A veces me descubro cantando las canciones que me recuerdan a ti. Hay personas que, luego de irse, terminan habitando dentro de uno, y por eso están más presentes en el día a día que aquellos con quienes compartes un café. Y tú... tú te quedaste en mi piel, y basta cerrar los ojos para viajar a ese universo paralelo donde despierto y lo primero que veo eres tú, con esa sonrisa de lado y ese aire tierno e indefenso al dormir.
A veces los bultos y la ropa desordenada me juegan una mala pasada, y parece que aún estás tú, en tu lado de la cama. Entonces me encuentro esperando que te des cuenta de que ya llegué, y que saltes de la cama para ver esa mirada triste combinada de una alegría tan tuya que llenaba todo.
A veces me descubro repitiendo frases que sólo tú podrías completar, y me río sola, porque nuestra complicidad era un idioma que nadie más entendía. Elijo seguir creyendo que nos leíamos la mente, y que, por ratos, aún lo hacemos. No me importa si creen que perdí la razón cuando digo que sé exactamente cuándo estás pensando en mí. Sé que cada vez que siento un hormigueo en las manos es porque una parte de ti desea volver, aunque todavía no encuentre el camino de regreso. Y tal vez - si me pongo pesimista - es probable que nunca lo encuentre.
A veces me descubro caminando por los mismos lugares donde solíamos perdernos entre conversaciones y risas, cuando imaginábamos el futuro y soñábamos con cómo seríamos al envejecer juntos. Y por las noches, aún despierto con el corazón exaltado después de verte en mis sueños, deseando que tú no me veas ni en sueños. Que no me extrañes. Que no te duela la vida sin mí, como a mí me duele sin ti.
***
- Entonces… ¿qué hacemos esta vez? - preguntó con voz de resignación, aunque ya conocía la respuesta. La sentía en las manos, en la mirada triste, en el aire espeso que los envolvía, en la copa de vino a medias, en el latido pesado del pecho.
- Te amo - dijo él sin atreverse a mirarla -. Siempre te amaré. Levantó la vista y, casi en un susurro, añadió: Nadie es ni será tú.
Él jugaba con las llaves del auto. Se debatía entre el impulso de pararse e irse para escapar de esa conversación que tanto habían pospuesto y seguir buscando dentro de él las fuerzas para creer un poco más, para intentarlo una vez más.
- No estoy lista para despedirme. Nadie lo va a entender. Empezando por mí. No lo entiendo.
Él se acercó un poco. Le dio un beso en la frente, de esos que, mientras duran, uno solo desea que se conviertan en algo más. Se alejó nuevamente, y esbozó una sonrisa a medias, esa que delata el dolor que no se dice en voz alta. Algo se rompía otra vez. Para algunos, el amor llega fácil; para otros, decir adiós es la única opción.
- Yo tampoco estoy listo.
El silencio se instaló entre ellos. No era incómodo, pero se sentía eterno, como si el tiempo conspirara para obligarlos a dejar de rodeos y jugárselo todo.
- Olvidemos esta conversación - susurró ella.
- No es tan fácil. No es fácil terminar ni seguir. Seguro, si alguien nos escuchara, diría que, para tener más de treinta años, seguimos siendo unos inmaduros.
- Ese es el problema de ser tóxicos. - dijo ella con ironía, intentando aliviar la tensión.
- No. El problema es que no sabemos estar juntos y... tampoco separados.
Otra vez, la sensación de estar atrapados en un universo donde los minutos duelen. No incomodan, pero quiebran.
- Lo volvería a hacer. Y que se jodan los que dicen que The Notebook es una película de mierda. Prefiero dos días buenos contigo que una vida sin ti. No sé amar ni vivir de otra manera… —se rio con amargura -. Vaya pérdida de dinero, tanta terapia.
- Estás loca.
Hizo una pausa, la miró, y con un suspiro apenas audible agregó:
- Pero eres mi loca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario