Desde que recuerdo, varias personas se han tomado la atribución de opinar de mi cuerpo, al punto de convertirlo en motivo de burla. Si estoy muy flaca, muy gorda o muy “normalita”. He escuchado comentarios y apodos de todo tipo. Algunos disfrazaban el tono burlón con una cuota de cariño y otros rozaban lo despectivo. Desde “momia con uniforme” hasta “gordito”, y —por increíble que suene— bastaba un par de kilos para pasar de un extremo al otro.
Siempre he creído que tengo otros defectos con los que podrían molestarme, si es que una parte de la vida se trata de eso: mofarse de los “defectos” ajenos. Pero, por alguna razón que seguramente no terminaré de entender, se han afanado con hablar de los kilos que marca la balanza.
Los únicos que endiosaban mi cuerpo han sido mis enamoraditos de turno —y dime, ¿quién no le hablaría bonito al oído a la chica de sus ojos?— tan lindos ellos reafirmando que no debía ni bajar ni subir un gramo, y comprándome una salchipapa con mayonesa, kétchup y guacamole para celebrar que todo estaba donde debía estar.
Pero sí. Me afectaba que opinen de cómo me veía. Me iba a mi cuarto, me echaba a mirar el techo y le daba vueltas a lo mismo: ¿qué tenía que cambiar?. Empecé a pesarme todos los días. A veces el número me tranquilizaba, como si todo estuviera en orden. Otras veces subía un poco y ya no podía dejar de pensarlo. Ese número se me quedaba dando vueltas todo el día… y entonces tocaba compensar: comer menos, “hacerlo mejor”. Sin darme cuenta, empecé a vivir pendiente de eso.
¿Pueden creer que hasta los 17 años me daba vergüenza usar ropa ceñida o escotada? Sabía que sería tema de conversación y que probablemente terminaría en burlas, cuando lo único que quería era salir con amigos, divertirme y pasar un rato en buena onda. En ese intento, comencé a huir del spotlight, a buscar la forma de pasar desapercibida.
Con un poco más de años encima y media carrera universitaria, logré por primera vez sentirme cómoda con mi cuerpo. Empecé a comprar la ropa que me gustaba. Nadie hacía comentarios sobre mi apariencia física y sentía que los malos ratos del colegio habían quedado atrás. O eso creía. Qué ingenua fui a mis veinte años: no tenía ni la menor sospecha de que, años después, sería la “gorda” del grupo.
Siguieron pasando los años y, como a cualquier metabolismo, de un momento a otro empecé a asimilar más cada cosa que comía.
En ese punto activas el plan de emergencia: decides dejar de comer una salchipapa entera porque con tres papitas “subiste un kilo”. Le pones fin a la era de desayunar dos panes ciabatta con huevos revueltos y hot dog, e inicia una nueva vida de huevos sancochados, pan integral con queso light, yogurt como merienda y agua. Te matriculas en el gimnasio, al que vas cada vez que te acuerdas, y te martirizas cada vez que haces una excepción y te comes uno de esos deliciosos pancitos con pollo en el cumpleaños de tu prima.
—¿Torta? ¿Partimos la torta?
—Gracias, tía, pero estoy llena, comí algo antes de venir.
Tienes la línea ensayada. Funciona para todas las reuniones sociales.
Hasta que llega el día en que el vaso se rebalsa. Y ese día, para mí, es hoy.
Hoy he decidido mandar al demonio a esas vocecitas que retumban en mi cabeza con comentarios que no suman. Me declaro detractora de los estándares de belleza y de intentar encajar en ellos. Detractora de la gente que lo primero que hace al verte es lanzar un comentario —como si fuera una lanza directa a tu autoestima— tipo: “¿te subiste unos kilitos? pero si antes eras flaquita”, o que te digan que eres gorda sólo porque te gusta comer.
¿En qué momento normalizamos hablar de los cuerpos ajenos? ¿No hay un tema de conversación más interesante que ese?
Así que hoy me declaro culpable de algo: me encanta comer. A la gorda la llevo dentro, ¿y... ?
Comer está en mi top 2 de placeres de la vida. Soy fan de probar cosas nuevas y redescubrir mis platos favoritos. Me gusta el olorcito del pan recién horneado, ponerle huancaína a las menestras, comer caramelos mientras estoy en el tráfico limeño, tomar una buena taza de café con leche, cenar pastas los viernes por la noche y los domingos compartir con mi familia esos desayunos contundentes.
No permitiré que me quiten el placer de tomar una cerveza helada.
Cuando quiera, cuantas quiera.
Me gusto así.