Lunes 25 de agosto, 20:26
Mi expectativa era escribir mis memorias cada día al terminar la tarde. Quería guardar cada sensación y reflexión que me dejara este viaje, pero la vida tenía mejores planes y resultó ser un huracán de felicidad en el que dormí poco, caminé muchísimo (no sé si algún día supere el récord de 50 mil pasos en un día), las risas no faltaron y lo que más hice fue vivir. Viví el presente con la consciencia de que lo único que realmente tengo es lo que está pasando justo en ese instante. Me desconecté varias veces en el día para conectar con lo que había a mi alrededor y me llevé mil fotos, tanto mentales como en el celular.
Retomo desde donde me quedé, aprovechando las horas en el avión de regreso a casa.
Llegué al aeropuerto Ezeiza a las 5:30 am. Tenía dos planes: el A, tomar un Uber aunque no me siento del todo cómoda tomando un taxi sola. Gracias, mamá, aquí dejaré otra de tus enseñanzas: “mejor un bus con gente que un taxi sola”. Y el B, entender rápidamente cómo funciona el transporte público.
En migraciones la cola era cortísima y me tocó un agente súper buena onda. Después de preguntarme la dirección de mi estadía, me animé a hacerle la gran pregunta.
- ¿Es muy complejo ir a mi alojamiento en transporte público o me recomiendas un Uber?
- Nooo, re fácil. Andá en colectivo. Mirá: salís, al frente del McDonald’s hay un kiosko. Pedís la SUBE, después tomás la línea 8 semi-rápido que tarda 45 minutos, porque la otra demora dos horas, y luego la 111 a Plaza Italia.
- Ok, SUBE, línea 8, línea 111.
- Semi-rápido, eh. Si no, son dos horas. ¿A qué venís?
- A correr la media.
- ¿La media? ¿Qué media?
- Maratón.
- Jajaja, ahhh, y sho qué voy a saber que hay media maratón. Dale, que te vaya bien.
- Mil gracias. Lindo viernes.
Me fui con una sonrisa en el rostro, lista para mi misión. Aunque debo confesar que olvidé varias instrucciones porque me habló rapidísimo, pero la amabilidad de la gente me fue guiando. En menos de una hora ya estaba en Palermo, me refugié en un café para trabajar mientras esperaba la hora del check-in y, con la SUBE en mano, me sentí poderosa, casi porteña. Tocaba recoger el kit en la Plaza Sarmiento, lejísimos por cierto, y aunque tenía todo el cansancio del mundo (sólo había dormido tres horas y tenía un dolor tonto en la cabeza), quería repetir el ritual de mi primera carrera: stick to the plan. En el plan tocaba recoger kit y tres kilómetros easy para soltar piernas.
Spoiler alert: no seguí ningún plan. Bueno… seguí el de alimentación. Apenas llegué hice compras de todo lo necesario para asegurarme de que después de la medialuna viniera proteína y buen carbo.
La Plaza Sarmiento me recibió con un sol precioso que contrastaba con vientos helados: en la sombra te morías de frío, pero dame sol y mi ánimo se dispara. La organización fue tan buena que recogí el kit en cinco minutos y me sentí como los peces de Finding Nemo cuando llegan al mar en sus bolsitas: libres, pero preguntándose qué hacer ahora. Miré a mi alrededor y vi gente tomándose fotos con sus polos y dorsales en la pared de la ruta. Pensé: “bueno, para el recuerdo”. No tenía expectativas de mis fotos porque, seamos sinceros, ¿quién me iba a tomar buenas fotos viajando sola? Y efectivamente, la chica a la que le pedí que me hiciera una me dio la razón: malísimas.
Me quedé ahí, pensando si era mala onda pedirle a alguien más que me tomara otra foto, mi Libra educada me susurró que mejor no, que capaz incomodaba. Mientras una parte de mi cabeza activó el modo teatro inventando escenarios y diálogos, atiné a reír y decirme en voz alta: “yaaa… nadie está al pendiente de tu vida, querida”. Y justo ahí, como en sincronía, otra chica me pidió que le tomara una foto. Acepté y le dije que luego me tome ella una a mi también. Las fotos salieron hermosas.
Así conocí a Flor. Resultó que ambas corríamos desde el corral J, que estábamos hospedadas a pocas cuadras y que, como yo, también viajaba sola. Me propuso volver en taxi y yo, orgullosa de mi flamante descubrimiento del transporte público, propuse que vayamos con el colectivo y así fue. Conocerla me rompió varias creencias. Ella lleva años animándose a hacer cosas sola y me recomendó lo más importante: afinar la intuición. Con esa naturalidad me abrió un abanico de posibilidades y me mostró que mis rollos son sólo eso, rollos.
El sábado nos fuimos en floro. Turisteamos como si al día siguiente no tuviéramos que correr una media maratón, nos sacamos fotos como si fuéramos influencers, reflexionamos sobre cómo ahora Instagram es más aesthetic que cotidiano, seguimos recomendaciones random de TikTok y, sin saberlo, sus conversaciones y forma de ver la vida me recordaron mucho a una de mis mejores amigas. Me hizo sentir en casa.
Esa noche dormir fue casi imposible. Entre la emoción de la carrera y la felicidad de estar viviendo momentos tan random y graciosos, mi cuerpo apenas logró un sueño ligero. Me obligaba a mantener los ojos cerrados, intentando descansar, mientras sentía una gratitud enorme. Gratitud por haberme animado a comprar ese pasaje, a inscribirme en la carrera, a planear este viaje sonriendo por fuera y muriéndome de miedo por dentro, como es mi esencia.
No les voy a mentira, también me asaltaban preocupaciones: dudaba de mi estado emocional porque correr tiene mucho de cabeza y temía que me jugara en contra; pensaba en los riesgos de la inseguridad porque sí, la maldad es real aunque me gusta creer que los buenos somos más, sólo que hacemos menos ruido; y me preocupaba el físico, porque no entrené con la misma disciplina que cuando decidí bajar de los 59 minutos en 10K. Me salté varios entrenamientos, y no me sentía preparada para los 21K.
Y sin embargo, había algo más profundo: una decisión tomada el 9 de julio, que irónicamente es el nombre de una de las avenidas principales que corrí, había terminado de romper el delgado hilo que sostenía mi esperanza y el último trozo de corazón que aún latía con ilusión. Esa misma decisión, aunque dura, me hizo libre.
Y alas… ¿para qué las tengo si no es para volar?
Amo leerte¡
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