente que ella soñaba para mí y los planes que yo sostenía con esperanza en el corazón. Ella quería que me coma al mundo: que viaje, que estudie una maestría, que crezca profesionalmente. Yo, en cambio, le decía que lo único que quería era ser mamá, juntar el suficiente dinero para comprar una casa grande con una terraza donde podamos almorzar los domingos; un lugar seguro donde se apague todo el ruido externo y podamos ser felices.

Pero te confieso algo: llegó un día en que, sin darme cuenta, dejé de soñar. Empecé a creer que en esta vida no me tocaría conocerte.

No sé si este año me volvió más loca o si mis piezas rotas dejaron espacio para una parte de mí sensible e intuitiva que antes callaba, también por miedo a soñar. Pero hoy, en medio de lágrimas, diciendo, creyendo y sintiendo genuinamente que la vida es maravillosa, te sentí. Supe entonces que todos estos años intentando ser mi mejor versión, con aciertos y errores, fueron por alguien que aún no está en este plano físico, pero que vive en mí.

No sé cuándo llegarás. Y hoy, honestamente, creo que eso ya no es lo importante. Pasé mucho tiempo queriendo construir el “momento perfecto”, hasta que entendí que ese momento no existe. Aun así, sé que el día que llegues, cuando te tenga en mis brazos, diré que llegaste en el día y a la hora perfecta.

Tengo tantas ganas de enseñarte que la vida depende de los lentes que elijas usar. Que si quieres verla oscura, es fácil… pero que también es igual de fácil ver las maravillas y bendiciones que se nos regalan cada día. Quiero enseñarte que dar tu mejor versión es ganar incluso cuando pierdes y que hacer el bien siempre será la mejor opción.

Te enseñaré a vivir sin mí, a confiar en ti mismo, sobre todo cuando el mundo no se ponga fácil, pero siga siendo un lugar al que vale la pena salir a enfrentar. Yo estaré siempre aquí, como tu casa.

Te espero con tranquilidad y paciencia, porque sé que estarás conmigo. No sé si este año, el próximo, en tres años o en otra vida. Pero hoy existes en mí, dentro de mí.

Gracias por ayudarme a sentirte. Gracias por regalarme la certeza de que existes y de que estás conmigo. Llegarás cuando tú lo decidas, cuando me regales la bendición más hermosa de mi vida.

Sé que será así.
Lo siento en mi corazón.

viernes, 7 de noviembre de 2025

A veces, aún soy tu loca

A veces me descubro cantando las canciones que me recuerdan a ti. Hay personas que, luego de irse, terminan habitando dentro de uno, y por eso están más presentes en el día a día que aquellos con quienes compartes un café. Y tú... tú te quedaste en mi piel, y basta cerrar los ojos para viajar a ese universo paralelo donde despierto y lo primero que veo eres tú, con esa sonrisa de lado y ese aire tierno e indefenso al dormir.

A veces los bultos y la ropa desordenada me juegan una mala pasada, y parece que aún estás tú, en tu lado de la cama. Entonces me encuentro esperando que te des cuenta de que ya llegué, y que saltes de la cama para ver esa mirada triste combinada de una alegría tan tuya que llenaba todo.

A veces me descubro repitiendo frases que sólo tú podrías completar, y me río sola, porque nuestra complicidad era un idioma que nadie más entendía. Elijo seguir creyendo que nos leíamos la mente, y que, por ratos, aún lo hacemos. No me importa si creen que perdí la razón cuando digo que sé exactamente cuándo estás pensando en mí. Sé que cada vez que siento un hormigueo en las manos es porque una parte de ti desea volver, aunque todavía no encuentre el camino de regreso. Y tal vez - si me pongo pesimista - es probable que nunca lo encuentre.

A veces me descubro caminando por los mismos lugares donde solíamos perdernos entre conversaciones y risas, cuando imaginábamos el futuro y soñábamos con cómo seríamos al envejecer juntos. Y por las noches, aún despierto con el corazón exaltado después de verte en mis sueños, deseando que tú no me veas ni en sueños. Que no me extrañes. Que no te duela la vida sin mí, como a mí me duele sin ti.

***

- Entonces… ¿qué hacemos esta vez? - preguntó con voz de resignación, aunque ya conocía la respuesta. La sentía en las manos, en la mirada triste, en el aire espeso que los envolvía, en la copa de vino a medias, en el latido pesado del pecho.
- Te amo - dijo él sin atreverse a mirarla -. Siempre te amaré. Levantó la vista y, casi en un susurro, añadió: Nadie es ni será tú.

Él jugaba con las llaves del auto. Se debatía entre el impulso de pararse e irse para escapar de esa conversación que tanto habían pospuesto y seguir buscando dentro de él las fuerzas para creer un poco más, para intentarlo una vez más.

- No estoy lista para despedirme. Nadie lo va a entender. Empezando por mí. No lo entiendo.

Él se acercó un poco. Le dio un beso en la frente, de esos que, mientras duran, uno solo desea que se conviertan en algo más. Se alejó nuevamente, y esbozó una sonrisa a medias, esa que delata el dolor que no se dice en voz alta. Algo se rompía otra vez. Para algunos, el amor llega fácil; para otros, decir adiós es la única opción.

- Yo tampoco estoy listo.

El silencio se instaló entre ellos. No era incómodo, pero se sentía eterno, como si el tiempo conspirara para obligarlos a dejar de rodeos y jugárselo todo.

-  Olvidemos esta conversación - susurró ella.
- No es tan fácil. No es fácil terminar ni seguir. Seguro, si alguien nos escuchara, diría que, para tener más de treinta años, seguimos siendo unos inmaduros.
- Ese es el problema de ser tóxicos. - dijo ella con ironía, intentando aliviar la tensión.
- No. El problema es que no sabemos estar juntos y... tampoco separados.

Otra vez, la sensación de estar atrapados en un universo donde los minutos duelen. No incomodan, pero quiebran.

- Lo volvería a hacer. Y que se jodan los que dicen que The Notebook es una película de mierda. Prefiero dos días buenos contigo que una vida sin ti. No sé amar ni vivir de otra manera… —se rio con amargura -. Vaya pérdida de dinero, tanta terapia.

- Estás loca.

Hizo una pausa, la miró, y con un suspiro apenas audible agregó:

Pero eres mi loca.

lunes, 25 de agosto de 2025

Mi primera media maratón: En cuenta regresiva

Lunes 25 de agosto, 20:26

Mi expectativa era escribir mis memorias cada día al terminar la tarde. Quería guardar cada sensación y reflexión que me dejara este viaje, pero la vida tenía mejores planes y resultó ser un huracán de felicidad en el que dormí poco, caminé muchísimo (no sé si algún día supere el récord de 50 mil pasos en un día), las risas no faltaron y lo que más hice fue vivir. Viví el presente con la consciencia de que lo único que realmente tengo es lo que está pasando justo en ese instante. Me desconecté varias veces en el día para conectar con lo que había a mi alrededor y me llevé mil fotos, tanto mentales como en el celular.

Retomo desde donde me quedé, aprovechando las horas en el avión de regreso a casa.

Llegué al aeropuerto Ezeiza a las 5:30 am. Tenía dos planes: el A, tomar un Uber aunque no me siento del todo cómoda tomando un taxi sola. Gracias, mamá, aquí dejaré otra de tus enseñanzas: “mejor un bus con gente que un taxi sola”. Y el B, entender rápidamente cómo funciona el transporte público.

En migraciones la cola era cortísima y me tocó un agente súper buena onda. Después de preguntarme la dirección de mi estadía, me animé a hacerle la gran pregunta.

- ¿Es muy complejo ir a mi alojamiento en transporte público o me recomiendas un Uber?
- Nooo, re fácil. Andá en colectivo. Mirá: salís, al frente del McDonald’s hay un kiosko. Pedís la SUBE, después tomás la línea 8 semi-rápido que tarda 45 minutos, porque la otra demora dos horas, y luego la 111 a Plaza Italia.
- Ok, SUBE, línea 8, línea 111.
- Semi-rápido, eh. Si no, son dos horas. ¿A qué venís?
- A correr la media.
- ¿La media? ¿Qué media?
- Maratón.
- Jajaja, ahhh, y sho qué voy a saber que hay media maratón. Dale, que te vaya bien.
- Mil gracias. Lindo viernes.

Me fui con una sonrisa en el rostro, lista para mi misión. Aunque debo confesar que olvidé varias instrucciones porque me habló rapidísimo, pero la amabilidad de la gente me fue guiando. En menos de una hora ya estaba en Palermo, me refugié en un café para trabajar mientras esperaba la hora del check-in y, con la SUBE en mano, me sentí poderosa, casi porteña. Tocaba recoger el kit en la Plaza Sarmiento, lejísimos por cierto, y aunque tenía todo el cansancio del mundo (sólo había dormido tres horas y tenía un dolor tonto en la cabeza), quería repetir el ritual de mi primera carrera: stick to the plan. En el plan tocaba recoger kit y tres kilómetros easy para soltar piernas.

Spoiler alert: no seguí ningún plan. Bueno… seguí el de alimentación. Apenas llegué hice compras de todo lo necesario para asegurarme de que después de la medialuna viniera proteína y buen carbo.

La Plaza Sarmiento me recibió con un sol precioso que contrastaba con vientos helados: en la sombra te morías de frío, pero dame sol y mi ánimo se dispara. La organización fue tan buena que recogí el kit en cinco minutos y me sentí como los peces de Finding Nemo cuando llegan al mar en sus bolsitas: libres, pero preguntándose qué hacer ahora. Miré a mi alrededor y vi gente tomándose fotos con sus polos y dorsales en la pared de la ruta. Pensé: “bueno, para el recuerdo”. No tenía expectativas de mis fotos porque, seamos sinceros, ¿quién me iba a tomar buenas fotos viajando sola? Y efectivamente, la chica a la que le pedí que me hiciera una me dio la razón: malísimas.

Me quedé ahí, pensando si era mala onda pedirle a alguien más que me tomara otra foto, mi Libra educada me susurró que mejor no, que capaz incomodaba. Mientras una parte de mi cabeza activó el modo teatro inventando escenarios y diálogos, atiné a reír y decirme en voz alta: “yaaa… nadie está al pendiente de tu vida, querida”. Y justo ahí, como en sincronía, otra chica me pidió que le tomara una foto. Acepté y le dije que luego me tome ella una a mi también. Las fotos salieron hermosas.

Así conocí a Flor. Resultó que ambas corríamos desde el corral J, que estábamos hospedadas a pocas cuadras y que, como yo, también viajaba sola. Me propuso volver en taxi y yo, orgullosa de mi flamante descubrimiento del transporte público, propuse que vayamos con el colectivo y así fue. Conocerla me rompió varias creencias. Ella lleva años animándose a hacer cosas sola y me recomendó lo más importante: afinar la intuición. Con esa naturalidad me abrió un abanico de posibilidades y me mostró que mis rollos son sólo eso, rollos.

El sábado nos fuimos en floro. Turisteamos como si al día siguiente no tuviéramos que correr una media maratón, nos sacamos fotos como si fuéramos influencers, reflexionamos sobre cómo ahora Instagram es más aesthetic que cotidiano, seguimos recomendaciones random de TikTok y, sin saberlo, sus conversaciones y forma de ver la vida me recordaron mucho a una de mis mejores amigas. Me hizo sentir en casa.

Esa noche dormir fue casi imposible. Entre la emoción de la carrera y la felicidad de estar viviendo momentos tan random y graciosos, mi cuerpo apenas logró un sueño ligero. Me obligaba a mantener los ojos cerrados, intentando descansar, mientras sentía una gratitud enorme. Gratitud por haberme animado a comprar ese pasaje, a inscribirme en la carrera, a planear este viaje sonriendo por fuera y muriéndome de miedo por dentro, como es mi esencia.

No les voy a mentira, también me asaltaban preocupaciones: dudaba de mi estado emocional porque correr tiene mucho de cabeza y temía que me jugara en contra; pensaba en los riesgos de la inseguridad porque sí, la maldad es real aunque me gusta creer que los buenos somos más, sólo que hacemos menos ruido; y me preocupaba el físico, porque no entrené con la misma disciplina que cuando decidí bajar de los 59 minutos en 10K. Me salté varios entrenamientos, y no me sentía preparada para los 21K.

Y sin embargo, había algo más profundo: una decisión tomada el 9 de julio, que irónicamente es el nombre de una de las avenidas principales que corrí, había terminado de romper el delgado hilo que sostenía mi esperanza y el último trozo de corazón que aún latía con ilusión. Esa misma decisión, aunque dura, me hizo libre. 

Y alas… ¿para qué las tengo si no es para volar?

viernes, 22 de agosto de 2025

Mi primera media maratón: La Previa

Viernes 22 de agosto, 12:06

Lo que menos me gusta de viajar es ese primer vuelo: romper la inercia, salir de la rutina del día a día, tomar un taxi, esperar horas, hacer la fila de migraciones rezando para que la fila fluya rápido, mientras intentas controlar esa impaciencia de querer que las horas pasen volando. Sin embargo, esta vez decidí cambiar el enfoque y aprender a disfrutar mi parte menos favorita.

Spoiler alert: la previa rumbo a Buenos Aires estuvo mucho mejor de lo que esperaba.

Le pedí a mi yellow-person que me lleve al aeropuerto y aceptó. Entonces, ir al aeropuerto se convirtió en una tertulia divertida, con una misión extra: encontrar las medicinas exactas que mi abuela había pedido, porque para ella no es lo mismo el Mentholatum que el Vick VapoRub. Y si ella lo dice, se cumple. Buscamos en varias farmacias hasta cumplir la misión, entre conversaciones para ponernos al día de nuestras vidas y su preocupación por ratos de: "¡se te está haciendo tarde para tomar ese avión! ¡Cuando viajé con tu papá, casi perdernos el vuelo a Buenos Aires!". Mientras yo, sonreía y le decía que tranquila que si no tomo ese avión, tomaré el siguiente. ¿Quién te viera Dreydi Carrasco? ¿De dónde salió tanta templanza?

Llegamos con tiempo —aunque para ella yo iba tarde— y nos estacionamos en la zona libre. Como si no bastara el descaro de quedarnos ahí más de lo permitido, le pedimos a uno de los vigilantes que nos tomara una foto. Y no cualquier foto: desde un ángulo aprobado previamente, obvio. Nos despedimos con un abrazo, una sonrisa y ese acuerdo que en silencio yo deseaba con todo el corazón: que este domingo, al llegar al kilómetro 18, escuchara su voz gritar “¡aprietaaaaa!”. Pero aún vive en mi una parte que teme soñar en grande por miedo a decepcionarse, así que preferí soltar y dejar que la vida me sorprenda.

Las horas de espera pasaron volando. Apenas me alcanzó para tomar una foto “para el recuerdo” antes del embarque, esa que en unos años Instagram me recordará.

Subí al avión y el asiento junto a la ventana me esperaba. En cuanto comenzó el despegue cerré los ojos. Recordé la penúltima vez que volé, cuando tuve miedo, y la última, en la que ya estuve mejor. Pero esta vez fue distinto: lo disfruté. Sentí la aceleración, la adrenalina, el momento exacto en que las ruedas dejaron de tocar el piso. Y sí, llámenme romántica, pero me sentí parte del avión, como si mis alas estuvieran más fuertes que nunca. Sin expectativas, sin presiones: sólo la sensación de elevarme cada vez más alto.

Escribo esto ya en fase de crucero, con una sonrisa en los labios y unas ganas enormes de vivir cada minuto de este viaje. Porque sé que estoy rompiendo un paradigma que me persiguió por años: creer que necesitaba compañía para cumplir mis sueños porque no podía hacerlo sola. Y lo curioso es que, cada vez que pensé estar sola, la vida me puso al frente un rostro amigo, una conversación inesperada, una buena vibra que apareció justo donde yo estaba.

El primer aprendizaje que me deja este viaje es simple: no creerle tanto a lo que mi mente me susurra, y abrir los ojos con más consciencia. Vivir cada minuto con intención.

Sé que mis versiones pasadas están orgullosas de mí. Y en estas primeras horas de viaje, ya encontré personas grandiosas en el camino.

miércoles, 23 de julio de 2025

Más valientes que ayer

“El objetivo es ser, como siempre, más valientes que ayer.”

A veces me pregunto de dónde viene la valentía. ¿Es verdad cuando dicen que la valentía es atreverse a pesar de tener al miedo gritándote al oído, o hay personas en las que la voz del miedo es tan bajita y débil que es fácil no escucharla? No me considero una persona valiente, aunque alguna vez, cuando le pedí a varias personas que me ayudaran a completar la Ventana de Johari, uno de ellos me describió como "valiente". Desde ese día, la pregunta de si lo soy o no ronda cada cierto tanto por mi cabeza. Pero lo que sí siento es que soy una persona que no se queda con las ganas. La mayoría de las veces hago cosas sintiendo miedo y con los años, el miedo aparece en situaciones en las que antes no pasaba. Confieso que hasta me asusta que llegue el día que su voz sea más poderosa que mis ganas de atreverme.

¿Se puede tener miedo del miedo?

Últimamente siento miedo cada vez que subo a un avión. No me asusta el despegue ni el aterrizaje, y tampoco me inquieta estar suspendida por horas en el aire. Aunque muchos podrían pensar que es mi claustrofobia la que dispara estas emociones tampoco lo es porque esa fobia sólo se activa cuando estoy completamente sola. Este nuevo miedo aparece justo antes de ingresar al avión, muchas ideas comienzan a colarse en mi cabeza: ¿y si no regreso? ¿y si no llego a escribirle a mi mamá contándole si hace frío o calor y confirmarle que llegue con bien?, ¿y si no vuelvo el lunes al trabajo a compartir lo bonito que fue conocer una nueva ciudad, o hablar sobre las rutinas y costumbres curiosas que descubrí?, ¿y si no llego a tener ningún otro recuerdo porque, simplemente, este fue el final? 

¿Será que a los 33 años le estoy empezando a tener miedo al fin?

Al ponerlo en palabras, me doy cuenta que esos pensamientos sólo drenan mi energía, se roban el foco de lo importante: vivir el presente, y alimentan una falsa ilusión de que puedo saber lo que pasará en el siguiente minuto. Escribo esto mientras estoy sentada en un avión. Paradójicamente, hoy no tuve tiempo de sentir miedo porque había mucha gente en el aeropuerto, se malograron los verificadores de pasaportes biométricos, estuve un poco más de una hora en la cola de los controles, y luego tuve que correr hasta la puerta de embarque. Me senté y a los diez minutos el avión despegó. Entonces, me quede pensando en el miedo y en ser valiente. ¿Será que el miedo aparece cuando nuestra mente está aburrida? ¿Será que el miedo es sólo un distractor que viene a entretenerte de una forma un tanto macabra? ¿Será que el miedo intenta desconectarte del presente?

Preguntas sin respuestas precisas. Pero algo que sí tengo claro es que la idea es ser cada día un poco más valiente, y que cuando esa vocecita se quiera meter en nuestros oídos, estemos tan enfocados en lo que estamos viviendo que su voz sólo pase - como pasa una nube, como viene y va una ola -, que sea como esa mosca que se te acerca cuando estás comiendo un delicioso mango, y tu la espantas con una mano sin permitir que su presencia arruine ese momento de dulzura.

El futuro es incierto. Los que vivimos con esperanza hacemos planes en él como si tuviéramos la certeza de que van a suceder, y creo que ese enfoque puede ser positivo, siempre y cuando lo hagamos con cautela, sabiendo que los terrenos del futuro son impredecibles y que la mayoría de veces imaginamos situaciones que no llegan a pasar. Sólo nos queda soltar la idea de nuestra mente, para no quedar melancolizados por un futuro inexistente.

El miedo a veces susurra, a veces grita, y otras me mira con cara de "hoy no vuelves". Pero yo ya no huyo. Hoy, en este avión, me senté a su lado y he escrito estas líneas con él. Desde que lo nombré, el miedo ya no se esconde en la sombra. Y yo, que soy muy buena iluminando sombras, lo he mirado de frente cuestionando su existencia. A mi ritmo. A mi modo.

Lo que sí, desde ahora, sólo espero que cuando llegue mi día final, esté tan entretenida que no me dé cuenta de que este cuento acabó. Que me encuentre disfrutando tanto el hoy, que el miedo no aparezca a arruinar el fin de función.

Y entonces, como diría Mary Oliver...

“Tell me, what is it you plan to do with your one wild and precious life?”

jueves, 9 de enero de 2025

Sé amable contigo

Soy de esas personas que piensan mucho, quizás demasiado a veces. Hay días en los que una frase o alguna circunstancia toca una fibra dentro de mí y surge una especie de chispa que ilumina todo lo que antes pasaba desapercibido. Así fue como un día, sin previo aviso, descubrí que me repetía una frase que llevaba años siendo como un mantra:

"No me gusta hacer las cosas perfectas, sólo me gusta hacerlas bien y sin errores."

Si lo lees rápido suena inofensiva, ¿verdad? Pero lo cierto es que esa frase oculta una obsesión con la perfección que ni yo misma veía. Que te puedo decir, esa era la única forma que conocía de hacer las cosas; era lo único que me habían enseñado. Tuve la suerte de crecer en un hogar lleno de esfuerzo y dedicación. Mis padres, a pesar de no haber terminado sus estudios superiores - por la llegada de una niña les cambió la vida, espero que para mejor jeje -, lograron salir adelante. Ellos son mi ejemplo más tangible de que la constancia y la disciplina son claves para alcanzar la vida que quieres. Y, por supuesto, me enseñaron a dar siempre mi mejor versión, donde sea y en lo que sea que haga.

Pero... creo que nadie les advirtió que yo me tomaría sus enseñanzas demasiado en serio. Tanto, que llegué al punto de registrar mis errores en un archivo de Excel. Sí, leíste bien: un Excel donde calculaba mi "frecuencia de fallo" y diseñaba planes de acción para no volver a equivocarme. Es que cada vez que algo no salía como esperaba, mi cabeza repetía:

"Nos la hacen una vez, pero no dos veces."

Me río un poco al recordarlo, me da hasta cierta ternura y compasión esa versión de mi tan exigente que no se daba cuenta lo pesada que estaba siendo la mochila que cargaba. Lo más curioso es que yo misma fui quien metió las piedras dentro. Por suerte, con el tiempo entendí que todo en exceso, incluso la autoexigencia, puede ser perjudicial. Y aquí viene una de mis primeras lecciones del año: las palabras que nos decimos y las expectativas que tenemos sobre nosotros mismos tienen un impacto profundo en cómo nos sentimos, cómo actuamos y cómo enfrentamos los retos de la vida.

La narrativa que construimos y cada palabra que seleccionamos para hablarnos es clave porque esas palabras moldean nuestra percepción y, en consecuencia, nuestra forma de percibir la realidad. Si somos demasiado duros, dejamos que los pequeños logros pasen desapercibidos y nos empujamos hacia una vida donde la insatisfacción lleva las riendas.

¿Te has dado cuenta de lo fácil que es ser amable con los demás, pero increíblemente duro contigo mismo? A otros les justificamos sus errores, pero cuando se trata de nosotros, la vara sube como si no tuviéramos el derecho de fallar, aprender o simplemente ser humanos.

Hace años eliminé ese Excel (¡gracias al cielo!), y aunque desde entonces me permito equivocarme, me he dado cuenta de algo: todavía quedan rastros de esa narrativa perfeccionista. Pequeñas frases, palabras o pensamientos que no me hacen bien. Así que este año, mi meta es sencilla pero transformadora: hablarme con más amor. Comenzaré haciendo el ejercicio de detenerme cada vez que detecte frases como "debo", "tengo que" o "estoy fallando", y las reformularé.

Por ejemplo:
"Tengo que comer esto" → "Elijo esta comida porque sé que mi cuerpo lo necesita."
"Debo hacer ejercicio" → "Quiero mover mi cuerpo porque me hace sentir fuerte y viva."
"Estoy fallando" → "Estoy aprendiendo. Todo esto es parte del proceso."

¿Notas el cambio? Hablarte con amabilidad no sólo refuerza tu confianza, sino que también te recuerda que no necesitas ser perfecto para seguir avanzando. No necesitas ser perfecto para merecer ser feliz, para lograr lo que quieres. Porque la vida, a veces, es irónica: entre más te obsesiones con "ganar" o hacer todo impecable, más lejos parecerá estar lo que buscas. Por eso, debes relajarte, tomar las cosas con calma. Sí, da lo mejor de ti, pero sin desgastarte en el proceso. Como alguna vez leí:

"Al final, la vida no exigía tanto de ti."

A veces fallamos. A veces no alcanzamos esa "mejor versión" que nos exigimos. Y eso está bien. Porque esos tropiezos no nos hacen menos valiosos; nos hacen reales. Así que, si algo quiero dejarte con esta reflexión, es esto: sé amable contigo mismo. Permítete aprender, crecer y aceptar que la vida no se trata de ser perfectos, sino de vivirla plenamente.

La meta no es la perfección.
La meta es vivir, sentir, y amar.
Comenzando con uno mismo.