domingo, 15 de febrero de 2026

La vida comienza muchas veces

Nunca me caractericé por ser la chica de los vision boards, ni por plantearme grandes metas cuando inicia un nuevo año, hasta que un día lo necesité.

Este es el primer año que hago uno. Lo armé con calma, y ahora lo tengo muy cerca de mi día a día para no olvidarme cuál es el propósito para este 2026, qué es lo que quiero lograr y hacia dónde voy.

Porque creo que eso es lo que te otorga un vision board: dirección y propósito. Te obliga a repensar cada cierto tiempo si todo lo que estás haciendo realmente está alineado a eso que quieres construir.

Y luego, a fin de año, mirar esa imagen y preguntarte:

¿Qué sueños se hicieron realidad?
¿Cuáles se quedan para el siguiente año?
¿Cuáles se transformaron en el camino?

Cuando inició el 2025, sólo me puse una meta. Sólo tenía una intención, y la dije en mi mente cuando fueron las 12:

Coleccionar nuevos recuerdos que en unos años pueda ver en "Un día como hoy".

Siempre me ha gustado publicar historias, reflexiones, aprendizajes y parte de mi vida. Me gusta poner en concreto lo que ha sido mi historia como una persona que ha dedicado gran parte de su tiempo a construir la mejor versión que puede ser.

Y, obviamente… si no me gustara compartir, ¿qué haría yo con un blog como este?

Me encanta dejar mis memorias en algún lado. Conservar esos momentos que, cuando los estás viviendo, quisieras que el tiempo vaya más despacio. Que si fuera posible, se detuviera un ratito la escena para poder contemplarla en calma.

Para mí eso es una foto o un video: la captura de un instante que no quiero olvidar. Un lugar al que puedo volver después para sentir ese cóctel de emociones que me recuerda que estoy viva, y que mi vida está llena de colores.

Entonces, ese fue mi propósito del 2025… pero con una diferencia.

Antes subía contenido en tiempo real. Y, sin darme cuenta, eso me desconectaba del presente real para vivir en el virtual. Así que esta vez me prometí que grabaría todo lo que pudiera, pero publicaría sólo un tercio de lo que capturara, y lo haría después, cuando estuviera en casa, en ese tiempo muerto mientras Netflix te mira porque tú estás en otra.

Había algo que tenía clarísimo, aunque no esperaba que la vida me obligara a aprenderlo de forma tan abrupta: estar en el presente. Valorarlo tal cual sea, sin la rigidez de mis estándares de perfección. Aceptar lo que venga y, si es posible, hacerlo con gratitud… incluso cuando no entienda por qué pasan algunas cosas.

La vida realmente te sorprende.

Era febrero del 2025, y yo me encontraba en un punto en donde tenía que comenzar de nuevo. Y lo único que pensaba —para apagar un poco mi mente y la ansiedad— era:

¿Y ahora… qué publico en redes?
¿Cómo cumplo mi único propósito del año?

Después de darle muchas vueltas al asunto, un día decidí empezar a grabar. Me compré un trípode tan adaptable que me permitiera grabarme sola y me propuse que, a fin de año, tendría un lindo video resumen.

Spoiler alert: lo logré, y no sólo uno. Edité cuatro (mi número favorito) hermosos videos.

El primero es de mi primera vez corriendo una media maratón, donde quedé perdidamente enamorada de correr fuera de mi ciudad. He escrito tres posts sobre ello, así que anda y léelos si estás con tiempo. El segundo fue mi celebración patronal cumpleañera. El tercero fue sobre el viaje más random que he hecho dentro de Perú. Porque... si en otros países decido estar en un bus toda la noche para ir de un lugar al otro, ¿por qué en mi país no? Y el cuarto, mi video resumen del año.

Me grababa corriendo.
Me grababa con mi tribu.
Me grababa mirando el mar.
Me grababa sola, y también le pedía a otros que me grabaran.
Me grababa cuando era fácil reír, y también después de llorar, porque mi corazón —aún— tiene preguntas que no encuentran respuesta.

Y así lo conseguí.

Fue fácil escoger una canción para cada video. Pero cuando terminé de editar el resumen de mi año, me quedé pensando: ¿qué canción podría resumir lo que había significado esos 12 meses para mí? Ninguna parecía ser suficiente. Hasta que un día, Spotify en modo shuffle hizo su magia y sonó una canción de OneRepublic: I Lived.

Y les juro que no exagero si les digo que no existe hoy por hoy una canción que me identifique más que esa. Hoy es el himno de mi vida.

Hope when the moment comes you'll say: “I did it all”
I owned every second that this world could give
I saw so many places the things that I did
Yeah, with every broken bone I swear I lived

Basta con leer un poco de mi blog para darte cuenta de que he tenido temporadas en las que me he sentido perdida. Momentos en los que sentí que no sabía hacia dónde iba mi norte.

Pero les juro que, aún sin tenerlo claro… siempre he vivido.

Siempre he dado lo mejor de mí.
Siempre he puesto la mejor actitud que podía sostener.
Siempre he dado una mano… incluso cuando ya no tenía espacio en ellas para aguantar algo más.

¿Y saben qué?

Cumplí mi único objetivo del 2025, y me di cuenta de algo: la vida se trata de aceptar cada cosa que pase y atravesar el proceso como puedas.

Sé que antes he dicho que aprendamos a “disfrutar” el proceso, pero en las últimas semanas entendí que hay situaciones que son complejas de disfrutar, o simplemente no es posible hacerlo, y exigírtelo te pone una carga innecesaria encima.

Así que simplemente atraviesa el proceso como puedas, de la forma que te funcione. Y luego, dale la vuelta, porque la vida comienza muchas veces.

Y si te dan limones… tú pide sal y tequila. ¿Qué? ¿Así no era?

Este 2026 empieza distinto.
¿Me acompañan a vivirlo?

miércoles, 4 de febrero de 2026

¿Por qué haces lo que haces?

Hay una pregunta que ronda mi cabeza desde diciembre:

¿Corro porque amo correr… o corro porque necesito demostrarme algo?

No creo que sea sorpresa para nadie decir que está de moda practicar algún deporte y llevarlo a diferentes niveles, según el presupuesto y el tiempo que quieras invertir. Ah claro… y según lo roto que esté tu corazón.

Vamos, para la mayoría que se convierte en runner o triatleta, es casi un requisito tener el corazón roto. Porque los demás están viendo Bridgerton mientras comen una doble cuarto de libra junto a su amor bonito, y — si eres de los míos — burlándose de lo que pasa en la serie y riéndose de la vida en una habitación donde el ruido externo no tiene lugar.

Para variar, me fui en floro con la explicación de lo que están haciendo los bienaventurados que tienen con quién compartir corazones por mensajes de WhatsApp... ¿Se notó mucho que extraño la vida de a dos?

Ok, ok... Vuelvo a lo mío.

He visto casos en donde una actividad que era un placer se convierte en termómetro de valor personal. Debo confesar que un lado de mí estuvo a punto de caer en esa trampa y olvidar la razón principal por la que me gusta correr.

Siendo honesta, comencé a hacerlo en el 2021 porque subí unos kilos, fue una de las tantas cosas que hice para regular mi peso. Luego lo dejé porque no encontraba espacio en mi rutina, hasta que una oportunidad me devolvió tiempo para mi vida personal y lo retomé.

Sin darme cuenta, correr se volvió una forma de manejar la ansiedad. No fui consciente de ello hasta que alguien me lo hizo notar. Y sí: cada vez que corría, mi día se sentía más feliz... y más ligero. Dicho en simple, corría para no volverme loca.

Sin embargo, conforme fui siendo constante y comencé a inscribirme a carreras, mis tiempos empezaron a mejorar. Podía correr en un pace que ni en sueños me hubiera imaginado, porque nunca he sido muy deportista y, menos morning person. Y en ese camino, se empezó a difuminar esa línea delgada entre el disfrute y el medir mi valor por los segundos que reduje en las series de 400 metros.

No exagero si digo que es fácil empezar a medirse cuantitativamente, cuando los seres humanos somos demasiado complejos como para utilizar números para dimensionar nuestra autoestima. Y sin embargo, a veces lo hacemos y medimos nuestro valor en la cantidad de likes, en nuestro pace promedio, en el salario que ganamos, o en el porcentaje de grasa de nuestro cuerpo.

Voy a compartirles una frase que dije hace unos días mientras manejaba a casa. Y la verdad, sé que yo no debería decir esto, pero sentí que lancé una pepita de oro:

“Las ventajas de saber tu valor es que ya no lo mides en kilogramos.”

Lo dije sin pensarlo mientras subía por Marbella, y después de enviarlo se me quedó rebotando la idea de lo impresionante que es cómo he cambiado mi forma de pensar en un año. Antes sí medía mi valor en kilogramos, y hoy abrazo a esa versión de mí, porque no se conocía.

Me miraba en el espejo y no veía a la mujer que hoy veo. Y siento orgullo, porque se necesita valentía para deconstruirse. Para aceptar que en este camino cometeré muchos errores, pero también para reconocer que estoy yendo hacia la dirección correcta: aprender a vivir la vida desde el disfrute, en lugar de la autoexigencia.

Y justamente esa reflexión es la que quiero dejar aquí. Así que vuelvo a mi pregunta inicial:

¿Haces lo que haces porque lo amas…
o porque necesitas demostrar(te) cuál es tu valor?

A veces no es que estemos desconectados de la vida. No es que la rutina se robe nuestra alegría. Es que estamos desconectados del disfrute.

Pero ¿sabes algo? Eso se recupera.

Solo tienes que hacerte preguntas…
y atreverte a escuchar la respuesta.