domingo, 28 de diciembre de 2025

Otro nivel desbloqueado

El 28 de septiembre del 2021, les conté por primera vez que entendía lo que significaba soltar. Pero ¿saben qué aprendí este año? Que cuando creemos que entendimos todo, que por fin terminamos de leer las reglas de este videojuego llamado vida, el servidor nos pide hacer una actualización que trae consigo un nuevo manual. Sí, otras mil quinientas páginas en Arial 10 y sin interlineado por leer, entonces aún queda mucho pan por rebanar, y en la medida en que vas interiorizando cada página, se clarifican nuevas aristas que hace unos años simplemente no veías.

Hoy, he estado desde la mañana más reflexiva que de costumbre. Entre conversaciones con amigos y demás, decidí escribir en mi diario los aprendizajes que he tenido este año, ¡pero qué gran año el 2025, eh! De todas maneras que está en mi top de años favoritos porque la cantidad de aprendizaje que me ha regalado ha estado acorde al precio que he tenido que pagar. Mientras pensaba en ello, decidí publicar en redes un extracto de lo que estaba escribiendo. Automáticamente, se me vino a la mente la palabra "soltar" y en ese momento pensé que debía prender la laptop para dejar mis ideas aquí, para que le sirva a la Dre del futuro y los 4 lectores que vienen sin necesidad de tener que hacer una publicación en Instagram contando que tengo un nuevo escrito.

Obviamente, el logro más gratificante que he tenido ha sido vencer la etiqueta de “soy claustrofóbica”. Y ese triunfo vino con un aprendizaje clave: tu mente se cree el cuento que le cuentes. Si le dices que el cielo es rojo, es probable que eventualmente lo veas así. Aprender eso, hizo que pueda cambiar muchos hábitos, formas de relacionarme, de hablar, de caminar, hizo hasta me guste hacer intervalos porque cada vez que tenía flojera, me repetía una y otra vez: "Me encanta hacer intervalos, es mi entrenamiento de running favorito", y, ¿qué creen? Hoy lo es.

Decidí dejar esa etiqueta que había estado conmigo más de 25 años porque la claustrofobia me estaba robando cada vez más vida. Como ya he contado antes, comencé a sentir miedo de subirme a un avión, de manejar entre dos vehículos mucho más grandes que el mío, de entrar a baños desconocidos, de estar en ambientes estrechos. Ese miedo cada vez tenía más fuerza sobre mí y llegó el momento en que me asustaba que el miedo sea tan grande que me deje inmóvil. Saben algo loco, es que la vida es tan irónica, cuando decidí vencer este miedo y comenzar a subirme a todos los ascensores que pudiera, me quedé encerrada en un ascensor, justo un día en el que me moría de ganas de ir al baño, y les juro que lo único que atiné a hacer fue reírme.

Se apagaron las luces. El ascensor se detuvo unos tres o cuatro minutos. De pronto sentí que comenzaba a bajar, luego se reinició y volvió a subir al piso al que yo iba. Toqué la campana de emergencia. Nadie me escuchó. Pero al final se abrió y lo único que pensé fue:

“¿Y ya? ¿Este es el monstruo al que le he tenido tanto miedo?”

Por dentro sentí que había superado el nivel 7 del videojuego de mi vida, y me dije con valentía:

“Ok, ¿y ahora cuál es el siguiente villano de esta historia?
Que venga, estoy preparada para todo.”

Mientras esas palabras salían de mi, recibía el nuevo outfit de personaje, los upgrades de habilidades, las monedas por el nivel superado y el desbloqueo de un nuevo ataque especial.

Volviendo a lo que quería contar, hace cuatro años, un veintiocho como hoy, pensé que había entendido lo que significaba soltar. Pasé de no entenderlo por casi treinta años, a creer entenderlo, a sentir que por fin lo entiendo, espero con ansias que diré en unos años con respecto a este concepto.

Este año la vida me dio una maestría sobre soltar. Entendí cosas que antes no eran claras para mí y que eran la raíz de por qué esta palabra siempre me resultó tan confusa. Antes creía que soltar era antónimo de sentir. Que era imposible soltar algo si realmente te importaba. En mi estructura mental cada vez que alguien me decía que "suelte el futuro" mi mente hacía cortocircuito porque no le encontraba ningún sentido.

¿Cómo dejar a la suerte el resultado sin insistir con todas mis fuerzas?
¿Cómo dejar ir a quién amo? ¿Cómo rendirme sin hacer nada?
¿Me estás diciendo que no haga absolutamente nada?

Pero este año aprendí algo fundamental: soltar no es antónimo de sentir. Soltar es antónimo de aferrarse. De hecho, soltar es sólo de valientes porque involucra aceptación radical de lo que pase y sus consecuencias. Soltar es no negociar tu dignidad por cercanía. Es dejar de organizar tu futuro alrededor de un resultado del que no tienes ninguna certeza. Es asumir - no sólo a nivel mental, sino a través de cada uno de tus actos y decisiones - que tu vida continúa pase lo que pase, con la plena seguridad de que tienes lo necesario para sobrevivir a cada una de las pruebas de esta vida loca.

Y ¿saben por qué digo que soltar es de valientes? Porque cuando hablamos de soltar en el aspecto romántico, debo confesar que para mí, no había prueba más clara de amor que aferrarte, pero hoy creo que un amor sano, cuidadoso y respetuoso, te suelta aunque te siga amando. Aunque siga extrañándote con cada uno de sus sentidos. Aún cuando aparece tu rostro en su mente, y lo único que ella hace es desearte luz, amor, buena vibra… y dejarte ir, dejarte pasar como cuando cruza un avión en el cielo. Incluso si soltar significa hacer este ejercicio 2,947 veces al día, porque ese es el número de veces que apareces en su mente.

Duele, pero aprendes a vivir con ese dolor y a integrarlo en tu vida, con la esperanza de que en algún momento deje de doler y el amor que sientes se transforme.

Es que yo no vencí mi miedo a los ascensores evitándolos. Me quedé atrapada, sentí pánico y mi sistema nervioso aprendió que tiene las herramientas para sobrevivir a eso, y lo mismo me pasó con entender lo que es soltar.

Vive con la esperanza de que todo saldrá bien,
y luego, agradece, sin importar el desenlace.

No evité amar, ni tiré mierda, ni me autoengañé sobre como me sentía. Amé. Sigo haciéndolo con una alegría que no me creerían que cada vez que lo recuerdo se me llena el corazón de felicidad porque pasó, disfruté lo que duró, porque tengo una larga lista de recuerdos hermosos que merecían ser vividos, porque cada "siempre" tiene una duración diferente. Algunos siempre duran 1 día, otros 2 años, otros 100, y todos son igual de valiosos. Soltar es un acto profundo de gratitud. Es honrar lo vivido, y seguir adelante, sin resentimientos, y con el corazón en paz.

Como le decía a una amiga que vi hace un par de días, no hay persona que haya amado más en mi corta vida, y mi mayor muestra de amor es no caer en mis antiguos patrones.

Otro nivel desbloqueado.
Gracias 2025, gracias por tanto.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Mi primera media maratón: ¿Para qué correr si puedo volar?

Viernes 10 de octubre, 20:06

El 9 de julio me rompió, pero en la 9 de Julio me descubrí libre.

Si tuviera que resumir en una sola oración lo que significó para mí correr la media maratón en Buenos Aires, sería esa. Recordar el domingo 24 de agosto es pensar en ese pegamento que volvió a unir las piecitas de mí.

¿Alguna vez les ha pasado que sienten que se desconectaron de ustedes mismos? Que cada cierto tiempo se preguntan: ¿Quién es esa persona que tanto se parece a mi?, cuando les llega una notificación de alguna red social recordándoles qué estaban haciendo ese mismo día, algunos años atrás. Pues justamente eso me pasó. Pero me encontré cruzando un arco de largada, y - modestia aparte - qué bonita es la vida conmigo.

Para leer esta última parte, les pediría que pongan Dancing Queen en el reproductor, porque lo que transmite esa canción es exactamente lo que siento cada vez que recuerdo este día.

Oh, see that girl, watch that scene
Digging the dancing queen

Esa noche la emoción fue tanta que casi no dormí, pero muy fiel a mi estilo: stick to the plan, reforcé mentalmente lo disciplinada que soy e intenté descansar. Me obligué a tener los ojos cerrados desde las diez, y me aguanté las ganas de agarrar el celular y perderme en las redes sociales hasta llegar a los brazos de Morfeo. Me quedé dormida imaginando todo lo que podía pasar al día siguiente con una sonrisa en el rostro.

Desperté antes de que sonara la alarma, alrededor de las 4:30 am, y comencé a alistarme. Obviamente, me apliqué iluminador en parte del rostro y una sombra morada brillante en los ojos. El frío junto a una taza de café caliente hicieron su parte del trabajo y los nervios no se sintieron. Como el día anterior, Flor me envió un mensaje contándome que los chicos de su hostel le dijeron que en el evento del año pasado había guardarropa gratuito para todos, decidí tomar una decisión con riesgo controlado y me puse encima un calentador que no me molestaría perder.

Ahí me veías, a las 5:30 am, caminando por la calle Paraguay en short, polo y calentador, queriendo morir de frío cada vez que un ventarrón aparecía sin avisar. Yo solía ser la persona más friolenta que conozco, pero con tanta reinvención hasta mi termostato interno se ha recalibrado. Así que, dentro de todo, esa sensación de “morir” tenía más que ver con quien solía ser que con quien soy ahora. 

Luego de encontrarme con Flor, seguimos caminando hasta donde iniciaba la carrera. Teníamos que caminar unos dos kilómetros, y todo iba bien hasta que las ráfagas de viento helado te recordaban, una y otra vez, que estábamos a seis grados.

Había muchísima gente caminando: algunos vestidos de forma pro, otros no tanto; unos acompañados, otros solos. Pero el ambiente era el de una fiesta, una sin alcohol definitivamente. Todos unidos por la misma emoción de correr en una ciudad que te hace vibrar desde que pisas sus tierras. Al acercarnos al punto de inicio, vimos grupos de runners con sus familias, carpas con música animada, comida y bebidas. Me pareció hermoso poder compartir algo que te mueve con los tuyos. Entonces, mientras los veía, sólo confiaba en que mi barra virtual lograría hacerme sentir esa misma sensación a pesar de la distancia.

Calentamos, saltamos un poquito y nos reíamos mientras nos preguntábamos: ¿por qué nosotras no somos también influencers? Confirmamos que sí había guardarropa, dejamos ahí las cosas extra y fuimos al corral que nos habían asignado.

De pronto salió un sol hermoso. El rock empezó a sonar a todo volumen y algo se liberó dentro de mí: el corazón me explotaba de alegría. No había espacio para dudas ni miedos, ni para nada que pudiera catalogarse como negativo. Solo mil emociones dando vueltas dentro de mí y unas ganas enormes de disfrutar, sonreír todo lo que pudiera y pasarla bien.

Mi lado controlador ya había determinado que llegaría en 2 horas y 4 minutos. ChatGPT, mi entrenador de cabecera, y yo habíamos hecho la estrategia para lograr ese tiempo. Sin embargo, mi parte competitiva quería lograrlo en menos de dos horas. Por eso, el acuerdo con mi mamá sobre lo que debía decirme en el kilómetro 18, ya que yo no quería estar pendiente del reloj ni del pace, sólo quería vivir ese momento en presente. Sí, sí, aplicaría todas las herramientas de conciencia plena en un sólo evento. Sería como mi examen final de terapia.

Comenzó la carrera. Puse en el reproductor la canción "Dancing Queen", quedamos con Flor en encontrarnos en el guardarropa al terminar y salimos a por ello.

No exagero si les digo que tuve la mejor barra virtual que alguien podría tener. No me dejaron escuchar ni una sola canción entera: entre las porras automáticas y los audios, la música bajaba y subía de volumen constantemente. Fue hermoso. Me hicieron sentir como si estuvieran a mi lado todo el tiempo. Sentir el cariño de familia y amigos es invaluable; que pongan la alarma un domingo a las seis de la mañana para acompañarte en tus locuras… eso es todo lo que está bien en esta vida.

Hubo dos momentos en la carrera en los que el corazón se me estrujó y casi se me caen las lágrimas. El primero fue cuando mi abuela me envió un audio. Fue totalmente inesperado. Escuchar su voz, diciéndome que podía lograrlo y que estaba orgullosa de mí, fue otro chorrito más de pegamento para mi corazón. Luego, en el kilómetro 18, llegaron los audios de mi mamá. Ese momento fue de energía pura. La emoción desbordante de mi mamá es lo que ha sembrado en mí esta sed constante de dar más, ser más, ir por más. Pero en el kilómetro 19.50, cuando ya estaba tan cerca, cuando corría más con el corazón que con el cuerpo, sentí que no podía más. Estaba cansada. Había mantenido un pace en el que nunca antes había corrido y, como les conté, no estaba tan preparada.

Y entonces, sonó una canción en mi playlist.

Contigo todo.
Sí, yo tengo fe.
Luz, ya ven a mí.
Tú eres quien me sana.

Por segunda vez, el corazón se me estrujó. Fue como ver pasar todo mi año frente a mis ojos, tal cual una película: todo lo que logré, todo lo que dolió llegar hasta ahí. Las risas, los aprendizajes y también las madrugadas de lágrimas, esas en las que rezas pidiendo que duela un poco menos; en las que pides fuerza, resiliencia y sabiduría para entender por qué pasan las cosas. Confiando en que Dios tiene un propósito más grande, incluso cuando no lo entiendes, me corrijo: sobre todo cuando no lo entiendes. Que a veces se tiene que romper estructuras para llegar a ese propósito. Y claro, cuando algo se rompe, duele. Pero ese dolor es sólo un maestro más que nos recuerda que estamos vivos, que somos humanos.

Imagínense esta escena entonces: A mi corriendo a un pace de 5:30, viendo mi vida pasando frente a mí, sintiendo emociones hasta contradictorias con una intensidad que sólo los intensos podrían entender, queriendo correr más rápido y al mismo tiempo el cuerpo te recuerde "oye, ya vamos casi dos horas en este ritmo, dame chance, no?". Fue tanto en una fracción de segundos que comencé a quedarme sin aire, y sin poder respirar. Sí, al mismo tiempo. Y ahí, todo mi trabajo terapéutico del año salió a la luz. Empecé a hablarme:

“Dre, tranquila. Respira. Sé que hay muchas emociones, pero sólo falta 1.5 km. Después las soltamos todas. Ahorita, respira. Enfócate en lo que estamos viviendo, no en lo que pasó ni en lo que pasará. Estamos aquí. Estamos a salvo. Estamos vivas. Ufff… qué hermoso es estar vivas.”

Me calmé. Miré el reloj: 1 hora y 50 minutos. Corrí con el alma. Saqué el celular y grabé el último kilómetro. Cuando veo ese video, parece como si 20 kilómetros no hubieran pasado por mí, si no que yo había pasado por ellos. Me veía fresca como lechuga. No sé cómo logro que, pase lo que pase, por fuera todo parezca estar bien. Creo que ese es uno de mis dones.

Crucé la meta en 1:57. Y lo primero que pasó fue que entró una videollamada de mi mamá. Ahí sí, rompí en llanto. Y ¿saben algo hermoso? Fue la primera vez en 33 años que lloré de felicidad. De agradecimiento. De orgullo por mí porque por fin podía reconocerme y sentir que soy suficiente. Y, sobre todo, que estoy en paz con quien soy.

Mientras le contaba todo eso a mi mamá  - los momentos en los que casi lloro, lo agradecida que estaba por el audio de mi abuela - se fue la señal. Pero aun así, fue un momento mágico.

Luego fui por mi plátano, mis bebidas rehidratantes, recogí mi medalla, sesión de fotos - obviamente -, descansamos un poco y caminamos de regreso para bañarnos y salir a turistear. Sí, leyeron bien. Ya veníamos turisteando desde el viernes y el domingo volvimos a salir. Ese día caminé 42 kilómetros. Prácticamente me hice una maratón, jaja.

Fuimos a comer carnes a San Telmo, con el corazón explotando de alegría, pensando si sería muy loco tener como hobby correr medias maratones por el mundo.

Y sí, en la 9 de Julio me descubrí libre y ligera. Volví a sentirme como esa niña bonita y curiosa que quiere comerse el mundo, pero que hoy sabe que no tiene que correr para alcanzarlo. El mundo también sabe esperar.

Paso a paso.
Kilómetro a kilómetro.
Con el corazón abierto.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Franco

¿Por qué ahora?
Porque ya no tengo miedo.
El 2025 me rompió y, cuando me armé nuevamente,
decidí tirar lejos ese pedacito que ya no me servía.

***

Dime, ¿cómo puedo seguir soñando contigo a pesar de todo lo que ha pasado este año? Ayúdame a tener fuerzas, porque aún tengo momentos del día en los que sólo quiero derrumbarme y perder la esperanza. Discúlpame… cometí muchos errores, pero te prometo que estoy haciendo mi mejor esfuerzo para que, si llegas a este mundo, encuentres una versión de mí con las herramientas necesarias para regalarte una infancia feliz.

Y si no consigo conocerte, sé que nos veremos en otra vida o en otro universo. Estaremos juntos algún día, y todo lo que haya vivido para llegar a ti habrá valido la pena.

Te cuento que tendrás una mamá muy llorona - de hecho, estoy llorando mientras escribo esto -, pero me tendrás profundamente presente en tu vida. No te prometo ser perfecta ni estar en modo zen todo el tiempo, pero estaré presente de verdad. Seré de esas que te miran a los ojos, de las que perciben cuando algo no se dice, de las que sienten en su cuerpo cuando algo te pesa. Y aunque me muera de ganas por cargar ese peso por ti, te enseñaré, como aprendí yo, a hacer tu mochila un poco más ligera.

También seré controladora, pero te repetiré varias veces que no es “control”, sino “ponerle dirección a la vida”. Y, sobre todo, tendré un corazón lleno de amor para ti.

Seré una mamá muy humana. Tú sabrás que tu mamá se cansa, duda, tiene días malos… y aun así sigue. Aun así se levanta cada mañana y le sonríe a la vida, porque el mundo no es de quien despierta primero, sino de quien despierta feliz.

Quiero enseñarte el mayor aprendizaje que he tenido este año: que siempre hablar será mejor que callar lo que sentimos. Que sentir no es peligroso, que llorar no es fallar y que equivocarte no rompe el amor.

Te vengo soñando desde que tengo diecisiete años. Aparecías en mi mente con más fuerza cuando discutía con mi mamá sobre el futuro tan diferente que ella soñaba para mí y los planes que yo sostenía con esperanza en el corazón. Ella quería que me coma al mundo: que viaje, que estudie una maestría, que crezca profesionalmente. Yo, en cambio, le decía que lo único que quería era ser mamá, juntar el suficiente dinero para comprar una casa grande con una terraza donde podamos almorzar los domingos; un lugar seguro donde se apague todo el ruido externo y podamos ser felices.

Pero te confieso algo: llegó un día en que, sin darme cuenta, dejé de soñar. Empecé a creer que en esta vida no me tocaría conocerte.

No sé si este año me volvió más loca o si mis piezas rotas dejaron espacio para una parte de mí sensible e intuitiva que antes callaba, también por miedo a soñar. Pero hoy, en medio de lágrimas, diciendo, creyendo y sintiendo genuinamente que la vida es maravillosa, te sentí. Supe entonces que todos estos años intentando ser mi mejor versión, con aciertos y errores, fueron por alguien que aún no está en este plano físico, pero que vive en mí.

No sé cuándo llegarás. Y hoy, honestamente, creo que eso ya no es lo importante. Pasé mucho tiempo queriendo construir el “momento perfecto”, hasta que entendí que ese momento no existe. Aun así, sé que el día que llegues, cuando te tenga en mis brazos, diré que llegaste en el día y a la hora perfecta.

Tengo tantas ganas de enseñarte que la vida depende de los lentes que elijas usar. Que si quieres verla oscura, es fácil… pero que también es igual de fácil ver las maravillas y bendiciones que se nos regalan cada día. Quiero enseñarte que dar tu mejor versión es ganar incluso cuando pierdes y que hacer el bien siempre será la mejor opción.

Te enseñaré a vivir sin mí, a confiar en ti mismo, sobre todo cuando el mundo no se ponga fácil, pero siga siendo un lugar al que vale la pena salir a enfrentar. Yo estaré siempre aquí, como tu casa.

Te espero con tranquilidad y paciencia, porque sé que estarás conmigo. No sé si este año, el próximo, en tres años o en otra vida. Pero hoy existes en mí, dentro de mí.

Gracias por ayudarme a sentirte. Gracias por regalarme la certeza de que existes y de que estás conmigo. Llegarás cuando tú lo decidas, cuando me regales la bendición más hermosa de mi vida.

Sé que será así.
Lo siento en mi corazón.