miércoles, 4 de febrero de 2026

¿Por qué haces lo que haces?

Hay una pregunta que ronda mi cabeza desde diciembre:

¿Corro porque amo correr… o corro porque necesito demostrarme algo?

No creo que sea sorpresa para nadie decir que está de moda practicar algún deporte y llevarlo a diferentes niveles, según el presupuesto y el tiempo que quieras invertir. Ah claro… y según lo roto que esté tu corazón.

Vamos, para la mayoría que se convierte en runner o triatleta, es casi un requisito tener el corazón roto. Porque los demás están viendo Bridgerton mientras comen una doble cuarto de libra junto a su amor bonito, y — si eres de los míos — burlándose de lo que pasa en la serie y riéndose de la vida en una habitación donde el ruido externo no tiene lugar.

Para variar, me fui en floro con la explicación de lo que están haciendo los bienaventurados que tienen con quién compartir corazones por mensajes de WhatsApp... ¿Se notó mucho que extraño la vida de a dos?

Ok, ok... Vuelvo a lo mío.

He visto casos en donde una actividad que era un placer se convierte en termómetro de valor personal. Debo confesar que un lado de mí estuvo a punto de caer en esa trampa y olvidar la razón principal por la que me gusta correr.

Siendo honesta, comencé a hacerlo en el 2021 porque subí unos kilos, fue una de las tantas cosas que hice para regular mi peso. Luego lo dejé porque no encontraba espacio en mi rutina, hasta que una oportunidad me devolvió tiempo para mi vida personal y lo retomé.

Sin darme cuenta, correr se volvió una forma de manejar la ansiedad. No fui consciente de ello hasta que alguien me lo hizo notar. Y sí: cada vez que corría, mi día se sentía más feliz... y más ligero. Dicho en simple, corría para no volverme loca.

Sin embargo, conforme fui siendo constante y comencé a inscribirme a carreras, mis tiempos empezaron a mejorar. Podía correr en un pace que ni en sueños me hubiera imaginado, porque nunca he sido muy deportista y, menos morning person. Y en ese camino, se empezó a difuminar esa línea delgada entre el disfrute y el medir mi valor por los segundos que reduje en las series de 400 metros.

No exagero si digo que es fácil empezar a medirse cuantitativamente, cuando los seres humanos somos demasiado complejos como para utilizar números para dimensionar nuestra autoestima. Y sin embargo, a veces lo hacemos y medimos nuestro valor en la cantidad de likes, en nuestro pace promedio, en el salario que ganamos, o en el porcentaje de grasa de nuestro cuerpo.

Voy a compartirles una frase que dije hace unos días mientras manejaba a casa. Y la verdad, sé que yo no debería decir esto, pero sentí que lancé una pepita de oro:

“Las ventajas de saber tu valor es que ya no lo mides en kilogramos.”

Lo dije sin pensarlo mientras subía por Marbella, y después de enviarlo se me quedó rebotando la idea de lo impresionante que es cómo he cambiado mi forma de pensar en un año. Antes sí medía mi valor en kilogramos, y hoy abrazo a esa versión de mí, porque no se conocía.

Me miraba en el espejo y no veía a la mujer que hoy veo. Y siento orgullo, porque se necesita valentía para deconstruirse. Para aceptar que en este camino cometeré muchos errores, pero también para reconocer que estoy yendo hacia la dirección correcta: aprender a vivir la vida desde el disfrute, en lugar de la autoexigencia.

Y justamente esa reflexión es la que quiero dejar aquí. Así que vuelvo a mi pregunta inicial:

¿Haces lo que haces porque lo amas…
o porque necesitas demostrar(te) cuál es tu valor?

A veces no es que estemos desconectados de la vida. No es que la rutina se robe nuestra alegría. Es que estamos desconectados del disfrute.

Pero ¿sabes algo? Eso se recupera.

Solo tienes que hacerte preguntas…
y atreverte a escuchar la respuesta.

sábado, 31 de enero de 2026

Viviendo una comedia romántica: Parte I

Estaba sentada en la orilla del mar, mirando las olas ir y venir, mientras respondía preguntas en mi mente que surgían a la misma velocidad de las olas.

- No es mala la soledad cuando estás lo suficientemente loca para preguntarte, responderte y sorprenderte de la respuesta - me decía mientras sonreía.

Pensaba y me reía de mí misma mientras cruzaban por mi mente algunas tonterías. Pocas personas entienden lo cómoda que me siento con mi soledad. Lo mucho que disfruto el silencio. Esa libertad de llorar y reír al mismo tiempo es algo que sólo puedo permitirme cuando estoy sola. Curar un corazón roto también. O eso creía.

A la vida le encanta hacerme cambiar los planes.

De pronto lo vi. Habían pasado más de diez años desde aquel verano en el que me vio subirme a una mesa, bailar como si nadie me mirara, y decidió subirse también.

***
Sábado 01 de febrero, 2014

Gonzalo se acercó a la amiga que - literalmente - había obligado a Daniela a salir de casa cuando ella sólo tenía ganas de seguir viendo otra comedia romántica de los noventa, mientras se comía una bolsa de papas onda. Él tenía una chela helada en la mano, una mirada acechadora y toda la seguridad que sientes cuando tienes veinte, y un Volkswagen negro esperando afuera para conocer a la conquista del día.

De fondo sonaba Coldplay. Era una fiesta llena de veinteañeros que se creían cool porque escuchan rock y música en inglés.

“Lights will guide you home
And ignite your bones
And I will try to fix you.”

-¿Quién es ella?
- Ella es Daniela. ¿Quieres que te la presente?
- ¿Tú qué crees? - dijo con esa voz seductora de protagonista de comedia noventera.

Ese día fue cuando Daniela lo conoció. Y si en ese momento alguien le hubiera contado que, diez años después, volvería a encontrárselo en una playa; que meses más tarde se mudarían a vivir juntos y, con el tiempo, se casarían… no lo habría creído.

- Dani, te presento a Gonzalo. Él también va a nuestra U, pero está en otra facu.
- Hola, Gonzalo. Un gusto.
- El gusto es mío.

Silencio incómodo.

- Los dejo para que se conozcan - dijo Gabriela antes de irse a bailar a otro lado.

El silencio se volvió pesado para dos completos desconocidos.

- Y… ¿cómo llegaste a esta fiesta?
- Un amigo me pasó la voz. No tenía planes y, bueno, aquí estoy.
- Ya…
- ¿Y tú? ¿Cómo llegaste?
- Una amiga me pasó la voz, pero no me dio opción de decirle que no. Hoy estoy más pesada que otros días, así que no hay problema si te vas a conversar con alguien más.
- Quiero conversar contigo.
- Ah… eres de los gileritos.
- Solo con las que me gustan.
- Esos son justo los que me caen mal…


Daniela terminó esa frase lo más cerca que pudo de Gonzalo. Se había vuelto una descarada luego de pasar los últimos años en una relación con muchas idas y venidas. Cada vez que conocía a alguien nuevo, pensaba: ¿Qué puedo perder?, y se lanzaba a hacer lo que a su corazón se le antojaba.

- Se nota que te caigo muy mal.

Daniela le lanzó una sonrisa, se alejó un poco y tomó su mano para llevarlo a la zona donde los demás estaban bailando. De pronto sonó Are you gonna be my girl y fue como si el desgano se le hubiera ido del cuerpo. Salió esa versión divertida suya, esa de la que todos, si la ven por más de cinco minutos, terminan enamorándose.

Daniela se movía al ritmo de la música y cada cierto rato, tomaba un sorbo de la chela de Gonzalo. Claramente estaba coqueteándole. En medio de la canción decidió subirse a la mesa, llamando la atención de todos. Gonzalo, después de pensar que ella era de las locas capaces de hacerte perder la cabeza, se subió también. 

Terminó la canción. Bajaron de un salto de la mesa. Sus miradas se cruzaron y desapareció todo lo que había al rededor. Esa noche, Daniela conoció el Volkswagen negro y su cuerpo volvió a vibrar.

El sonido de la lluvia golpeando la ventana. Un cuarto que, a pesar de estar completamente a oscuras, dejaba entrar la luz de la luna sin pedir permiso, permitiendo ver dos cuerpos enlazarse con suavidad.

El fuego que había estado apagado comenzaba, lentamente, a arder otra vez. Daniela todavía no lo sabía, pero esa historia apenas estaba empezando.

sábado, 24 de enero de 2026

Mientras tanto, sigo

“Solo hay dos cosas que detienen la mente:
conseguir lo que quieres o querer lo que tienes”
Manual para aprender a soltar

***

Hay días que no son casuales. Para mí, el sábado diez de enero fue uno de esos días. Los que me conocen saben que creo en el destino y que leo los números como quien lee señales. Ese día - sólo por existir - tiene un peso especial: el número, el mes y el año suman uno: promesa de un nuevo comienzo. Y leído completo, 1001, es capicúa. Ida y vuelta. Cierre y apertura al mismo tiempo.

Así se sintió.

Como si la vida, el universo y Dios - sí, todos a la vez - me susurraran al oído:

“Dre, ¿por fin empiezas a sentir la luz al final del túnel?”

Sí. Por primera vez, en mucho tiempo, creo que lo peor ya pasó.

Antes de seguir, me corrijo: no me gusta la numerología. Creo en ella. Creo en las señales, en los mensajes que llegan disfrazados de números y repetición. Porque la vida tiene formas sutiles de decirte: “Vas bien.” Y otras, más incómodas, de advertirte: “Por ahí no es.” Generalmente estas últimas son las que elegimos llamar “casualidad” y quitarle todo el simbolismo que tienen detrás.

Regresando a lo que estaba contando, después de meses largos, recibí una buena noticia. No era la que estaba esperando pero fue suficiente. Suficiente para volver a respirar con tranquilidad. Para recordarme que algo se está moviendo, aunque todavía no lo vea por completo.

Han sido meses frustrantes. Meses de hacer todo “como se debe”, con disciplina absoluta, como quien compra todos los tickets de la rifa convencida de que esta vez sí va a ganar. Y aunque el número no saliera, algo dentro insistía:

“Confía. Sigue intentando.

En este punto de mi vida podría robarme una línea del capítulo dos de La fiesta del Chivo y decir: “A la disciplina le debo todo lo que soy”. Y definitivamente casi no sería un robo, porque si hoy soy lo que soy ha sido, en gran parte, gracias a ella. La disciplina es la que me sostiene en las etapas complejas. En esos momentos en que las dudas y el temor quieren ser los protagonistas y tomar el volante, y la incertidumbre pesa más que la esperanza. 

A veces me resulta curioso - y hasta contradictorio - que personas cercanas me digan que hoy me ven brillar. No se imaginan lo que cargo por dentro, ni por lo que estoy atravesando. Pero creo - y esto lo digo con mucha humildad - que Dios me bendijo con un don extraño. El de hacer parecer que todo está bien incluso cuando no lo está.

Me regaló resiliencia y luz interna capaz de alumbrar túneles mientras los atraviesos. Me apalanco en la disciplina para hacer el camino un poco más ligero, en la sonrisa, en el brillo de la mirada, en la bondad del corazón. Y cuando fui consciente de todo esto, entendí cuál es mi superpoder.

Quiero serles honesta: no me gusta compartir las preocupaciones que alimentan mi insomnio. Siento que cada uno ya tiene bastante carga con lo suyo, y mientras yo pueda ser una presencia que sume y aliviane, que te acompañe desde la calma, esa cuota de alegría que puede sacarte una sonrisa, lo voy a elegir.

Vivo mis angustias en silencio. Pero sí, también googleo.

Leo todos los escenarios posibles, incluso los peores, diría que especialmente los peores. No sé si está bien o mal, no quiero etiquetarlo, pero a mí eso me da una falsa - o no tan falsa - sensación de control. Aunque la vida se empeñe en recordarme, una y otra vez, que la única certeza es no saber qué va a pasar, las señales aparecen, y con ellas, la esperanza.

Como me dijo mi mamá: esas son las confirmaciones de que estás haciendo las cosas bien. De que, poco a poco, todo empieza a ordenarse.

Hoy solo quiero dejar esta reflexión, por si alguien la necesita leer:

Disfruta el proceso. Sea cual sea.

Incluso cuando pesa.
Incluso cuando no sabes si avanzas o retrocedes.

Da tu mejor versión y deja el corazón en la cancha.
Te prometo que, cuando menos lo esperes, vas a empezar a sentir la luz al final del túnel.

domingo, 4 de enero de 2026

Ni mucho sol, ni demasiada agua

Una de las tareas domésticas que tenía asignada en casa cuando era niña era regar las plantas. No recuerdo cuántas teníamos, pero definitivamente eran más de quince. Los checklists de mi mamá hacían la vida más fácil porque había una programación diaria de tareas: la limpieza, el menú, la frecuencia de cuidado de cada planta y así con todas las responsabilidades del hogar. Ella no dejaba margen para el error.

Debo confesar que odiaba lo que me habían asignado. Siempre pasaba algo que me hacía sentir que hacía todo mal. Qué gracioso verlo ahora en retrospectiva y darme cuenta de que lo “peor que me podía pasar” era que se cayera el agua fuera del balde y tuviera que trapear el charco que se formaba en el piso.

Aun así, mi sentido de responsabilidad siempre ha sido alto. Por eso, aunque no disfrutaba ni conectaba con esa tarea, la hacía sin reclamar.

Hasta que un día se rompió una maceta. No recuerdo exactamente cómo pasó, solo sé que tuvo un accidente mi planta favorita: una Oreja de Elefante. Esta planta se había ganado mi cariño porque su nombre me parecía gracioso, sus hojas eran súper tiernas y creo que tengo una fijación con las orejas porque también es mi postre favorito de panadería. En fin, la maceta se rompió y tuve que poner la planta en un balde de manera provisional.

Mientras compraban una nueva maceta, la planta empezó a morir. Cada día se le caían más hojas, se veía más débil, y recuerdo que me aferré a ella. Todos los días le hablaba y le pedía que por favor viviera un poco más, que pronto compraríamos una maceta nueva donde sería feliz. Limpiaba sus hojas y la regaba cada vez que veía la tierra seca.

Llegó un punto en que sólo quedaba un tallo y pensé que las probabilidades de que viviera eran cada vez más bajas. Pero algo se activó en mí. Tal vez fue terquedad, tal vez negación. Lo cierto es que empecé a tomar personal que la planta viviera.

Spoiler alert: sí vivió.

Luego de semanas de cuidado y, por fin, de poder replantarla en una maceta nueva - no recuerdo por qué demoró tanto la compra de la nueva maceta, pero en ese tiempo en mi casa vivíamos una especie de guerra fría, así que asumo que la última prioridad de los adultos era comprar una maceta - la Oreja de Elefante volvió a crecer más fuerte y más bella que antes. Yo no podía sentirme más orgullosa.

Creo que ahora, al poner esto en palabras, entiendo que tengo cierto complejo de salvadora. En el colegio siempre estuve cerca de las personas que no “encajaban” hasta que lograban tener amigos y entonces yo me alejaba. Siempre aposté por quien aparentemente es el más débil o el que no es el favorito. Mi Beatle favorito es Ringo Starr porque siento que no tiene el reconocimiento que merece.

Disfruto mucho siendo cuidadora, sobre todo cuando me permiten serlo. Cuando he querido cuidar y he sentido barreras del otro lado, no he insistido. Durante mucho tiempo me dio miedo cruzar límites. Hoy sé dos cosas: que a veces sí hay que cruzarlos y que primero tengo que cuidarme a mí. Es la única forma real de poder cuidar a los demás.

Me desvié del tema - as usual - pero después de salvar a la Oreja de Elefante conecté con las plantas. Empecé a disfrutar cuidarlas, hablarles, decirles lo bellas que son y lo feliz que me hacía verlas crecer. Siempre soñé con que, cuando tuviera mi propia casa, estaría llena de plantas que hermosearan mi hogar.

En el camino, como tantas otras cosas, eso se me olvidó.

Pero cuando el único ser vivo con quien compartía hogar fue una suculenta, volví a conectar con ese lado de mí. Empecé a cuidar a Sucu como si mi vida dependiera de eso. Me aferré a ella de la misma forma que a la Oreja de Elefante y, en unos meses, creció más que en dos años. Creo que poner mi atención en Sucu me ayudó a olvidar lo triste que me sentía. Me ayudaba a callar los pensamientos que aparecían en la soledad y, de alguna manera, me hacía sentir esperanza por el futuro.

¿Qué tan rota podía estar si aún podía dar vida a otro ser vivo?

Un día encontré tres plantitas tiradas y casi muertas al lado de la basura y, sin dudarlo, me las llevé. Al llegar a casa las limpié, las puse en un taper y les dije que me dieran unos días, que apenas llegara el fin de semana les compraría una maceta. Así empecé a crear mi propio jardín, y todo cambió dentro de mí cuando entendí que quien debe plantar y cuidar un jardín con sus colores favoritos es uno mismo. Tal vez en este punto dejé de hablar de plantas.

Luego me regalaron tres suculentas bebés, volví a rescatar otra plantita con las hojas totalmente marchitas que, en solo dos días conmigo, volvió a la vida, y me compré algunas más. Hoy por hoy, mis plantas son de lo más preciado que tengo. Dicen que tengo buena mano porque todas florecen conmigo, pero la verdad es que ellas me han dejado aprendizajes mucho más grandes.

Uno de ellos es que no todos necesitamos el mismo cuidado. Tengo a Boa, que ama el agua y la riego dos veces por semana; a Lulu, que disfruta que le eche agua a sus hojitas; a Jade, a la que no le importa cuánto la riegue mientras lo haga antes de que su tierra se seque por completo; a Rose, que necesita sol al menos una vez a la semana. Cada una tiene sus particularidades y necesidades.

También tengo rituales con ellas. Al despertar, luego de agradecer por estar viva, salgo del cuarto diciendo “¡buen día, buen día!” y voy a ver a cada una de mis plantas para decirles lo hermosas que están y lo feliz que me siento de que habiten este hogar conmigo. Siempre que llego a casa pregunto: “¿Cómo está mi gente linda del C701?”. Siento que saben el amor que les tengo porque se reproducen de una manera que, sinceramente, les pido que me regalen un poco de esa misma fertilidad cuando llegue mi momento.

Para que se hagan una idea: mi mamá y yo compramos el mismo tipo de planta el mismo día y la mía ya dio tres hijos. Mi mamá ahora quiere que vaya a su casa a hablarle a la suya para que también tenga bebés.

Las plantas me han enseñado que dar mucho o dar poco puede ser igual de perjudicial. Puedo impactar negativamente a una planta si, en mi afán de darle demasiado amor, la riego de más o la expongo demasiado al sol. Pero mi indiferencia también podría tener el mismo efecto.

Por eso, cada cierto tiempo, me ven diciéndoles:

“Dime de alguna forma si lo estoy haciendo bien.
Es la única forma de saber cuánto de mí necesitas,
porque, adivina… lamentablemente no soy adivina.
Aunque me gustaría.”

Antes pecaba por no hablar.
Ahora les hablo hasta a mis plantas.

Era cierto cuando me dijeron que el día que empezara a hablar, nada podría callarme.